Exposiciones

John Martin, lux ex tenebris

La oscuridad visible

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El gran día de la ira, 1852-1857

Calcografía Nacional y Centro Cultural Conde Duque. Alcalá, 13 y Conde Duque, 11. Madrid. Hasta el 25 de junio

John Martin nace en Haydon Bridge, Inglaterra, en 1789, el año en que estalla la Revolución Francesa. Es un hijo de su siglo y su enorme éxito, que sobrepasó el de Turner o Blake, se debe a que ofreció al público lo que la sensibilidad de la época demandaba. Cuando organizó una exposición para presentar su espectacular La caída de Nínive, no sólo debió guardar el público largas colas a la entrada sino que fueron a verla 2.500 miembros de la nobleza y aficionados de otros países. Figura clave del romanticismo europeo, su influencia se extendió, gracias a su producción gráfica, a Francia y, sobre todo, Estados Unidos. Murió en Douglas, Isla de Man, en 1854. La popularidad de sus grabados hizo que surgieran multitud de imitadores que acabaron por arruinar su prestigio, siempre puesto en duda por la Royal Academy.

El personaje es de novela. Como ilustrado, hizo planes admirables para mejorar el transporte, el abastecimiento de agua y el alcantarillado de Londres, y tuvo inquietudes científicas, siendo el primero que intentó representar a los dinosaurios en su hábitat; como romántico, se hundió en un mundo irracional de tinieblas sublimes. Era a la vez un astuto comerciante y un visionario. La locura fue para él, para su familia, algo más que una pose, y la religión, algo más que un repertorio iconográfico. Su hermano Jonathan fue internado en un manicomio en 1818, tras haber intentado matar al obispo de Oxford, y en 1829 incendió, por "mandato divino", nada menos que la catedral gótica de York. Sus cuadros, poco conocidos en España, ocupan un lugar de honor en la Tate Gallery de Londres, y marcaron profundamente el imaginario romántico británico, así como a los más imaginativos paisajistas estadounidenses, como Thomas Cole o Frederic Edwin Church.

Esta primera presentación de John Martin en España, aunque se limita a los grabados del artista (complementados con algunos dibujos y libros), es una excelente oportunidad para acercarse a su obra. La gráfica no fue una actividad secundaria en Martin, que obtuvo grandes beneficios económicos de ella y que alcanzó logros artísticos muy notables en su práctica. La muestra, organizada por la Calcografía Nacional, el Centro Cultural Conde Duque y la Fundación Bancaja, reúne 189 obras, casi toda su producción, que es completada en el estupendo catálogo editado para la ocasión. Procedente del Casal Solleric de Palma de Mallorca (aquélla fue una versión más reducida) se reparte entre Calcografía y Conde Duque, e irá posteriormente al Museo de Bellas Artes de Bilbao. El comisario y único prestador es Michael J. Campbell, anticuario británico con una auténtica chifladura por el artista, a quien colecciona desde adolescente y del que posee más de mil estampas (con varios ejemplares de cada edición). La oscuridad visible, subtítulo de la exposición, hace referencia a un verso de Milton en el Paraíso perdido, obra a la que Martin dotó de una nueva dimensión visual. Pero es también una introducción al rasgo más destacado del estilo gráfico de Martin, que utilizó casi siempre la técnica de la manera negra. En ella no se van marcando líneas y sombras partiendo del blanco, sino que se parte del negro total y se van dibujando las luces. En las tenebrosas imágenes de John Martin, el aspecto es, a primera vista, el de un negativo. En el catálogo, Juan M. Moro habla de "una aterciopelada densidad y espacialidad interna de la mancha de color negro". Y son espacios lo que representa: las inconmensurables cavernas del infierno, las bóvedas celestes que se derrumban en diluvios y cataclismos. En la ordenación en capítulos que estructura la exposición en Conde Duque vemos cómo esa técnica aparece, en 1824, cuando Martin se distancia de la visión más afable y ordenada de la naturaleza o la arquitectura y comienza a dar forma a esas turbulencias en que se confunden rocas, nubes, aguas y elementos vegetales como traducción de una conmoción espiritual, de una presencia sobrenatural. Es lo sublime, concepto con gran predicamento en las letras y las artes británicas de la época, que él contribuye a consolidar.

Desde la perspectiva actual podemos pensar que se le fue la mano. Sobre todo cuando incluye grupos de figuras y multitudes, la hipérbole melodramática roza lo cómico. En tiempos de Martin triunfaban los espectáculos visuales como dioramas y fantasmagorías, y algún eco de esa dimensión de entretenimiento hay en su obra (la oscuridad y la iluminación efectista contribuían al engaño). Pero también recoge aportaciones más cultas, como la de la arquitectura utópica de Boullée y Ledoux, o la del mejor paisaje barroco, y fue un experimentador que utilizó nuevos ácidos y soportes, mayores tamaños... Algunas de las estampas, las menos "pobladas" y más centradas en los elementos naturales puros son magistrales, como La apertura del séptimo sello o Sadak en busca de las aguas del olvido, y si conseguimos abstraernos de los desmelenados personajes que resbalan al abismo, hemos de reconocer la tremenda ferocidad que imprime a la explosión apocalíptica de El gran día de la ira, una de sus últimas composiciones.