A la intemperie por J.J. Armas Marcelo

Escopetas que carga el diablo

El último enfrentamiento político entre el catalán y el español presenta a ambas lenguas como enemigas cuando nunca lo fueron

22 diciembre, 2021 13:20

Las guerras de las lenguas son escopetas que carga el diablo y compran —armadas— los políticos. Todos de variado pelaje. A veces tengo la impresión de ser pesado en algunos campos, pero la lengua es lo suficientemente importante, cualquiera que ella sea, para tomársela en serio.

Todavía recuerdo mis tiempos barceloneses. Escuchaba con mucha atención hablar en catalán a Juan Marsé con Carlos Barral, y los leía a los dos en sus respectivos modos de escribir en español. Y digo español —una vez— porque soy de los escritores que creen que al referirse al español se están refiriendo a algo mucho más grande, global y universal que el originario castellano. Si lo siguen llamando castellano será por interés más o menos —más que menos— político, aunque no tenga ya ningún interés lingüístico ni cultural. ¿O no es una ridiculez demasiado cursi afirmar que el castellano —y no el español— lo hablamos casi 600 millones de personas en el mundo? ¿Puede un estudiante del bachillerato brasilero decir en estos precisos instantes en que escribo en español que él está estudiando castellano?

Los argentinos, que son muy suyos, y argentinos hasta más allá de la muerte, han terminado por pensar desde su Academia de la Lengua que lo que hablan es español, con todas las modalidades terminológicas e incluso sintácticas y, desde luego, fonéticas, y no castellano. ¿Dónde se habla hoy castellano? ¿En Zamora, en Valladolid? ¿A qué hora, qué día exacto de la semana?

Que a los políticos de una y otra extremidad y estupidez se les siga haciendo caso al llamar castellano al español, o que la misma Real Academia Española los marque a los dos por igual como sinónimos, es ya un poco absurdo, movido por intereses absurdos y políticos que no conducen sino a abrir fuego sobre las lenguas.

A mi modo de ver, esta última guerra entre el español y el catalán se podía haber evitado con un poco más de sentido común. Sin embargo, se cargan las escopetas y se dispara una lengua contra otra en manifestaciones, de momento pacíficas, y leyes encontradas. ¿A quién o quiénes interesa esta persistente bizquera?

Tengo la impresión de haber escrito una y otra vez este artículo, enriquecido siempre por algún chisporroteante episodio que clama al cielo a estas alturas de nuestros conflictos. En cuanto a que a aquel castellano de antaño se le llame hoy español y no castellano, ¿no forma parte del sentido común?

Los ingleses o japoneses que hablan español llaman a nuestra lengua español y no se inmutan ante nuestras guerras porque no les interesa nada esta pérdida del sentido común, que ya es el menos común de los sentidos entre nosotros, desgraciadamente. Ahora se trata de seguir cargando las escopetas con toda la hipocresía que sea posible sin darse cuenta, señores políticos, señores del jurado, de que en esta guerrita ni el catalán está amenazado de desaparecer allí donde se habla y es lengua materna, ni el español como lengua es precisamente una especie en extinción, sino todo lo contrario. Lo demás es falta de sindéresis y ganas de marear la perdiz mientras cargamos las armas que tenemos a mano contra las lenguas, unas contra otras como si fueran enemigas cuando nunca lo fueron.

Suelo traer a mi recuerdo aquella imborrable conferencia de clausura del I Congreso de Escritores de Lengua Española que organizamos en Las Palmas de Gran Canaria con la presencia de más de 250 autores. Nadie en aquellos días de junio de 1979, que ya empieza a ser más lejano que cercano, llamaba a los escritores presentes escritores en lengua castellana, sino lengua española. Empezando por quien dictó en la Casa de Colón la imborrable conferencia a la que me estoy refiriendo: Dámaso Alonso, poeta, director entonces de la Real Academia Española.

Ha transcurrido, creo yo, demasiado tiempo, todo el que hemos pasado en guerritas con las que nos complicamos la vida y perdemos el sentido común, barrido poco a poco por el virus de la estulticia que hoy domina gran parte del lenguaje institucional.

Así lo dijo el poeta Dámaso Alonso y así lo recuerdo: que el castellano de antaño se llamaba hoy español y se llamaría mañana —tal vez ya los tiempos de hoy mismo— hispanoamericano. En fin, ya hay un diccionario panhispánico, que es lo que más se acerca a aquella profecía del poeta en su conferencia de Las Palmas de Gran Canaria. De todos modos, puede que se me discuta alguno de estos criterios, sólo esbozados en este comentario, pero no es como para cargar las armas y entablar desde las trincheras una guerra interminable, con leyes, decretos, gritos, manifestaciones y otras estupideces innecesarias. Prefiero seguir recordando nada menos que a dos grandes como Barral y Marsé hablando en su catalán de Cataluña y leerlos en su español, que ya no era ni es sólo de España sino del mundo entero, por el que corre como una de las pocas fortunas que nos han legado los siglos y los tiempos.

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