El incomodador por Juan Sardá

Jean Renoir, el poeta de la lucha de clases

21 agosto, 2014 17:21

[caption id="attachment_942" width="250"] Jean Renoir.[/caption]

Los franceses inventaron el cine y en la primera mitad del siglo XX brilla como fundamental creador del lenguaje cinematográfico Jean Renoir, hijo del pintor August, y uno de los los mayores artistas que ha tenido este arte en su aún corta historia. Muy marcado por las turbulentas y sangrientas circunstancias políticas que atravesó Francia durante los primeros 50 años del siglo pasado, Renoir fue un atento observador de las costumbres y corsés de una época en la que las distinciones sociales eran brutales. Un mundo de amos y esclavos -al que parece que volvemos- cuyo contraste y perpetuo conflicto trató de una manera u otra a lo largo de toda su filmografía, colocándose siempre, por supuesto, en el lugar de los oprimidos. Renoir es también el cineasta antibelicista por excelencia, el socarrón que nunca deja de reírse un buen chiste y el maestro de la sensualidad y los placeres de la vida. Un verdadero humanista.

Debuta en 1924 gracias a la ayuda de su padre con Una vida sin alegría, en la que observamos buena parte de las temáticas a las que Renoir sería muy fiel en sus películas. El filme está protagonizado por una sirvienta huérfana que trabaja en una casa en la que comienza a ser maltratada por la señora, celosa de su belleza, recibiendo la protección del dueño, que siente hacia ella una mezcla de ternura paternal y deseo soterrado. La criada es despedida por la señora y regresa a su puesto gracias al señor, provocando la huida de su esposa y la maledicencia de los lugareños. El señor es político y en un momento dado se le plantea renunciar a sus principios echando a la sirvienta y recuperando a su mujer o tirar por la borda su carrera política.

Todo Renoir ya se atisba en Una vida sin alegría: las miserias de la clase baja, no solo económicas sino sobre todo morales, ese estado de humillación al que son sometidos quienes no tienen nada y dependen de la caridad de los ricos. La injusticia de un sistema social profundamente clasista enfurecía a Renoir y sus películas son un recordatorio moral permanente de la mezquindad de la desigualdad, de los muchos males de un mundo dividido entre quienes tienen mucho y quienes solo pueden soñar con servirlos. Una sirvienta vuelve a protagonizar, lo haría muchas veces, su siguiente película, la poética La mujer del agua (1925) y la primera que se estrenó comercialmente, tiene un tono más poético y onírico para contarnos la historia de liberación de una joven humilde maltratada por su tío.


En La mujer del agua Renoir no solo ensaya ingeniosos trucos cinematográficos con poéticos resultados para contarnos de forma metafórica la liberación espiritual de una joven maltratada, también aparece la figura del "malo" de Renoir, ese hombre bruto, hosco y violento que le provocaba verdadero pavor. Quizá para resarcirse del fracaso de taquilla del filme, Renoir realiza dos comedias espléndidas comenzando a mostrar su dominio de un género del que sigue siendo referente ineludible. Tiro al blanco (1928) es una película antibelicista en la que se burla de los valores militares y desprecia la cultura de violencia y rudeza del ejército. Interpretada por un poeta algo melifluo en el que Renoir se reconoce, vemos el choque entre el mundo del espíritu y un general que considera a los poetas por su propia naturaleza "idiotas" sin remedio.

On purge bebé (1931) es su primera película hablada y una obra maestra de la comedia. Ataque frontal contra los valores y los intereses burgueses, es casi una pieza teatral en la que Renoir se divierte muchísimo burlándose de un fabricante de porcelana ansioso por venderle al ministro de defensa unos urinales y hacerse rico. La aparición de su mujer, de vuelta de todo, y los problemas digestivos del hijo dan pie a una desternillante parodia del mundo de los negocios y la humillación de los codiciosos ante los poderosos. Marca también su primera colaboración con el actor Michel Simon, un artista con aspecto cómico que en manos del director alcanzaría altas cotas expresivas. Sería La golfa (1931) la película que daría a Renoir el éxito que andaba buscando. Protagonizada por Simon, adapta la misma novela que Fritz Lang en Perversidad para crear otra obra maestra sobre el mismo tema.

La diferencia entre La golfa y Perversidad da buena cuenta del estilo de Renoir y, en un marco más amplio, de la perspectiva europea sobre la realidad. La película trata sobre un pobre empleado de banca casado con una estúpida y enamorado de una jovencita que le hace remilgos para sacarle dinero. Historia de autodestrucción por culpa del amor y metáfora sobre la crueldad del paso del tiempo. Mientras Lang le da una gran importancia al éxito comercial de los cuadros del desdichado protagonista, a Renoir eso le da mucho más igual. Lang propone un drama sobre la caída de un hombre a los infiernos de la pasión y Renoir no tiene tan claro que no haya salido ganando. Ahí está la distinta perspectiva sobre el mismo final como vagabundo del protagonista: en la película de Lang es una tragedia, en la de Renoir es casi una liberación.

De hecho, a Renoir los vagabundos le gustaban y como cineasta poético y sensual admiraba su estilo de vida libre de ataduras y cualquier atisbo de convención burguesa. Ahí está el Simon de la hilarante Boudu salvado de las aguas (1934), donde se vuelve a reír de la burguesía contándonos la historia de una familia violentada por la aparición de un mendigo al que el dueño de la casa salva la vida y adopta como buena causa. Por supuesto, el señor le mete mano a la criada y Boudu es como un premake del Teorema de Pasolini en clave de farsa, ya que vemos a ese personaje de sexualidad desenvuelta que revoluciona a una familia burguesa. Vemos también ese París pintoresco de acordeones y chanson que tanto le gustaba porque Renoir es un cineasta íntimamente ligado no solo con los personajes de clase baja, también con la cultura popular que les era propia. Una cultura popular, todo hay que decirlo, mucho más interesante que la de ahora mismo.

Toni (1935) es la película que consolida el prestigio de Renoir como cineasta dramático. Ambientada en el sur de Francia, es un drama amoroso con tintes trágicos que se desarrolla en el mundo de los temporeros, muchos de ellos españoles, sometidos a la tiranía de capataces y los rigores de una vida dura. Una joven española es el objeto de deseo de Toni, un tipo cualquiera, no muy hablador ni talentoso pero con un corazón noble que debe luchar contra el marido y jefe, uno de esos malvados crueles y primitivos de Renoir. Toni es poesía en movimiento y destaca la capacidad del cineasta para entender siempre muy bien qué quieren sus personajes, qué les mueve, que en el caso de Renoir, como en la vida, es casi siempre el sexo y el amor, formando ambos parte de un mismo indisociable. Para Renoir la pureza del amor tiene que ver con su grandeza íntrinseca, no con la castidad o un puritanismo que despreciaba.

[caption id="attachment_945" width="520"] Pierre Fresnay y Jean Gabin en La gran ilusión (1937).[/caption]

Los bajos fondos (1936) es una maravillosa película ambientada en una pensión en la que malviven personajes de baja ralea adonde llega a parar un aristócrata arruinado. Destaca la maestría de Renoir al crear escenas colectivas y tumultuosas, en analizar fríamente las pasiones de los protagonistas hasta llegar a un trágico final. La gran ilusión (1937), una de sus películas más famosas, es un drama bélico -como es habitual, profundamente antibelicista- en el que las diferencias sociales vuelven a tener un gran protagonismo. Narra las desventuras de unos prisioneros franceses en campo alemán que tratan de escapar. Uno aristócrata, los demás de la clase trabajadora, las diferencias sociales son brutales aún en esas condiciones y poco a poco irán descubriendo la humanidad que les une. Hermosa película sobre la solidaridad y nuestra condición común de seres humanos, es una de esas películas que jamás olvidaremos. La bestia humana (1938) es una adaptación de Zola en la que Jean Gabin interpreta a un hombre atormentado por sus ancestros, una figura trágica porque es un hombre bueno que trata de luchar con todas sus fuerzas contra la enfermedad del alcoholismo y la violencia que le transmitieron sus antepasados.

[caption id="attachment_941" width="280"] Jean Renoir en La regla del juego (1939).[/caption]

Ese sólido drama de personajes precedería a la gran obra maestra de Renoir, su mejor película, La regla del juego (1939), summa poetica de todas las obsesiones del cineasta. Con ese tono sutil y elegante, ingenioso y divertido, la película narra el choque entre el idealismo amoroso de un heroico piloto y la frivolidad e hipocresía de la burguesía. Obra maestra sobre la rebeldía y la futilidad del deseo humano de convertir un mundo injusto en uno justo, La regla del juego es una película implacable sobre la prevalencia de los intereses por encima de las pasiones, sobre la cobardía de quienes prefieren tener a amar y la valentía de quienes luchan contra lo pueril. Es una película perfecta en la que ese "arriba y abajo" de Renoir, los señoritos y el servicio, tiene gran protagonismo y donde Renoir vuelve a tener muy claro cuál es su sitio, el de la sensualidad y la pasión, el mundo mucho menos hipócrita y constreñido que el de una burguesía mezquina y barata.

Renoir aún haría muchas más grandes películas. Esta tierra es mía (1943) es su primera incursión en el cine anglosajón, al que regresaría con frecuencia a partir de entonces. Ambientada durante la ocupación alemana en una ciudad no especificada, Renoir da su propia versión sobre el concepto de valentía en oposición al tradicional ofrecido por los militares. Para Renoir la valentía no tiene que ver con la fuerza física, con la indiferencia ante el horror, sino lo contrario, con la capacidad de enfrentarnos a él, de no responder con brutalidad a la brutalidad, "la civilización y la cultura nos salvarán" es el mensaje. Memorias de una doncella (1946), sobre la que Buñuel también haría una versión, tiene de nuevo a una sirvienta como protagonista. Una doncella espabilada y ambiciosa que no se resigna a servir a los demás toda su vida y utiliza sin descaro su sexualidad para conseguir sus objetivos. La aparición desestabilizadora del amor actúa como cataclismo, el amor para Renoir es la pureza que da a todas las cosas su nombre, la fuerza que emerge como espejo de lo corrupto de la vida.

El río (1950) es otra de sus películas más aclamadas. Disfrutamos al Renoir más poético en este filme ambientado en la India en el que vemos el despertar sexual y emocional de una niña que se pregunta por el entorno de miseria en el que vive en oposición a la comodidad de su familia. Filme de ritmo moroso, atento a la belleza de la naturaleza y los ritos ancestrales, alcanza una profundidad abisal. French Cancan (1954) es un homenaje al mundo del espectáculo popular que tanto le gustaba y nos cuenta los rocambolescos primeros pasos del mítico Moulin Rouge. Gabin da vida a un empresario de vida turbulenta, a un bohemio puro, a un "loco" capaz de gastar todo su dinero y arruinarse en algo simplemente porque es bello. En esta ocasión el papel de la sirvienta lo interpreta una aspirante a bailarina y el filme es una celebración de la vida del mundo del espectáculo y la bohemia además de una oda a la libertad sexual.

Elena y los hombres (1956), donde recupera su gusto por el folletín y las intrigas amorosas, es una película que solo un maestro en plena posesión de sus facultades podría realizar. Brilla una bellísima Ingrid Bergman en la piel de una princesa polaca arruinada a la que se le encomienda una alta misión diplomática. Nueva celebración del triunfo del amor, es un filme que rebosa encanto y gracia. La comida sobre la hierba (1959) parte de ese concepto tan renoiriano según el que todo lo importante pasa en una comida y plantea el conflicto entre la racionalidad de la ciencia que enaltece la vida moderna y el mundo caótico, poético e impredecible del espíritu y la pasión. Maravilloso Renoir, el cineasta diniosíaco que nos enseña a disfrutar de la vida, el artista que nos habla de los placeres del espíritu y nuestra común humanidad. Poeta eterno sobre lo que nos convierte en verdaderas personas.

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