Image: Dinastía dorada
Retrato de He Bin, de la Dinastía Ming nacido en Shanyn, Zhejiang (detalle) | © Nanjing Museum
CaixaForum acoge en Barcelona la exposición Ming. El imperio dorado, un minucioso recorrido por este periodo revolucionario para las artes que analiza en El Cultural el ojo experto de Menene Gras, directora de Casa Asia.
No es la primera vez que la Obra Social 'la Caixa' presenta una exposición de las características de Ming, El imperio dorado, que acaba de inaugurar en su sede de CaixaForum Barcelona, una muestra por la que, en poco más de una semana de su inauguración, ya han pasado más de diez mil visitantes. Preceden a este proyecto China, Cielo y Tierra (2001) y Confucio (551-479 a.c.) (2004), dos exposiciones programadas también por la entidad, que fueron una magnífica introducción a la historia y la cultura milenaria de este país, así como a la influencia de este filósofo en la cultura universal y en todo el sureste asiático hasta el día de hoy.Con estos antecedentes, se entiende que 'la Caixa' haya querido dar continuidad al diálogo con esta cultura y esta sociedad, cuyo crecimiento demográfico y desarrollo económico experimentaron durante la dinastía Ming una extraordinaria transformación a la par que lo hicieron sus infraestructuras administrativas y la incipiente urbanización de una sociedad rural.
El nuevo orden social se mantuvo durante más de tres siglos favoreciendo los cambios radicales que impuso una monarquía de derecho divino y apostando por el impulso de una economía destinada a perpetuar una sociedad ideal sobre la base de cuatro estratos grupos: los funcionarios, que ocupaban el rango más alto, seguidos de los hombres con una formación reglada, los campesinos y, por último, los artesanos y comerciantes. La herencia y el patrimonio de los dieciséis emperadores que formaron parte de la dinastía Ming se encuentran representados en todos y cada uno de los objetos seleccionados para esta exposición. De la China de Marco Polo, quien llegó a la corte del monarca mongol en 1275, al país que visita el jesuita Matteo Ricci en 1602, durante el reinado Wanli (1572-1620), hay un abismo, sin que las enseñanzas de Confucio, del budismo y el taoísmo hubieran desaparecido, sino más bien al contrario, se hubieran revalorizado con su expansión a través de las primeras rutas comerciales por tierra y mar que se abrieron con las rutas de la seda. La dinastía Ming supo integrar la tradición y la modernidad de las innovaciones y cambios que implicó el ejercicio del poder imperial.
Esta exposición, particularmente didáctica y absolutamente recomendable, nos permite acceder al conocimiento de una sociedad y de un cosmos a través de su geografía, la historia, el arte, la cultura y la economía. Su máxima expresión se revela en aquellas representaciones simbólicas que son la culminación de un arte popular asociado a los rituales y ceremonias dedicadas al cielo, la tierra, el sol y la luna, a la arquitectura de palacios y templos de nueva creación, y a la decoración asociada al lujo y la opulencia derivados a su vez del auge económico de mediados de la dinastía hasta su declive. También destacan las nuevas rutas marítimas por las que navegaron españoles, portugueses, británicos y holandeses, y la expansión del consumo de las porcelanas y sedas en Occidente que se benefició de la plata procedente de América del sur.Los contenidos introducen al visitante en un mundo al que nos acercamos aprendiendo a poner en práctica su lectura
Los contenidos de esta exposición, en su mayoría objetos y accesorios de uso doméstico, mobiliario y obra sobre papel, como las caligrafías, cuyo valor artesanal es indiscutible, así como el mapa hecho a mano por Matteo Ricci y otros elementos, introducen al visitante en un mundo al que nos acercamos aprendiendo a poner en práctica su lectura. El espléndido montaje de la muestra contribuye al diseño de los recorridos que se pueden hacer entre tiempos históricos y entre culturas de diferente origen y prima por encima de todo el valor documental de los objetos y de todo lo que éstos pueden llegar a transmitir.
Todo lo reunido en esta exposición en CaixaForum procede del Museo Nacional de Nanjing, ciudad en la que el primer emperador de la dinastía Ming (Zhu Yuanzhang) estableció la capital del Imperio, y donde hizo construir un extenso complejo palaciego de 5Km2. Aunque entre 1402 y 1424 la capitalidad se trasladó a Pekín, la ciudad siguió conservando una importante función referencial, hasta la caída de la dinastía. Aún así, hoy su museo es el primer gran museo nacional del país.