Luis Morera en un concierto de Taburiente en el Teatro Leal de La Laguna, Tenerife, en 2017. Foto: Devention (CC BY-SA 4.0)

Luis Morera en un concierto de Taburiente en el Teatro Leal de La Laguna, Tenerife, en 2017. Foto: Devention (CC BY-SA 4.0)

A la intemperie

Luis Morera y el regreso a la isla

Escuchar al cantante significa siempre regresar a La Palma, a su historia, sus impulsos, sus músicas y sus resistencias frente a nuestra fragilidad geológica.

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En 1940, el antropólogo británico de origen polaco Bronislaw Kasper Malinowski firmó el prólogo a la primera edición del ensayo titulado Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, del sabio cubano Fernando Ortiz, libro que terminó en pocas décadas por ser considerado por todos como uno de los cinco libros identitarios de la gran cubanía.

El prólogo de Malinowski comienza hablando de Cuba a partir de un viaje del científico a la isla de La Palma, Islas Canarias. “He conocido y amado Cuba en un viaje que hice a la isla de La Palma”, escribe Malinowski. Recuerda inmediatamente después que Cuba estaba ya en aquellos palmeros de la emigración que regresaban a La Palma vestidos de blanco y con un contoneo musical al caminar por las calles que habían adquirido durante su estancia en la isla del Caribe. Malinowski se refería a los que nosotros llamamos en La Palma indianos, una manera de celebrar Cuba con alegría y sin los complejos del emigrante.

Siempre que hablo o escribo de La Palma, por cualquier motivo, recuerdo —incluso por escrito, como en esta ocasión— las palabras de Malinowski que definen un elemento fundamental de nuestra historia y nuestra idiosincrasia: la transculturación del viajero emigrante a América y, sobre todo, el regreso a la isla con la esperanza de hacerla grande y alegre, en comunicación perpetua con un mundo mucho más amplio que el de la isla y con un horizonte inmenso que, parafraseando al poeta Derek Walcott, es insularidad.

Transculturación e insularidad: dos hechos, dos conceptos que son cicatrices imperecederas en la identidad cultural palmera. Transculturación e insularidad, pues. Siempre que escucho cantar a Luis Morera, desde hace mucho más de cuarenta años, recuerdo esos dos conceptos vivos en la memoria histórica palmera como los dos pilares fundamentales que unen a la isla con el mundo. De modo que escuchar cantar a Luis Morera significaba un regreso perenne a la isla de La Palma, a su historia, sus impulsos, sus esperanzas, sus músicas, sus resistencias frente a nuestra fragilidad geológica.

Repito que hace ya más de cuarenta años escribí en la prensa local canaria un artículo en el que trataba de explicar en pocas palabras la sensación certera de añoranza y cercanía que proponía cada balada de Luis Morera y el grupo Taburiente, que abrieron un camino en el folklore tradicional canario hasta entonces intocable, fijado siempre en las mismas músicas y en los tonos populares que hacíamos nuestros desde que éramos niños en la escuela.

Fue, pues, para mí escuchar por primera vez a Taburiente una epifanía intelectual de primer orden, valiente y atrevida que había que estudiar con cuidado y emoción, con mimo y rigor, porque el fenómeno Taburiente y la voz de Luis Morera abrieron caminos en la música y el folklore de las islas que, desde entonces, continúan abiertos a los aires y horizontes de todo el archipiélago.

Todo ello de un golpe de música que traía nuevas formas y contenidos, y nuevas formas de interpretación a la historia musical de la isla de La Palma. Aquella manera de estar encima del escenario en plena actuación; aquellas formas de situarse al sol del mundo con el atrevimiento del artista; aquellos caminares contoneándose incansables sobre la música eran los andares de los indianos, el viaje de regreso, la ida y la vuelta a una isla que nunca había sido olvidada porque eso era completamente imposible.

Epifanía, digo, y exaltación, nuevos colores que confirmaban que el viaje era lo importante, como reclamaba el poeta Cavafis, y que para ese viaje sí se necesitaban alforjas, ambiciones y valentías. Morera, siempre al frente, clavaba con el estacazo de su voz y sus maneras la hipnosis amistosa en quienes lo escuchábamos tratando de traducir exactamente qué mundo era el que buscaban aquellos muchachos que se lanzaban a la revolución de un folklore canario anclado en sus leyes inamovibles hasta ese momento. Y todo eso lo hicieron con atrevimiento y trabajo, con superación, sin romper ni manchar en ningún momento los límites ocultos del folklore insular.

He seguido todos estos años imaginando a Luis Morera y Taburiente en otros ámbitos mundanos distintos del insular. He soñado, y los he visto soñando con mi imaginación, en un teatro inmenso de Los Ángeles, aplaudidos por multitudes enloquecidas por el fervor de su música. Eso es lo que entonces les propuse en mi artículo citado: correr la aventura de Ulises por el mundo y encontrar, por fin, ese lugar al sol que se merecían por su obra. Y Morera siempre estaba ahí, cuatro pasos por delante de los demás, enfrentándose a sí mismo en cada balada, en cada versión de piezas fundamentales del folklore insular canario. Escúchese hoy lo que es un clásico único: “Viento sur”. Siéntense a escuchar la versión que Taburiente y Morera hacen de “La alpispa” de Néstor Álamo.

Ahí, y en todo lo que hace, está ese “estilo Morera” que atrae los sentimientos más límpidos de la gente que lo admira y lo entiende. Morera es siempre su estilo: volver a la isla, volver al archipiélago, volver a Canarias, como su voz o su pintura, con la voluntad incólume de la integración en esa misma isla de La Palma; integración, arraigo identitario, contrapunteo canario de los tiempos y sus espacios.