Canaletto: El Palacio Ducal, Venecia, h. 1751
Resulta difícil creer que en menos de dos décadas se pueda reunir una colección de un millar de obras de arte antiguo de calidad que incluyen pinturas (unas cuatrocientas), esculturas, dibujos y grabados y piezas suntuarias, fechadas entre el siglo XIV y la primera mitad del siglo XX. Juan Antonio Pérez Simón, magnate de las comunicaciones muy cercano a Carlos Slim (el tercer hombre más rico del mundo) y accionista de empresas tan rentables como Telmex, el Grupo Carso o Sanborns y algún negocio en España, no sólo ha realizado la proeza sino que prepara ya en su país de adopción el que será su museo. Nacido en Llanes, Asturias, emigró con su familia a México a los cinco años, y allí ha hecho su fortuna. En la presentación que hace de su colección en el catálogo, hace ostentación de amor por la tierra que le vio nacer y pretende haber elegido España como lugar en que dar a conocer por vez primera sus tesoros. Lo cual no es del todo cierto, pues ya expuso una selección tan amplia como ésta entre 2001 y 2003 en varios museos estadounidenses poco sonoros a nivel internacional (Georgia Museum of Art , Taft Museum de Cincinnati, Hyde Collection de Nueva York, Philbrook Museum of Art de Tulsa, Universidad de Rochester...), aunque es cierto que en aquella ocasión se limitó a los "maestros modernos", de Corot a Kandinsky. En cualquier caso, la exposición constituye una primicia en nuestro país y nos permite acercarnos a obras poco conocidas de algunos artistas de primera magnitud.Lo expuesto constituye aproximadamente sólo una octava parte de las pinturas del coleccionista. Esa proporción permite ya, no obstante, adivinar las líneas maestras del conjunto, que responden, como es lógico en una colección particular, al gusto y los intereses de su dueño. Roxana Velásquez, que es conservadora de la colección y comisaria de la muestra, además de directora del Museo Nacional de Arte, en México D.F. (no debe de tener establecidas incompatibilidades), explica cuáles son esos intereses: "Sus afinidades electivas surgen de la atracción por la sensualidad y el erotismo. La belleza femenina ocupa un lugar primordial dentro de sus preferencias. Al mismo tiempo, le conmueven especialmente temas relacionados con la grandeza y el dolor humanos. La cantidad y calidad de piezas relacionadas con el campo son muestra de las nostalgia por la campiña asturiana y la remembranza de su tierra natal". Con semejantes presupuestos no es de extrañar que una no pequeña parte de las obras expuestas produzcan empalago. Afortunadamente, no parece haber seguido siempre esas premisas, y se nos ofrecen otras tantas pinturas serias que, aunque manteniendo un tono amable y decorativo, justifican la consideración de esta colección como una de las mejores de Latinoamérica. Por cierto que de la presencia en la colección del arte latinoamericano (que debe de ser importante) no se da idea en esta exposición, dedicada íntegramente al arte europeo.
Esas obras de importancia artística se localizan al inicio y al final del recorrido. La primera sala, como anuncia el título de la exposición, se abre con dos Lucas Cranach de mediana categoría, acompañados por un retrato de Eleonora de Toledo de Bronzino (algo raro). Del siglo XVII destacan una Virgen con el Niño de Rubens, un gran retrato de Anton van Dyck y un rembrandtiano filósofo de Ferdinand Bol. Del XVIII, dos bonitas vistas de la antigua Roma de Pannini, un exquisito patio del Palacio Ducal de Canaletto y una pareja de elegantes retratos femeninos: el de la princesa Rohan por Nattier y el de María Teresa de Vallabriga por Goya, una de las estrellas de la muestra. Hay un Corot sencillo pero de gran calidad, y ya en el tramo final, austeros bodegones de Bonvin y Fantin-Latour, irreprochables paisajes impresionistas de Pisarro y Monet, una interesante Escena legendaria de Cézanne y dos obras menores pero atractivas de Gauguin y Van Gogh.
En las salas centrales encontramos esa otra vertiente de la colección que se arroja sin sonrojo a la cursilería. Los pompiers franceses y los victorianos ingleses se disputan la autoría de la más delirante fantasía antiquizante, y al espectador que no acertaba a cerrar la boca ante la rolliza y fatal Cleopatra de Cabanel, que mira indiferente cómo prueban sus venenos con los condenados a muerte, se le puede dislocar la mandíbula cuando llega al naufragio en mar de pétalos de Las rosas de Heliogábalo, de Alma-Tadema. Son casi todas pinturas de muy buena factura académica y son indiscutiblemente parte de la historia del arte (aunque no de uno de sus capítulos más apasionantes); lo que no se entiende es que sean codiciadas en los inicios del siglo XXI, mientras se hace caso omiso del buen arte de hoy.