Una escena de la serie 'El señor de las moscas'

Una escena de la serie 'El señor de las moscas'

En plan serie

'El señor de las moscas': el cocreador de 'Adolescencia' retrata de nuevo el impulso homicida juvenil

El guionista Jack Thorne y el director Marc Munden rinden un respetuoso tributo al clásico de William Golding en una serie que explora el borrado de cualquier código moral.

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En 1963 el dramaturgo Peter Brook adaptó la primera novela de William Golding, El señor de las moscas, publicada en 1954, veintinueve años antes de que el escritor británico ganase el Premio Nobel de Literatura.

En su versión, infinitamente superior a la rodada por Harry Hook en 1990, Brook concentraba las casi trescientas páginas del libro en apenas noventa minutos. El accidente aéreo que dejaba a un puñado de niños ingleses de entre seis y doce años abandonados a su suerte en una isla desierta derivaba en un intento por reordenarse como grupo en aras de sobrevivir para terminar desviándose hacia el precipicio del enfrentamiento y la lucha por el poder.

Todo ello quedaba registrado mediante un contrastado blanco y negro, que hacía de la jungla isleña casi un decorado expresionista. Brook destruía la unidad del grupo a través del montaje y del uso del primer plano, y recurría a las angulaciones bajas para tensar aún más una situación marcada por la división entre aquellos que buscan la subsistencia en un entorno nuevo y hostil a partir del establecimiento de un mínimo orden, y aquellos que, en un contexto sin autoridad, optan por entregarse a inercias atávicas.

El formato (1.37:1), la música compuesta por Raymond Leppard —que se movía entre la marcha militar y el himno tribal, festoneados con cánticos religiosos— y un prólogo compuesto a base de fotografías fijas en los que no solo se narraba de manera elíptica el desastre del avión que transportaba a los niños, sino que también incluía citas a Pitágoras o la aparición del coro de la iglesia entonando el Kyrie Eleison, nos hablaban de la ruptura de cualquier tipo de orden, ya fuese racional o moral.

Ahora, el guionista Jack Thorne (The Virtues, Adolescencia) y el director Marc Munden (Utopía) regresan a la seminal obra de Golding — cuya influencia pueden rastrearse desde en títulos como Perdidos (Abrams, Lindelof, Lieber & Cuse, 2004-2010) hasta obras maestras como Viento en las velas (Alexander Mackendrick, 1965) pasando por series contemporáneas como Yellowjackets (Ashley Lyle & Bart Nickerson, 2021)— en una aproximación maximalista, que opera en coordenadas distintas a las que se movía Peter Brook, pero que no por ello resulta menos interesante.

Allá donde las sombras del expresionismo se apoderaban de la selva insular, encontramos ahora una explosión de color que empapa las imágenes de una belleza sobrecogedora para mostrarnos cómo el Edén puede acabar siendo el decorado del infierno. La colorimetría sirve, también, como baliza indicadora del estado de los personajes. No es casual, por ejemplo, que Simon (Ike Talbut) aparezca continuamente asociado al rojo, un rojo sangre, si atendemos a su trágico final.

Marc Munden, que ya ha dado muestras de sobrado talento en títulos como Pétalo carmesí, flor blanca (Marc Munden & Lucinda Coxon, 2011) o El simpatizante (Park Chan-wook & Don McKellar, 2024), utiliza aquí el formato panorámico para extraer todo el potencial paisajístico del entorno, sin por ello, y al igual que hacía Peter Brook, renunciar al poder expresivo de los primeros planos para ahondar en la sensación de alienación que experimentan los niños, pero también para observar las transformaciones que operan en sus rostros.

Un fotograma de 'El señor de las moscas'

Un fotograma de 'El señor de las moscas'

Otro tanto podemos decir de la banda sonora original compuesta por Cristóbal Tapia de Veer (The White Lotus) con aportes de Hans Zimmer y Kara Talve, que se mueve en frecuencias muy distintas a las de Raymond Leppard, adoptando un tono alucinatorio en consonancia con el salvajismo que se apodera de una tribu infantil entregada a la violencia.

Ese tono antinaturalista, que no busca reproducir, por ejemplo, los sonidos de la selva, conecta con el espíritu de algunas asociaciones visuales que se sugieren desde una mesa de edición en la que, mediante los fundidos, se ofrecen soluciones que parecen extraídas de determinadas corrientes experimentales para dar cuenta de las perturbaciones que afectan a los adolescentes.

La ruptura del orden también contamina una determinada ortodoxia narrativa, y al igual que estos jóvenes salvajes pasan de vestir uniformes escolares a embadurnar su rostro con coloridas pinturas y ataviarse con pieles —a abandonar la civilización—, las imágenes también buscan registros alejados de lo académico. Se vuelven furiosas, enloquecen.

Véase, por ejemplo, la agresividad que se apodera de la asamblea que se celebra en el segundo episodio; cómo a través de los cortes de montaje y del cambio de escalas, y utilizando el sonido que emiten las piedras que tratan de afilar los discípulos de Jack (Lox Pratt), se fija una clara oposición a los intentos de imponer cierto raciocinio por parte de Piggy (David McKenna).

O el modo en el que Munden decide registrar, en ese mismo capítulo, el encuentro de Simon con 'La bestia', en el que un montaje paralelo nos muestra a Jack y sus seguidores construyendo un nuevo campamento (colores verdes y azules) mientras Simon se adentra en la espesura carmesí para descubrir la identidad del supuesto enemigo.

El choque cromático —esa imagen inicial del guante rojo anudando ramas verdes—, unido a los violines disonantes que colman la banda de sonido, embadurna de violencia todo ese bloque de imágenes que se cierra con el paso del rostro de Simon a un primer plano de la fabricación de lanzas, anticipando el primero de los desastres que vendrán.

Un momento de la serie 'El señor de las moscas'

Un momento de la serie 'El señor de las moscas'

En lo relativo al guion, allá donde la adaptación de Peter Brook abogaba por la concentración, seleccionando hitos de la novela y reescribiendo los diálogos desde la improvisación, Jack Thorne opta por obrar con prolijidad, manteniéndose más o menos fiel al original, pero dividiendo los acontecimientos del libro en cuatro episodios que responden, cada uno de ellos, al punto de vista de un personaje, si bien la focalización no se respeta escrupulosamente, como puede verse, por ejemplo, en el tercer episodio dedicado a Simon, que no está presente en la expedición que Ralph (Winston Sawyers) y Jack emprenden para dar caza a 'La bestia'.

En cualquier caso, el cocreador de Adolescencia convierte a Piggy en el protagonista del primer capítulo. Un niño obeso e inteligente, sus gafas como símbolo de la razón; alguien que, pese a sufrir el menosprecio de sus compañeros, trata de que el orden se imponga. La concha que dispone para que quien lo desee tome la palabra funciona como metáfora de un modelo de organización que no podrá consumarse.

El segundo episodio se centra en Jack, casi un prototipo de niño ario (la miniserie nos sitúa en la Segunda Guerra Mundial). Un adolescente que emplea el poder de la fuerza para imponer su voluntad. Alguien que bajo su arrogancia esconde el temor a no responder a la imagen que él mismo se ha fabricado, sin duda mirándose en los estándares paternos (no es casual que Munden recurra al mito de Narciso para describirlo).

Hay aquí una lectura sobre la rectitud de la educación británica (y sus consecuencias) que no debería pasar desapercibida. Jack, tal y como le enseñó su padre, entiende que lo que les ha sucedido es una prueba que hay que superar, enésimo ejercicio de una evaluación permanente que no admite el fracaso. Ya lo escribe William Golding en su novela: "Somos ingleses, y los ingleses somos siempre los mejores en todo".

Fotograma de la serie 'El señor de las moscas'

Fotograma de la serie 'El señor de las moscas'

Después tenemos a Simon, amigo de Jack al que este deja de prestarle atención en el momento en que no sirve a sus propósitos, tal y como el propio Simon relata en sus diarios. Es un niño-puente, el que trata de mediar entre las derivas tribales que representa Jack y los intentos civilizadores de Ralph y Piggy. Idealista y solitario, es el chaval que preferiría quedarse en la isla antes que volver a Inglaterra. Alguien que busca ansiosamente pertenecer y que termina sacrificándose por los demás (ya en el prólogo del capítulo su figura se asocia a la de Cristo). El único que conoce la verdad sobre 'La bestia'. El chico al que nadie escuchará.

Ralph lleva la voz cantante en el episodio final. Un líder comprensivo que ve su cargo menoscabado. Un chaval un tanto desatento, que se apoya en los consejos de Piggy, pero que casi siempre trata de mantener unido al grupo, sobre todo teniendo en cuenta que está formado por un puñado de críos que no pasan de los 8 años. De hecho, en el momento en el que trata de justificar un acto injustificable que no detallaremos —fue un error, no sabían lo que hacían, era de noche—, su liderazgo se evaporará y las consecuencias de su magnanimidad serán funestas.

Ahora bien, esos cambios de perspectiva evitan toda iteración. La narración avanza de manera lineal, sin necesidad de regresar a un mismo suceso desde distintos puntos de vista. La cronología solo se altera en momentos puntuales, pequeños flashbacks que nos devuelven a un pasado casi olvidado, fogonazos del pretérito que sirven, sobre todo, para profundizar en las carencias de los protagonistas.

En cualquier caso, Thorne utiliza la longitud inherente a la serialidad para profundizar en los tiempos muertos —Jack dibujando sobre la arena de la playa— y dar cuenta de la dilatación inherente a una situación en la que no hay horarios ni obligaciones, en la que de nada valen las conjeturas a propósito de un futuro que nadie puede vislumbrar, y en la que el pasado se va olvidando como uno se olvida de tomar el té, de ir a la escuela o de usar zapatos. En la isla reina un presente que se alarga como la línea de un horizonte infinito.

Esta miniserie de la BBC que en España ha estrenado Movistar Plus + tiene, también, sentido de la aventura. La hostilidad de la naturaleza, las escenas de caza, la escalada de la montaña, los chapuzones en el lago, la fisicidad que baña cada momento de violencia —la sangre derramada sobre el objetivo de la cámara— son reflejadas con intensidad y con crudeza, por eso sorprende que cuando se recurre a los efectos digitales (el incendio que cierra el capítulo primero) estos sean tan pobres que rompan el pacto de verosimilitud que el espectador ha establecido con tan descarnada historia.

Sea como fuere, Thorne y Munden rinden un respetuoso tributo al material original y exploran el borrado de cualquier código moral, la desaparición del orden y el estallido de la maldad que anida en el interior del ser humano en un entorno en el que los instintos primarios se despiertan para atender las necesidades más básicas.

Que en los primeros compases de la serie, Piggy entone el Hooray for Captain Spaulding de Groucho Marx (he went to the jungles, where the monkeys throw nuts / if i stay here, i’ll go nuts / the Captain is a very moral man) es toda una declaración de intenciones a propósito del desmoronamiento de la condición humana.

El señor de las moscas

Creador: Jack Thorne & Marc Munden

Intérpretes: Winston Sawyers, Lox Pratt, David McKenna, Ike Talbut

Productora: Eleven Film, One Shoe Films, BBC.

País: Reino Unido

Año: 2026

Plataforma: Movistar Plus +

Fecha de estreno: 7 de abril