La cumbre de Trump y Putin en Alaska. Foto: Reuters

La cumbre de Trump y Putin en Alaska. Foto: Reuters

Entreclásicos

Hannah Arendt y la ideología totalitaria: ¿existe un fascismo de izquierdas?

El autoritarismo, la intolerancia y la violencia también pueden ser rasgos de la izquierda. Del mismo modo, la derecha liberal no merece el calificativo de fascismo.

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El lenguaje humano es un fenómeno vivo y cambiante. No es posible acotar definitivamente el campo semántico de una palabra. De hecho, ese campo crece sin cesar, ramificándose a veces en alternativas aparentemente antagónicas. Es lo que ha sucedido con el término "fascismo". Indudablemente, se ha abusado de esa expresión para descalificar al adversario. Para la izquierda radical, creer en Dios y la familia ya es sinónimo de fascismo. Sin embargo, el fascismo es algo muy diferente.

En un sentido estrictamente histórico, el fascismo es un movimiento político creado en Italia en 1919 por Benito Mussolini. Sus pilares ideológicos son el irracionalismo, el nacionalismo exacerbado, el autoritarismo, el antiliberalismo, el anticomunismo, el corporativismo, el culto al líder, el militarismo y el imperialismo. En ese sentido, el fascismo y el pensamiento de izquierdas parecen antitéticos, pero el análisis de los textos marxistas y los regímenes comunistas revela que ese antagonismo solo es relativo.

El comunismo es internacionalista y racionalista, pero en su filosofía y desarrollo histórico también ha incurrido en el autoritarismo, el antiliberalismo, el caudillismo, el militarismo y el imperialismo. Fascismo y comunismo han opuesto a la economía de mercado la planificación estatal, hundiendo en la miseria a los países que han adoptado ese modelo. De hecho, a veces han rectificado de inmediato.

Después de llegar al poder mediante un golpe de estado y una guerra civil, los bolcheviques provocaron hambrunas masivas que mataron a millones de personas y desencadenaron una drástica caída de la producción industrial. Este desastre provocó huelgas obreras y rebeliones campesinas, brutalmente reprimidas por el Ejército Rojo al mando de Lev Trotsky.

En Kronstadt, una fortaleza naval situada en la isla de Kotlin en el golfo de Finlandia, se sublevaron los marinos soviéticos, comunistas y anarquistas desencantados con el rumbo adoptado por la Revolución de Octubre. Su petición de derechos y libertades que pusiera fin al monopolio del poder ejercido por los bolcheviques se saldó con una violenta represión que costó miles de vidas.

Tras fusilar o deportar a los descontentos, el Soviet Supremo adoptó una política mixta que autorizó el libre mercado, la propiedad privada y las inversiones extranjeras bajo ciertas condiciones, pues entendió que no había otra manera de evitar un colapso económico y social. El Estado solo se reservó el control de la banca, la industria pesada, el transporte y el comercio exterior.

La Checa y el Gulag no fueron inventos de Stalin, sino de Lenin y, desde el primer momento, su objetivo fue convertir el terror en política de Estado para materializar la implacable ley de la historia, que –según el materialismo histórico– implica necesaria e ineluctable extinción de las clases decadentes, como la burguesía y la aristocracia. Marx no aboga por la democracia, sino por una utopía que solo podría realizarse mediante la violencia y una dictadura transitoria.

Después de esas etapas, el ser humano, definitivamente emancipado del Estado y la especialización forzosa del trabajo inherente a la economía de mercado, disfrutará de una abundancia y prosperidad basada en la propiedad comunitaria y la rotación de tareas. Si nos atenemos a los hechos y las ideas, el comunismo sí puede categorizarse como una forma de fascismo, como advirtió Hannah Arendt.

Según la definición de la RAE, el fascismo no es solo una creación de Mussolini que adquiere un sesgo racista con Hitler, sino cualquier ideología o actitud autoritaria y antidemocrática. Por eso, no constituye un oxímoron hablar de "fascismo de izquierdas".

Quizás algunos prefieran utilizar el término "totalitarismo", pero lo cierto es que no se puede hablar estrictamente de totalitarismo hasta que surge un Estado con el poder de ejercer una dominación total, similar a la de Hitler o Stalin. Pienso que –en último término– lo esencial es denunciar que el autoritarismo, la intolerancia y la violencia también pueden ser rasgos de la izquierda. Del mismo modo, puede afirmarse legítimamente que la derecha liberal no merece el calificativo de fascismo.

Las ideas y teorías de Raymond Aron, Karl Popper o Isaiah Berlin se inscriben en la tradición democrática, algo que no puede decirse de la filosofía de Lenin. La derecha fascista es algo diferente y está representada por figuras como Carl Schmitt, Giovanni Gentile, Ernst Jünger, Martin Heidegger, Ramiro Ledesma Ramos, Robert Brasillach, Alain de Benoist o Renaud Camus, creador de la teoría del Gran Reemplazo.

Algunos hechos históricos son sumamente clarificadores. Hannah Arendt utilizó el juicio de Adolf Eichmann para desarrollar su polémica teoría sobre la banalidad del mal. El juicio y ejecución de la abogada y política checoslovaca Milada Horáková no sugiere que el mal sea banal, sino el vástago natural del totalitarismo.

Socialdemócrata, feminista y miembro de la resistencia clandestina contra la ocupación nazi, lo cual le costó ser torturada por la Gestapo y deportada al campo de concentración de Terezín y otros centros de internamiento hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, Horáková ocupó un escaño en la Asamblea Nacional Provisional hasta 1948, cuando los comunistas dieron un golpe de estado y suspendieron la incipiente democracia.

Aunque pudo exiliarse, Milada prefirió permanecer en su país para luchar por el restablecimiento de las libertades democráticas. Detenida por el régimen comunista, sufrió brutales interrogatorios que incluyeron torturas físicas y psicológicas similares a las que ya había soportado durante su estancia en los calabozos de la Gestapo. Su juicio fue una farsa, un espectáculo semejante al de la Gran Purga organizada por Stalin, que se cobró la vida de un millón de personas, en muchos casos viejos bolcheviques, socialistas o anarquistas.

Condenada a muerte, Albert Einstein, el ex primer ministro británico Winston Churchill, el presidente francés Vincent Auriol y la ex primera dama de Estados Unidos Eleanor Roosevelt pidieron clemencia, pero fue inútil. El 27 de junio de 1950 Milada fue ahorcada en el patio de la Prisión de Pankrác con el método del poste austriaco, un procedimiento que no garantiza la muerte instantánea, pues la caída es demasiado corta.

Sus últimas palabras fueron: "He perdido esta pelea pero me voy con honor. Amo este país, amo a esta nación, luchen por su bienestar. Me voy sin rencor hacia ustedes. Les deseo, les deseo...". El cuerpo de Horáková fue incinerado y sus cenizas se depositaron o dispersaron en un lugar desconocido. Después de la caída del régimen comunista, Checoslovaquia honró su memoria con las más altas distinciones y una de las principales avenidas de Praga lleva su nombre.

El 27 de junio, día de su ejecución, es hoy el "Día de Conmemoración de las Víctimas del Régimen Comunista". Su historia ha trascendido la República Checa. En 2017, se estrenó Milada, una película de David Mrnka interpretada por la actriz israelí Ayelet Zurer, donde se narra su lucha contra el régimen comunista y su trágico final.

El totalitarismo no nace del pensamiento crítico, sino de una idea que adquiere la categoría de dogma incuestionable. Los nazis utilizaron su interpretación de la ley natural para justificar el exterminio de los más débiles. Hitler solía repetir que solo creía en la Naturaleza, una maestra cruel e implacable. Desde su punto de vista, los pueblos germánicos representan la forma más perfecta de humanidad y nada debería impedir su hegemonía.

Exterminar a los judíos, los eslavos, los gitanos, los discapacitados y otros grupos constituye un imperativo, pues la selección natural determina que lo imperfecto y enfermizo debe desaparecer de la faz de la Tierra. Incumplir ese mandato condena a nuestra especie a una progresiva decadencia. Los bolcheviques no invocaron la ley natural, sino la ley de la historia, que augura la extinción del capitalismo tras una serie de fases.

Hannah Arendt advierte que al totalitarismo no le importan los hechos. Aunque la experiencia desmienta sus tesis, se aferra a ellas.

La fase final, que implicará la desaparición de la propiedad privada y la división forzosa del trabajo, acontecerá de forma ineluctable, pero su llegada se acelerará si una vanguardia revolucionaria recrudece la lucha de clases, eliminando a los enemigos del proletariado. No es suficiente acabar con la burguesía y la aristocracia. Cualquier forma de disidencia, pacífica o violenta, obstruye la marcha de la historia, retrasando el advenimiento del comunismo.

Hannah Arendt advierte que al totalitarismo no le importan los hechos. Aunque la experiencia desmienta sus tesis, se aferra a ellas, explotando el terror para realizar su proyecto político. La tentación totalitaria no es un fenómeno del pasado, sino una constante histórica, especialmente después de los genocidios cometidos por Hitler y Stalin. "Toda época tiene su fascismo", declaró Primo Levi, superviviente de Auschwitz.

No se puede afirmar que la izquierda esté exenta de ese riesgo. En los años 70, la violencia de los GRAPO, los Montoneros, los Tupamaros, la Baader–Meinhof, el Ejército Revolucionario del Pueblo, las Brigadas Rojas, ETA y otros grupos terroristas similares desestabilizó democracias consolidadas o incipientes.

Estas organizaciones no luchaban por la independencia, como el Frente de Liberación Nacional de Argelia, sino por una ideología. Actualmente, esa amenaza está desactivada, pero ha ocupado su lugar el populismo de derechas. El historiador estadounidense Timothy Snyder, firme defensor de la democracia liberal, no considera improbable que Donald Trump recurra a un golpe de estado para no abandonar la Casa Blanca.

Nazis y bolcheviques son las dos caras de la misma moneda. En este momento, lo que está en juego es la democracia

No importa de dónde venga la amenaza. Nazis y bolcheviques son las dos caras de la misma moneda. En este momento, lo que está en juego es la democracia. La democracia es imperfecta, pero posee mecanismos para autocorregirse, como la división de poderes, la libertad de prensa y la alternancia política. Las ideologías son seductoras, pues prometen el paraíso, pero la historia nos ha enseñado que solo abren las puertas del infierno.

En una sociedad democrática, el derecho a disentir ejerce una saludable higiene social, creando las condiciones de un cambio real. En cambio, en sociedades totalitarias, como la Alemania nazi o la Unión Soviética, la imposibilidad de disentir destruye las posibilidades de cambio. Donald Trump, Putin y otros líderes populistas intentan silenciar a sus adversarios, criminalizando el derecho a protestar para imponer a largo plazo un régimen totalitario.

Ante ese desafío, no está de más recordar las palabras de Albert Camus: "La única manera de enfrentarse a un mundo sin libertad es volverse tan absolutamente libre que tu propia existencia sea un acto de rebeldía". Ejerzamos, pues, la rebeldía, alzando la voz contra las distintas máscaras del totalitarismo, sin olvidar que uno de sus disfraces favoritos son las falsas utopías arropadas por una retórica grandilocuente.