Image: El siglo de Vázquez Díaz

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Exposiciones

El siglo de Vázquez Díaz

Daniel Vázquez Díaz. 1882-1969

4 noviembre, 2004 01:00

Posada de las ánimas, h. 1924-25. Colección Rafael Botí, Madrid

Comisarios: Jaime Brihuega e Isabel García. MNCARS. Santa Isabel, 52. Madrid. Hasta el 10 de enero

Hace mucho tiempo, contraponiendo su figura a la del individualista y egocéntrico Solana, el crítico Ramón Faraldo definió a Vázquez Díaz como "el evangelista" que había predicado a los pintores más jóvenes los principios del arte moderno llegado de Europa. Y es verdad que no hubo en la pintura española del siglo veinte un espíritu tan didáctico como Vázquez Díaz, capaz de comunicar a varias generaciones de artistas el entusiasmo y la nostalgia del París de comienzos del siglo, el París de Picasso, Juan Gris y Modigliani. Pero no todo era rigurosamente cierto en la leyenda de Vázquez Díaz. Esta exposición desmiente por primera vez la tesis tradicional según la cual fue él quien nos trajo el cubismo de París, tendiendo luego los puentes entre la tradición local española y la vanguardia internacional. Comisariada por Jaime Brihuega e Isabel García, esta gran retrospectiva no sigue la pauta de la clásica "rehabilitación", donde todo sirve a la mayor gloria del rehabilitado. Se trata de una auténtica revisión crítica del conjunto de la obra de Vázquez Díaz, una revisión a fondo que ha implicado entre otras cosas reconstruir la cronología de su evolución, que el propio pintor había falsificado o enturbiado en ocasiones.

La exposición comienza con un prólogo en París, donde seguimos al joven Daniel desde sus "aves nocturnas", un poco en el espíritu de Lautrec, hasta ese intento de españolismo modernizado que es la Muerte del Torero de 1912. Durante todo ese periodo no hay ni rastro de cubismo en Vázquez Díaz; sólo una variada influencia postimpresionista combinada con el modernismo y el 98 español (sobre todo, Zuloaga). Es en la sala siguiente, que arranca con el regreso del pintor a Madrid en 1918, donde empezamos a distinguir los signos acelerados de modernizacion. Como señala Brihuega, la impronta de Delaunay, de Barradas, del ambiente ultraísta, se combina entonces en la cabeza de Vázquez Díaz con sus propios recuerdos de París y los despierta. En los deliciosos paisajes del País vasco de 1918-1920, la incipiente influencia cubista convive todavía con el sintetismo gauguiniano y nabi. Hay unos retratos coloristas, cristalinos, transparentes, que recuerdan a Delaunay. Pero pronto la solidez táctil vuelve a dominar la pintura de Daniel: es el retorno al orden, determinado entre otras cosas por el noucentisme catalán (el cézannismo de Sunyer) y por el encuentro en el País vasco con García Maroto y Arteta. Y es entonces cuando se constituye eso que siempre se ha llamado el "el cubismo atemperado" de Vázquez Díaz, que culminará en las dos versiones de La fábrica dormida (hacia 1923-1925).

Tras esa especie de clímax, a lo largo de la segunda mitad de los años veinte, las novedades europeas (desde valori plastici hasta la nueva objetividad alemana o el surrealismo francés) irán relegando a Vázquez Díaz a la posición de un clásico moderno pero ya ligeramente inactual, una posición cómoda para el maestro, que se instala en ella con cierta complacencia. Es la hora de los honores oficiales, entre ellos el encargo de realizar los murales de La Rábida (1927-1930) y los retratos de Alfonso XIII. Los frescos de la Rábida no podían excluirse de esta exposición, que los presenta muy didácticamente con una serie de bocetos y cartones de escala creciente e incluye además una prueba de fresco que nos permite tener una idea exacta de la materia pictórica empleada.

Pero nos equivocaríamos si con eso diéramos por concluida la trayectoria del artista, que nos reserva todavía piezas excelentes y algunas sorpresas. Por ejemplo, una composición de dos figuras junto a un pozo en un paisaje de tierras de labor (datada hacia 1930) que demuestra que don Daniel ha mirado a la Escuela de Vallecas, a los Alberto y Benjamín Palencia. Vázquez Díaz pintará aún retratos de maestría indiscutible. Como la seca y triste efigie del pintor Echevarría de 1928. Como el retrato de Indalecio Prieto, ministro de Hacienda de la República, pintado en 1931, de atmósfera extraña y mórbida, que recuerda, como señala muy bien Brihuega, al italiano Felice Casorati. O el magnífico retrato de Zuloaga (1933), con ese fondo tan moderno, tan a lo Pancho Cossio. Después vendrían otros ensayos no menos monumentales, pero cada vez más vacíos. No es el menor mérito de los comisarios de esta exposición el haber sabido prescindir de lo prescindible y el habernos ahorrado las enojosas reiteraciones del Daniel tardío, toda esa galería de iconos donde el pintor, como dijo Ortega, dejaba a sus modelos "afeitados para la gloria", condenados a una eternidad de cartón piedra.