Image: Mundos paralelos en la Colección Goetz

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Exposiciones

Mundos paralelos en la Colección Goetz

Fast Forward

Publicada

Sam Taylor-Wood: Naturaleza muerta, 2001. Fotogramas de vídeo monocanal

Com.: P. Weibel. Centro Cultural Conde Duque. Conde Duque, 11. Madrid. Hasta el 17 de abril

Nada menos que 230 obras de vídeo ha adquirido Ingvild Goetz desde principios de los 90. Con esa cifra se pone a la cabeza, tras Pamela y Richard Kramlich en San Francisco, de las colecciones particulares dedicadas a este medio. Directora de la galería Art in progress, en Zurich y después en Munich, de 1969 a 1984, ya entonces comenzó una colección en principio centrada en el povera y el mínimal, que fue absorbiendo su atención hasta que decidió consagrarse a ella por completo. El arte y la fotografía conceptual, el feminismo y el joven arte británico fueron focos de especial interés hasta que se volcó en el vídeo. Goetz tiene la buena costumbre de comprar a los artistas que le apasionan a lo largo de su trayectoria, y entró en este ámbito siguiendo a creadores que se desplazaban a él. Su tardía incorporación, que dificultaba la consecución de piezas clave de los años 70 y 80, hizo que fueran las generaciones más jóvenes las privilegiadas por ella. Hace no mucho, abrió en el edificio que Herzog & de Meuron construyeron para su colección cerca de Munich, inaugurado en 1993, unas salas para mostrar vídeos y vídeo-instalaciones, y se ultima un gran archivo para ellos con todas las dotaciones.

La exposición, que viene del ZKM de Karlsruhe -cuyo director, Peter Weibel, la ha comisariado-, viene a paliar la flagrante insuficiencia en la exhibición de nuevos medios en nuestras instituciones artísticas. No todo, como es frecuente en este tipo de presentación -y más tratándose de un conjunto "de riesgo", por el escaso tiempo de reposo- tiene el mismo valor artístico. Flojean sobre todo los trabajos que mejor se adecuan al título de la selección, Fast forward (avance rápido). Goetz aprecia los valores juveniles de velocidad, cambio y agitación tipo Pipilotti Rist, pero es cierto que también mira hacia artistas maduros y con mayor poso. Un montaje hecho con medios y una abundante información complementaria a disposición del espectador animan a éste a tomarse el debido tiempo para recorrer la muestra. Pero por mucho que se quieran buscar coincidencias entre los trabajos mostrados (Weibel habla de un "ojo alusivo", que participa del ilusionismo y el anti-ilusionismo), lo cierto es que cada artista es de su padre y de su madre. El visitante disfruta de pequeñas retrospectivas de Fischli & Weiss y Tracey Moffatt, y lo mismo puede dejarse subyugar por las mágicas entelequias de Saskia Olde Wolbers o Paul Pfeiffer que darse un baño de realismo con Kutlug Ataman, que no nos ahorra (se lo agradeceríamos) un minuto de testimonios. En 45 segundos, Janet Cardiff y G. Bures Miller nos llevan físicamente colina nevada arriba, mientras que David Claerbout mantiene durante diez minutos una imagen casi estática (sólo hay un leve movimiento en las hojas de un árbol) y Gabriel Orozco necesita más de tres cuartos de hora para revelar, en torno al maíz, formas de vida y acechanzas en el medio rural mexicano. Mundos paralelos que coexisten en esta cita importante.