Fotograma de la segunda temporada de 'Bronca'

Fotograma de la segunda temporada de 'Bronca'

En plan serie

'Bronca 2': el amor en los tiempos del tardocapitalismo

La segunda temporada de la serie está marcada por el chantaje de unos empleados de hotel a sus jefes. Todo el mundo estafa en una historia donde hasta el amor se mercantiliza.

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La segunda entrega de Bronca, que funciona de manera totalmente autónoma con respecto a la primera, plantea una suerte de tratado intergeneracional sobre las relaciones sentimentales en la era del neocapitalismo tardío. Y lo hace con espíritu de entomólogo sádico, el guionista Lee Sun Jin relamiéndose mientras observa a través de su microscopio cómo ensarta a sus criaturas con los alfileres de la envidia y el arribismo. Si Lee Sun Jin fuese argentino, Mariano Cohn y Gastón Duprat ya lo tendrían en nómina.

La primera pareja de especímenes seleccionada la forman Josh (Oscar Isaac) y Lindsay (Carey Mulligan). Él ejerce como gerente de un hotel cuyos clientes se desplazan por el mundo en jet privado. Ella se limita a prestar servicios como decoradora. Los dos anhelan levantar su propio bed & breakfast.

Hablamos de esa gente que se compraría un fauteuil de Minotti para lucirlo ante los invitados antes que un sofá del Ikea en el que pudiesen sentarse los dos. Clase trabajadora con aspiraciones, medalla de oro al quiero y no puedo, media vida acumulando decepciones, renunciando a una mínima dosis de felicidad porque, ya lo decía Robert Collier, "el éxito es la suma de pequeños esfuerzos, repetidos día tras día".

Y claro, con el paso del tiempo, el listado bilateral de agravios es casi tan largo como el número de leyes internacionales infringidas por Israel. Y cuando el cocido de la frustración entra en ebullición, la cosa acaba en broncas subidas de tono. Tanto que si alguien las presenciase quizá pudiera interpretarlas como una agresión.

En esto Josh y Lindsay no tienen la misma fortuna que Netanyahu, porque una discusión que está a media pirueta de poder ser incluida en la nueva versión de Kill Bill es observada por Ashley (Cailee Spaeny) y Austin (Charles Melton), dos empleados del hotel que se han plantado en su casa después de la fiesta inaugural de la temporada para devolverle a Josh la billetera que había olvidado. Y en el siglo XXI, cuando uno ve los toros desde la barrera por primera vez, se pone a grabar con el móvil.

Ashley y Austin, dos pura sangres de la generación Z, cargan a sus espaldas con los males (y con los vicios) de esta nuestra juventud. Y todos los mayores de todas las generaciones anteriores sabemos que la juventud, haga lo que haga y sin importar la época a la que pertenezca, está perdida.

A los papás de antes les daba miedo el punk, a los de ahora el reguetón. Así que Ashley y Austin sobreviven con trabajos de mierda, alejados de un núcleo familiar que les ignora de manera sistemática. Añadan los problemas de salud de ella – tiene un quiste ovárico– imposibles de costear con la cobertura sanitaria que no tiene. La grabación contenida en su smartphone será, pues, la solución a todos sus males.

Ashley y Austin le pedirán a Josh que mejore las condiciones laborales de la primera en el Monte Vista Point, seguro de salud incluido. Ella ya se encargará de enchufar a Austin como fisioterapeuta, pese a que carece de titulación. O eso, o le denuncian por agredir a su mujer. Ni que decir tiene que Lindsay admite desde el primer momento que aquello no fue más que una acalorada disputa. Pero, claro, cuando el VAR pasa las imágenes a cámara lenta, la expulsión es de libro. En resumen, puro chantaje.

Lee Sung Jin, lejos de reducir la historia a un vodevil malsano con escalada de violencia – y alejándose, por lo tanto, de la primera temporada –, introduce en la ecuación a Park (Youn Yuh–jung), multimillonaria surcoreana que acaba de adquirir el hotel y que, nada más ponerse al frente, quiere introducir numerosos cambios, lo que tendrá a todo el personal con los esfínteres en fase de contracción, incluidos a los anteriores protagonistas.

Ahora bien, madame Park no es únicamente una veterana empresaria, también es la esposa de un cirujano, el doctor Kim (Song Kang–ho), que regenta un clínica de estética en Seúl a la que se pretende derivar a algunos de los usuarios habituales de los tratamientos de belleza del hotel. Sucede que el médico ya solo tiene pulso para afinar sonajeros y no para afilar las mandíbulas de sus pacientes, así que a la señora Park le tocará ocultar sus desmanes actuando como Lady Vengeance.

Nótese cómo Sung Jin hace patria incorporando en el reparto a la ganadora de un Oscar por Minari (Lee Isaac Chung, 2020) y al protagonista de Parásitos (Bong Joon–ho, 2019), dos ejemplos de 'integración' surcoreana en el sistema cultural estadounidense. Los apuntes sobre cuestiones étnicas –inmigración, pertenencia, herencia, respeto a los orígenes– serán constantes, como ya sucedía en Bronca 1.

Fotograma de la segunda temporada de 'Bronca'

Fotograma de la segunda temporada de 'Bronca'

Dicen que Napoleón dijo que "en los negocios prácticos de la vida, no es la fe la que salva, sino la desconfianza". Pues bien, la nueva temporada de Bronca, que podría tener como lema "todo el mundo estafa", es un monumento a la desconfianza, y pone a todos los personajes en posiciones de debilidad para exacerbar su egoísmo y así generar una sucesión de enfrentamientos tanto externos –entre las distintas parejas– como endógenos, sustentados en las continuas estrategias de extorsión que unos y otros diseñan ya sea para cometer un fraude y desviar fondos del hotel a una cuenta propia (Josh y Lindsay); colocar a Austin y ganarse el beneficio de la señora Park e ir ascendiendo en la escala profesional del Monte Vista Point (Ashley) o cubrir el déficit del hospital de Seúl con el dinero de hotel (Park).

En el tramo final de la serie, la señora Park define el capitalismo como el "system of the self" y reduce las dinámicas sentimentales – es decir, el amor– a la lógica mercantil, de ahí que pese a las diferencias generacionales entre las tres parejas (veinteañeros, cuarentones, septuagenarios), todas ellas se conduzcan de acuerdo con las normas del sistema económico imperante: el dominio de la dictadura del beneficio y la acumulación de capital a cualquier precio.

En ese contexto, el amor solo servirá en tanto en cuanto procure los réditos esperados. Si no es así, se desecha y se sustituye por otro. Como un iPhone. De hecho, el único acto de amor verdadero lo llevará a cabo Josh, cuyo sacrificio final (no lo tomen como algo literal) no atiende ninguna contrapartida y termina recibiendo el premio del fracaso.

Lee Sung Jin salpica esta peripecia a tres bandas de pequeñas anécdotas – el incidente con Burberry, el perro de Lindsay; la pesadillesca intervención hospitalaria de Ashley; la revelación psicotrópica de Josh – que, al final, pretende reintegrar en el flujo narrativo principal.

Sucede, sin embargo, que a partir del sexto episodio, separado del quinto por una elipsis de un mes, para reatar todos los cabos sueltos, el creador surcoreano se hace trampas al solitario y, por decirlo brevemente, coloca a los personajes en posiciones ventajosas – e inverosímiles por oportunas– para que la historia cierre como a él le interesa.

Fotograma de la segunda temporada de 'Bronca'

Fotograma de la segunda temporada de 'Bronca'

Una vecina chismosa que le sopla a Austin que vio su coche por las inmediaciones el día que desapareció Burberry (capítulo 6), el conveniente olvido del teléfono de la señora Park (capítulo 7) que da lugar a una aventurilla con un USB que solo haría creíble Danny DeVito, o todas esas escuchas casuales en las que un personaje oye una conversación en la que se revelan secretos fundamentales que lo involucran precisamente a él –la secuencia del baño del avión, o Josh coscándose de la traición de su amigo billonario Troy (William Fichtner), por citar solo dos.

Toda la segunda mitad de la serie es un despropósito en lo que a coherencia interna se refiere. De hecho, y pese al altísimo nivel de un casting pluscuamperfecto, incluso el tono se resiente. Es cierto que a Lee Sung Jin nadie le puede objetar que Bronca sea un proyecto arriesgado, empezando por la temeraria apuesta que supone contar con protagonistas antipáticos, pero sobre todo por su alocada mezcla entre la comedia negra, la heist movie cínica (es, a su modo, una película de estafadores) y el comentario social ácido – a nivel de pretensiones, la inclusión de Song Kang–ho ya nos indica que Parásitos es uno de los referentes que Sung Jin maneja.

Para que un soufflé elaborado con ingredientes tan disímiles no baje, es necesaria, por ejemplo, la música envolvente de Finneas O'Connell, capaz de modular el ritmo de la narración, pero también de generar distintas atmósferas. No obstante, superado el ecuador de Bronca 2, cuando la conspiranoia se apodera del relato y entra en escena el Park Chan–wook de Old Boy (2003) en una pelea rodada en plano secuencia en el interior de un hospital, es inevitable observar cómo el elefante ha huido del Circo Wonderland y ha arrastrado la carpa con él.

Así pues, no interesa tanto la bizantina sucesión de enredos como los pequeños apuntes a propósito de determinadas costumbres sociales, la mayoría situados en los primeros episodios. Nos referimos, por ejemplo, a los anhelos románticos de Lindsey vehiculados a través de sus flirteos constantes con otros hombres en Instagram o WhatsApp. A la sustitución de los intercambios carnales por las interacciones líquidas en OnlyFans (Josh). A la total mercantilización de la vida, que pasa por la venta de los valiosos objetos de memorabilia que Josh, músico frustrado, colecciona y de los que se ve obligado a desprenderse para saldar deudas.

Todo puede comprarse y cualquiera está dispuesto a venderse. Vean, si no, la decisión final que toma Austin cuando debe decidir entre justicia o beneficio.

Fotograma de la segunda temporada de 'Bronca'

Fotograma de la segunda temporada de 'Bronca'

En el apartado visual, con Jake Schreier dirigiendo la mayoría de los episodios, Bronca 2 no pretende ocultar que es una serie de A24, tal y como se desprende del preciosismo de determinadas composiciones, del uso de una paleta de colores muy característica o del empleo que se hace de la música. Hay, no obstante, una clara intención en la planificación de Schreier que uno observa ya desde el inicio (y que se puede ver en las imágenes que ilustran este texto).

El director de Thunderbolts (2025) apuesta por una estética de la ruptura, dividiendo el encuadre, colocando barreras entre los personajes, evidenciando que, pese a sus efímeras reconciliaciones, no hay un futuro conjunto posible. Y si lo hay, de fondo está sonando el 'History Repeating' de Propellerheads con Shirley Bassey, pues la conclusión de Bronca 2 remite a la repetición de patrones, a la condena sisífica, a un futuro aterrador.

En todo caso, Schreier no solo fragmenta el espacio con rigor, también utiliza el color para delimitar las distintas posiciones del espectro emocional que ocupan los personajes o recarga las composiciones para mostrar su ahogamiento (véase la barroca casa de Josh y Lindsay, o el apartamentito de Ashley y Austin).

Sobrecargada de minutaje y de incidentes, arbitraria en su búsqueda de conclusiones, misántropa con gracia y con el GPS tonal desconfigurado, Bronca 2 se sostiene porque uno podría estar escuchando el acentazo british de Carey Mulligan (aquí pueden poner al actor o actriz del reparto que más les guste, valdría cualquiera) hasta que el mundo termine de derrumbarse.

Bronca 2

Creador: Lee Sung Jin
Intérpretes: Oscar Isaac, Carey Mulligan, Cailee Spaeny, Charles Melton
Productora: Netflix, A24 Television
País: Estados Unidos
Año: 2026
Plataforma: Netflix
Fecha de estreno: 16 de abril