Vargas Llosa, en su despacho-biblioteca. Foto: Silvia P. Cabeza

Vargas Llosa, en su despacho-biblioteca. Foto: Silvia P. Cabeza Silvia P. Cabeza

A la intemperie

Vargas Llosa: pulir la piedra de la literatura hasta la perfección

El nobel peruano trabajaba la palabra narrativa con un ahínco casi enfermizo, pulía la personalidad de sus personajes narrativos hasta la extenuación.

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El 28 de marzo pasado, Mario Vargas Llosa cumplió 90 años. Hablo en presente porque sé que está vivo a través de sus libros. Ese "cumplete", como nombran los peruanos al cumpleaños, se ha celebrado como que Vargas Llosa está vivo y ha sido recordado como si estuviera presente. Lo está, con un espíritu pleno que es el que exhalan sus libros.

Se pasó esos 90 años puliendo la piedra de su literatura hasta lograr, en bastantes de sus novelas y ensayos, la perfección interna del texto y su personalidad como escritor. Hasta el punto de que de sus novelas y ensayos se habla en presente en muchísimas universidades del mundo y tengo para mí que su obra seguirá creciendo como si Vargas Llosa siguiera escribiendo ad aeternum cada una de sus obras únicas.

Carlos Barral, el editor que lo "descubrió" con La ciudad y los perros a primeros de los años 60 del siglo XX, acuñó en su momento, que entonces no era más que inicial, la idea de que Vargas Llosa era el único escritor que conocía que trabajaba como un obrero (y el obrero pule la piedra hasta su perfección) y vivía como un burgués.

Es leyenda que Mario trabajaba, manu militari, la palabra narrativa con un ahínco casi enfermizo; que pulía una y otra vez la estructura de la novela que estaba escribiendo hasta encontrar el tesoro de la perfección; que pulía la personalidad de sus personajes narrativos hasta la extenuación, dotando a cada uno de ellos de sus propias características físicas y haciéndolos hablar a cada uno con una voz, la de cada uno, hasta diferenciarlos de los demás.

Es leyenda, y realidad, que sus horarios de trabajo eran rígidos: en la mañana, escritura del texto; en la tarde, búsqueda y lectura de la documentación y lectura del texto escrito. Desde las 9 de la mañana más o menos, hasta más allá del mediodía; desde las 4 de la tarde hasta las 8 de la casi noche. Diariamente. Y aquí entra ya la tenacidad del novelista de raza de la que hablaba Henry James, y cuyo ejemplo fundamental para Mario y otros muchos novelistas está en Flaubert.

Vi una vez a Mario Vargas Llosa dar una clase en la Universidad de Harvard sobre Tirant lo Blanc a unos ocho alumnos de literatura española. Era un asombro. No solo en las cosas y asuntos que sacaba del texto estudiado, sino en la misma interpretación teatral de ese mismo texto, deteniéndose a recitar con voces distintas a los personajes de la novela.

Lo vi llenar, como si fuera un actor de cine muy famoso, para escuchar una conferencia suya los auditorios académicos y universitarios de muchas partes del mundo, desde Tokio y Kioto a Florencia, desde París a Estocolmo, a Madrid y Barcelona, desde Nueva York a Lima.

Una vez en París, en la Universidad de La Sorbona, Mario fue a dar una conferencia y, sorprendentemente (¡en La Sorbona!), no funcionaba la megafonía. Mario esperó sentado en su sillón de conferenciante más de tres cuartos de hora a que encontraran un operario técnico en todo el recinto que resolviera el problema. Con una paciencia y una humildad de monje convencido. De sus asientos, lo recuerdo muy bien, no se movió ni uno de los asistentes al acto, que se quedaron hasta la resolución de aquel problema y escucharon atentamente la conferencia en francés del novelista peruano.

Podría escribir otro libro, además del que ya escribí hace bastantes años sobre Mario, con todos los episodios sorprendentes y asombrosos que he vivido recorriendo el mundo de las letras y las universidades. Alguien puede decir que son anécdotas sin mucha importancia. No. Son episodios importantes que delatan la disciplina mayor de Vargas Llosa, para quien la literatura y todo lo que ella significaba para él eran parte esencial de su respiración cotidiana.

No quiero recordar sus últimos cinco años, cuando ya estaba evidentemente enfermo de gravedad e iba perdiendo todas las fabulosas y extraordinarias cualidades intelectuales y humanas que lo adornaban. Quiero recordarlo siempre vivo, jovial, divertido, profundo, generoso, completo en la dimensión de su personalidad. Le debo, personal e intelectualmente, esa memoria limpia.

Su legado intelectual está ahí, delante de nosotros, para todo aquel que quiera acercarse a su escritura y a su personalidad intelectual. Queda así, eterno. Hace menos de un año, parafraseé un par de versos de "Fundación de Buenos Aires" del maestro Borges para entender el sentimiento que me embargaba. Los repito aquí ahora, brindo por el hombre, el escritor y su obra: "A mí se me hizo cuento que murió Vargas Llosa, lo juzgo tan eterno como el agua y la rosa".