Image: Emblemas (particulares) de Curro González
Coda, 2004. Técnica mixta sobre tela, 225 x 400
Nada menos que once años hacía que Curro González no exponía en Madrid, y aunque ha mostrado su obra de forma continuada en otras ciudades españolas, su presencia en Distrito 4 es una feliz oportunidad que esperemos sirva para que su trabajo, coherente y lúcido, sea valorado como merece. A estos artistas con más de 20 años de trayectoria les va llegando la hora de la revisión institucional o el examen pausado.Algunos rasgos de la pintura de Curro González (Sevilla, 1960) coinciden con características que Omar Calabrese atribuye a la estética neobarroca: el placer del enigma, el nudo y el laberinto como figuras y como estructuras, el gusto por lo indefinido y lo oscuro. Y, en efecto, sus obras tienen algo de emblema barroco, pues aunque alguna vez respondan a una vaga intención narrativa, lo habitual es que se trate de construcciones de espacios más o menos naturalistas en los que incluye figuras de simbolismo no evidente. El paradigma de este método es el cuadro Coda, de cuatro metros de anchura, en un alarde de ambición dimensional cinematográfica. Es una complicada alegoría en la que las abundantes figuras precisan o matizan un argumento común pero no se relacionan entre sí y quedan aisladas. Se distribuyen con orden en el espacio pero son formas extrañas unas para las otras. La coda es una adición brillante al final de una pieza musical, y un cartel que reza "La fin del mundo" nos da la clave de la composición: es un apocalipsis en el que el ángel de la trompeta es sustituido por una violonchelista. Imposible descifrar muchas de las figuras accesorias sin la asistencia del pintor ya que, a diferencia de los emblemas renacentistas o barrocos, su sentido no es universal sino particular.
La representación es clásica y ortodoxa en cuanto a la verosimilitud y la construcción espacial, condición necesaria para la reflexión sobre las ilusiones implícitas en la pintura que pone en escena. El ojo que mira se incluye a veces en los cuadros, así como aparatos ópticos de aumento o distorsionadores, como los gruesos quevedos o los recipientes de cristal que cubren, en un juego manierista, la portada y una página del libro Howl y otros poemas de Allen Ginsberg. El cuadro dentro del cuadro o el pintor dentro de la pintura, la irrupción de factores de pesadilla en entornos cotidianos, los espacios rarificados por la repetición y densificación de componentes en principio inocentes o la animación de objetos inertes, juguetes o marionetas, son elementos que pretenden desestabilizar al espectador, sacudiéndole de su aceptación del estado de las cosas y de su resignada inmovilidad.