Spine, Chapter 20 (Distracting Distance/ Hardy), 2010
Basilea acoge la última exposición de R.H. Quaytman, la pintora del momento. La exposición, organizada por la Kunsthalle Basel y el Neuberger Museum de Nueva York, resumen la trayectoria de la artista desde 2001 hasta hoy.
A excepción de algunas exposiciones individuales en galerías y de un par de colectivas institucionales europeas que nunca alcanzaron el debido eco, la obra de R.H. Quaytman se ha desarrollado en su mayor parte en Estados Unidos, donde nació en la ciudad de Boston hace ahora 50 años. Quaytman, cuyo nombre, Rebecca, se esconde tras las iniciales R.H. para aplicar una distancia conceptual entre su obra y su identidad, vive desde hace dos o tres años la mejor etapa de su carrera. Desde su feliz inclusión en la Bienal del Whitney de 2010, sus apariciones han sido recibidas con gran expectación. Su muestra en el Neuberger Museum del upstate de Nueva York del pasado año y su participación en la actual Bienal de Venecia ayudan a comprender por qué hablamos de una de las aportaciones individuales más convincentes al arte de nuestros días. Su obra se apoya en un sólido discurso pictórico, armado a partir de ricas y muy variadas referencias formales y conceptuales que se comportan sobre el plano con insólita y magnética naturalidad.En 2001, R.H. Quaytman inició el proyecto de pintura que le ha tenido ocupada hasta hoy. Decidió entonces agrupar sus cuadros, la mayoría de pequeño formato y con soporte de madera, en capítulos -Chapters-, cada uno de los cuales define una etapa de trabajo que suele tomar forma en una presentación pública. Esta que ahora podemos ver en la Kunsthalle de Basilea se titula R.H. Quaytman: Spine, Chapter 20 y nos informa de que andamos ya por el vigésimo capítulo de un libro inacabable que se nutre de motivos del pasado y que permanece abierto a toda eventualidad. El proyecto tiene resonancias borgianas porque borgiano suele ser el origen de todo lo que hoy es propenso a lo contingente, que es mucho, y alumbra un proceder sistemático y a la vez poético, común en el ideario contemporáneo. Lo vemos en Dora García y en todas sus historias, que operan expandidas en el tiempo y en lo virtual. Y lo tenemos, también,en el Jeu de Paume parisién, donde el comisario lituano Raimundas Malašauksas propone un libro sin tapas en el que toda narración es incontenible. El de Quaytman también es un leak potencial, siempre proclive a desbordarse.
Como un libro abierto
Se sirve la artista de serigrafías, fotografías e impresiones digitales con las que, nos dice, construye sus pinturas. Estas herramientas ofrecen diversos modos de representar que equilibran el poder de lo puramente pictórico, abstracto. Un cuadro de Rebecca Quaytman es un espacio de fuertes tensiones. Hay patrones que se suceden en muchos de ellos, así las levísimas franjas de pintura verticales que recorren toda la altura del cuadro y que apuntalan el carácter seriado del conjunto. Además, todos los cuadros tienen los cantos de madera modelados y se presentan como si lo pintado fuera la base de una pirámide truncada. La textura de esos cantos también aparece sobre la propia superficie, algo que nos sugiere la necesidad de adoptar una mirada múltiple para entender que los cuadros también pueden ser objetos. Y cuando nos cuentan que los formatos responden, además, a un férreo patrón por el que cada tamaño es el resultado de cierta permutación aritmética, comprendemos que las imágenes que los cuadros revelan aportan una lectura sólo parcial de todo lo que en su obra ocurre. Vean, si no, el plano de la exposición que ofrece el folleto de sala. ¿No presenta la disposición de los muros la forma de un libro abierto?
Un ventana al espacio
Quaytman se detiene ante la naturaleza interna de las imágenes pero también ante los espacios en que éstas se inscriben. Uno de los cuadros de esta estupenda muestra suiza, con el que ilustramos este texto, ya fue presentado en la Bienal del Whitney, en 2010. El cuadro se exhibía en la sala del tercer nivel en la que se encuentra la célebre ventana de Marcel Breuer, y representa a una mujer en la soledad de una habitación de hotel con esa misma ventana. El guiño a Edward Hopper era inequívoco. ¿Quién encarna mejor que el pintor norteamericano el espíritu del Whitney? Y si allí ésta era una pieza específica para un espacio concreto, aquí es parte de un archivo como lo será en su día un pequeño cuadro de resonancias mondrianescas cuyos patrones rectilíneos flirtean hoy con las rejillas de ventilación del suelo de la Kunsthalle.
La suya es una pintura en la que se entrecruzan, veloces, referencias de diversa índole. A mí me asaltan los fantasmas de Ed Ruscha y de Sigmar Polke, y también cierta frialdad minimalista en el ánimo que lo vertebra todo. Pero queda la impresión, ante el conjunto de la muestra, de que Quaytman es una de las artistas que con mayor autoridad puede certificar que la pintura puede ser todo lo que quiera y mucho más.