Image: Gerard David y la magia del flamenco

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Exposiciones

Gerard David y la magia del flamenco

Gerard David y el paisaje flamenco

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Tríptico del Bautismo, 1502-1508. Groeningemuseum, Brujas

Comisaria: Mar Borobia. Museo Thyssen-Bornemisza. Paseo del Prado, 8. Madrid. Hasta el 22 de agosto

Aunque en las colecciones españolas se guardan destacadas obras de la pintura flamenca tardogótica y del primer Renacimiento, la reunión de catorce obras de Gerard David, todas de prestigiosos museos internacionales, constituye todo un acontecimiento artístico. David (Oudewater, c. 1455-Brujas, 1523) forma parte de una generación posterior a los inconmensurables Van Eyck y Van der Goes, a los que sigue con devoción, así como, en menor medida, a otros grandes del siglo XV en los Países Bajos, como Van der Weyden, Campin, Bouts o Memling, a quien sucede como pintor de éxito en Brujas. Su estrategia apropiacionista, su "ablandamiento" final y la abundancia de trabajos de taller depreciaron su figura hasta el punto de que fue casi olvidado hasta finales del siglo XIX; pero obras como el extraordinario Tríptico del Bautismo, traído ahora del Groeningemuseum de Brujas, la Virgen rodeada de santas de Rouen o la Crucifixión del Palazzo Bianco demuestran las altísimas cualidades de este artista.

Esta exposición de la serie "Contextos" se ha armado en torno a la Crucifixión que posee el Thyssen, de atribución dudosa (podría tratarse de una copia) pero de buena calidad. ésta sirve de pretexto para, desplazando la atención del tema central a los "lejos", plantear la importancia del paisaje en sus pinturas y situar al artista, a través del catálogo -herramienta clave en esta serie de muestras-, en el desarrollo de dicho género en el arte europeo. David es por supuesto superado en este ámbito por Durero, Patinir o Cranach (nacidos algo después, en los 70) en Alemania y los Países Bajos, pero se quiere subrayar su labor como enlace entre generaciones. Las obras elegidas son en su mayoría cuadros de devoción privada, unos mejores que otros: destacan la Natividad de Cleveland, el pequeño San Juan Bautista de Nueva York, la Adoración de los Magos de Londres, el delicado Descanso en la huída a Egipto del Prado y, por encima de todos, el mencionado Tríptico del Bautismo. Pintado para Jan de Trompes, alto funcionario retratado como donante con su mujer y sus hijos, es no sólo el más grande y el que mayor profusión de detalles presenta, sino también el más avanzado en lo que se refiere a la integración de las figuras en el paisaje representado.

Pero antes del estudio iconográfico y estilístico, estas pinturas requieren ya del espectador una particular atención. Cada centímetro cuadrado del cuadro contiene información gráfica y semántica relevante. Cada hoja está cuidadosamente pintada, cada onda en el río, cada pelo, cada adorno... no sólo en los objetos suntuosos se detiene el finísimo pincel: también en el vestido del Bautista, donde se distinguen todos los hilos de la urdimbre de tela de saco. Si en otros momentos la pintura flamenca pudo causar por esto extrañeza y hasta disgusto, hoy, en los tiempos de la construcción digital de imágenes de un verismo alucinante, la podemos contemplar con menor violencia (lo mismo que la historia marca el presente, la actualidad modifica la visión del pasado). Hasta el estatismo y la inexpresividad arcaicos de las figuras nos son familiares, así como el lenguaje de los gestos o la alta definición lumínica y cromática. Es fascinante la convivencia en el mismo espacio, natural/simbólico, de personajes humanos y divinos sin que nada los distinga, la fusión de la ciudad gótica y la Jerusalén bíblica, la rareza de las texturas, como la solidez del agua del Jordán que transparenta las piernas de Cristo... Y casi toda esa potente magia surge de citas, recetas y convencionalismos.