Conde de San Jorge: Sin título, h. 1907
La Real Sociedad Fotográfica de Madrid, constituida en 1899 y determinante en ciertos momentos de la historia de la fotografía española -mal conocida y desatendida en las colecciones públicas-, languidece por falta de medios. Su archivo, en el que se custodian miles de obras y que poco a poco se va digitalizando, es rico en las dos etapas de mayor esplendor para la RSF: el pictorialismo y sus secuelas, y la llamada "Escuela de Madrid", con Cualladó, Ontañón, Camín, Dolcet o Masats. Muchas de las imágenes más antiguas se conservan en negativo de cristal, por lo que su manejo está muy restringido y no pueden exponerse más que si se hacen copias modernas. A pesar de que algunos especialistas saben de la importancia de la colección, el público sólo ha podido acercarse a sus contenidos en la exposición de la Fundación Mapfre 50 años de fotografía española en la colección de la Real Sociedad Fotográfica (1900-1950), de 1996.Incluida como sala invitada en PHotoEspaña, aborda el tema del festival a través de una curiosa colectiva de paisajes titulada Arcadia. La muestra incluye unos ejemplos del pictorialismo internacional, de Missone y Whitehead, y copias de época de dos de los mejores representantes españoles de esa tendencia, Francisco Andrada y Eduardo Susanna, con obras fechadas entre 1929 y 1949, lo que da idea de lo muy tardío de su introducción aquí (impulsada desde la RSF) y de su anacrónica pervivencia. Pero, siendo éstas admirables por su brumosa belleza y su calidad técnica, quizá sean más reveladoras las otras fotografías -menos valiosas por ser copias recientes, muchas anónimas- que muestran el desarrollo del tema arcádico en la escena nacional posterior a la Guerra Civil. Autores como Joaquín Fungairiño, que hizo fotografía en color con placas autocromas (método perfeccionado por Ramón y Cajal, primer presidente de honor de la RSF), buscan en el campo el escenario para representar una naturaleza ideal, mítica (Dafnis y Cloe, se titula una imagen de un tal Barnet). Pero no pueden evitar que sus modelos pastoriles -que se adivinan figurantes autóctonos- y la escasamente lujuriante vegetación -más agrícola que mitológica- tiñan de rusticidad las escenas. Lo mejor de la exposición: tres viejos estereoscopios con paisajes boscosos y fluviales; naturaleza de ayer en tres dimensiones.