Exposiciones

Vincenzo Castella, caos frío

Publicada

Spaggia di Coroglio, 2005

Fúcares. Conde de Xiquena, 12. Madrid. Hasta el 28 de enero. De 3.500 a 10.000 e.

Cuando se revisa la producción, desde mediados de los 70, de Vincenzo Castella (Nápoles, 1952) resulta difícil sacar conclusiones acerca de sus intenciones o siquiera sistematizar someramente su evolución. Lo mismo le han interesado los escenarios del blues en el Mississippi que las carreteras de Perú y Brasil, diversas construcciones industriales, los alcornocales de Cerdeña, el estadio de San Siro en Milán, las aldeas austríacas, la costa napolitana o la visión cenital de diversas capitales europeas. Antropólogo de formación y poco dado a las obviedades, Castella ha manifestado que pretende una "construcción de la imagen casi sin la mirada", eliminando la metáfora. Algo que no se puede tomar en serio del todo, pues cualquier fotografía supone un punto de vista, un escenario y un encuadre. Pero es cierto que en presencia de muchas de sus imágenes no se acaba de entender qué se ha querido mostrar, qué es lo que se nos urge a observar. Finalmente, hemos de deducir que Castella ha fotografiado siempre "lugares", y lo ha hecho desviando las expectativas que el espectador podría tener sobre ellos, evitando los tópicos y rompiendo con las tradiciones representativas.

En esta exposición esa estrategia es especialmente evidente, pues parte de una tipología que cualquier espectador puede identificar: la vedutta urbana. Las vedutte clásicas adoptan un punto de vista elevado para mostrar las calles y los edificios más representativos y monumentales de la ciudad, sus áreas nobles o históricas; lo "fotogénico", diríamos hoy. Castella se desplaza a las afueras y nos sube a los tejados para hacernos ver urbes confusas, de trazado impreciso y sin apenas carácter individual. Desde hace algún tiempo, trata digitalmente esas imágenes saturando o desaturando el color en determinadas zonas, de manera que reduce a grisallas algunos fragmentos, particularmente los "lejos", y dirige la atención del espectador a los detalles más vivos, de significado no siempre fácil de colegir ("el color como lenguaje, no como metáfora"). El trabajo de Castella, a pesar de esas manipulaciones, está marcado por la aspiración a la "verdad", que parece buscar en los márgenes, allí donde se diluye la imposición de ideologías o interpretaciones oficiales. (¿No habrá una subrepticia simbología en esas intensas luces vespertinas que prefiere?) Una verdad que no excluye la incertidumbre, la falta de orden, la ausencia de sentido. El resultado es un caos frío, una contemplación azarosa e indiferente. Características que no favorecen la legibilidad o la potencia visual de la imagen.