9 metrov, 2006
Sergey Bratkov (Jarkov, Ucrania, 1960) es uno de los más conocidos representantes de la nueva fotografía en la antigua Unión Soviética. Continuador y renovador de la llamada escuela de Kharkiv, de 1994 a 1997 formó parte del grupo "Reacción rápida" con Boris Mikhailov y Sergey Solonskiy. Ha representado a Rusia (vive en Moscú) en la 50 Bienal de Venecia y en la 25 Bienal de São Paulo. En España, fue seleccionado por su valedora Marta Kuzma para la Manifesta 5. Recientemente ha expuesto en el SMAK de Gante.
El trabajo de Sergey Bratkov está inseparablemente unido a la realidad, pero no sería correcto clasificarlo como documental y no sería del todo exacto limitarlo al realismo. En una de sus primeras series, poco difundida, escenificaba distintas formas de violencia, crímenes y hechos sangrientos que, a pesar de su tremendismo, no excluían un ingrediente claramente humorístico. Posteriormente, en Escuela italiana, que se expuso en Espacio Mínimo en 2003 junto a otras duras fotografías sobre la infancia, hacía que los niños internados en un reformatorio recrearan escenas religiosas, a modo de tableaux vivants. De igual manera, en sus retratos de Chicas del ejército o en la caricaturesca Olimpiadas de Kabul, no se trata de reflejar lo real sino de burlarse de viejos y sagrados tópicos, y de reconocer la contaminación que introducen en la mirada del artista los medios de comunicación masiva y la publicidad. Sin embargo, en otras series, como Mi Moscú, realiza un amplio seguimiento de las diversiones de los habitantes de la capital rusa desde un punto de vista claramente documental. Lo que quiero decir es que la obra de este ucraniano ya perfectamente aceptado en el circuito internacional no es ni mucho menos unívoca, y no puede entenderse simplemente como una evolución crítica del realismo socialista soviético.En esta exposición, muy bien seleccionada y titulada Misántropo, se percibe, así, un nuevo interés por el paisaje, género que no figura entre las prioridades realistas. El misántropo es aquel que "por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano" y, en efecto, las figuras han desaparecido prácticamente de estas fotografías. Sólo en una de ellas, de una enorme belleza y verdad, una batería de desnudos (que son más "cuerpos" que "figuras") se exponen, apoyados en un muro de grandes sillares, al débil sol invernal.
Degradación, abandono y melancolía. Ruina y devaluación de espacios naturales que fueron un día grandiosos, que se contemplaron como sede del alma de la madre Rusia. El ideal de modernidad y progreso que se expone en el Museo Thyssen (Vanguardias rusas) hecho añicos. Y, no obstante, Sergey Bratkov extrae de estas imágenes desoladas un resto de magnificencia. Sin perder de vista que el artista está denunciando la explotación irresponsable de los recursos, es evidente que sus fotografías -que podrían haber mostrado lo mismo de manera más obvia y fría, a la luz del día- han buscado efectos propios del paisaje sublime, como los cielos tormentosos, las luces crepusculares, los solitarios horizontes marinos; las palmeras medio tronchadas de un invernadero descuidado remiten a un paraíso perdido. Se filtra en ellas una poética luctuosa y una serenidad de la que carecían otros trabajos anteriores, alguno lindante en la frivolidad. Este otro ánimo más ligero parece planear sobre las breves escenas (todas acompañadas por sonidos elocuentes pero sin palabras) que componen el vídeo mostrado en la sala subterránea pero, cuidado: son arenas movedizas que pueden llevarnos a un fondo de tristeza.