Image: Soft power para Pekín
Xiong Wenyun: de la serie Moving rainbow, 1998-99.
Este juego político no conlleva que los artistas chinos hayan de ser complacientes. Suele subrayarse su papel de testigo de la vertiginosa transformación urbana y social que experimenta el país. Pero la dosis de crítica está muy medida y se vincula a menudo a un interesante diálogo con las artes tradicionales, una utilización irónica de la iconografía de la historia reciente y remota, la reflexión de la identidad individual o cultural, y esa observación de la ciudad-monstruo. Parte de los artistas chinos que exponen en Occidente viven fuera de China y podrían hacer claras referencias a los problemas a los que se enfrentan sus compatriotas. No es frecuente. Pasaron los años de los performers dramáticos y llegaron los del triunfo en el mercado internacional. Y lo que vemos en Matadero responde a esta estética. Piezas grandes, coloristas y chocantes. Que se note que son chinas pero que sean aptas para, digamos, la Saatchi Gallery. Mientras que anteriores exposiciones de arte chino en España se han centrado en el vídeo (ICO) y la fotografía (Artium), ésta da mayor visibilidad a la escultura o la instalación, que practican 12 de los 17 seleccionados. La mayor parte de las obras son olvidables, pero destacan las de los más serios Wuang Jianwei, Shen Yuan, Yin Xiuzhen y Yuan Shun. El ya famoso Cang Xin, que prefería la fotografía, trae escultura y dibujo, y entre la escultura y la fotografía está la obra del interesante pero de exigua trayectoria Gao Lei. Miao Xiaochun, que hizo pasear por toda China a Confucio, se ha dado a la animación digital grandilocuente, y Du Zhenjun diseña imágenes (poco) interactivas. El resto presenta fotografías en líneas ya conocidas: Li Wei sigue suspendiendo a la gente en el vacío, Xiong Wenyun recupera con argumentos plásticos los paisajes remotos y Yi De’er reinterpreta la escultura conmemorativa comunista.