Image: Soft power para Pekín

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Exposiciones

Soft power para Pekín

Beijing Time. La hora de China

Publicada

Xiong Wenyun: de la serie Moving rainbow, 1998-99.

Matadero. Paseo de la Chopera, 14. madrid. Hasta el 21 de marzo.


Hace poco se ha sabido que Liu Xiaobo, uno de los más significados disidentes chinos, ha sido condenado a 11 años de cárcel por reclamar reformas democráticas para el país. Se ha cerrado la cumbre del clima de Copenhague con un resultado decepcionante, en gran parte debido a la resistencia china. Al tiempo, se anuncia que China desbancará muy pronto a Japón como segunda economía mundial. ¿Tiene esto algo que ver con una exposición de arte chino en Madrid? La hora de Pekín no es una muestra organizada allí sino en España, por lo que no se puede interpretar como una operación de "exportación" cultural. Pero sí se engloba en una estrategia española de relaciones internacionales. El hecho de que esté organizada por Casa Asia -dependiente de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo- y patrocinada por la Sociedad Estatal de Exposiciones Internacionales la explican como un gesto político, en vísperas de la celebración en Shangai de la próxima Expo. China no necesita promocionar a sus artistas en el exterior, al igual que no necesita hacer concesiones a las potencias occidentales que tímidamente le piden que no se exceda en el abuso del poder totalitario: su riqueza hace que todos los gobiernos se desvivan para agasajar a sus dirigentes y para establecer fructíferas relaciones. El arte cae dentro de ese juego. Como sector económico en rápido desarrollo que cuenta con una fuerte demanda exterior y como herramienta diplomática. En relaciones internacionales se habla de hard power o fuerza militar y económica, la que tiene China, y de soft power, que se ejerce mediante la penetración cultural. No deja de ser significativo que sea España la que promocione a los artistas chinos.

Este juego político no conlleva que los artistas chinos hayan de ser complacientes. Suele subrayarse su papel de testigo de la vertiginosa transformación urbana y social que experimenta el país. Pero la dosis de crítica está muy medida y se vincula a menudo a un interesante diálogo con las artes tradicionales, una utilización irónica de la iconografía de la historia reciente y remota, la reflexión de la identidad individual o cultural, y esa observación de la ciudad-monstruo. Parte de los artistas chinos que exponen en Occidente viven fuera de China y podrían hacer claras referencias a los problemas a los que se enfrentan sus compatriotas. No es frecuente. Pasaron los años de los performers dramáticos y llegaron los del triunfo en el mercado internacional. Y lo que vemos en Matadero responde a esta estética. Piezas grandes, coloristas y chocantes. Que se note que son chinas pero que sean aptas para, digamos, la Saatchi Gallery. Mientras que anteriores exposiciones de arte chino en España se han centrado en el vídeo (ICO) y la fotografía (Artium), ésta da mayor visibilidad a la escultura o la instalación, que practican 12 de los 17 seleccionados. La mayor parte de las obras son olvidables, pero destacan las de los más serios Wuang Jianwei, Shen Yuan, Yin Xiuzhen y Yuan Shun. El ya famoso Cang Xin, que prefería la fotografía, trae escultura y dibujo, y entre la escultura y la fotografía está la obra del interesante pero de exigua trayectoria Gao Lei. Miao Xiaochun, que hizo pasear por toda China a Confucio, se ha dado a la animación digital grandilocuente, y Du Zhenjun diseña imágenes (poco) interactivas. El resto presenta fotografías en líneas ya conocidas: Li Wei sigue suspendiendo a la gente en el vacío, Xiong Wenyun recupera con argumentos plásticos los paisajes remotos y Yi De’er reinterpreta la escultura conmemorativa comunista.