Image: Vanitas florales de Marc Quinn
Winter Garden, 2004
En los últimos años nos han ido llegando a España, con retraso, los Young British Artists que se hicieron célebres a finales de los 80 y principios de los 90, y cuyas obras protagonizaron un vuelco en la valoración y el coleccionismo de arte actual; ahora le toca a Marc Quinn (Londres, 1964), popular por los aspectos más escatológicos y morbosos de su arte (la cabeza de sangre congelada, la efigie marmórea de una mujer sin brazos para Trafalgar Square), pero uno de los YBA más serios en su trabajo y de mayor calado en cuanto a las ideas que lo rigen.La Fábrica presenta Winter Garden, una edición de ocho fotografías estampadas digitalmente (en edición de 59 ejemplares) en las que Quinn retoma, ya de forma reiterativa, un proyecto que se inició hace siete años, en 1998, cuando descubrió que podía congelar flores naturales sumergiéndolas en aceite de silicona a temperaturas bajo cero. Su mayor realización en esta dirección fue el gigantesco tanque con todo un jardín, muerto pero eterno que instaló en la Fundación Prada de Milán en 2000. Esa instalación sirvió de modelo a una serie de esplendorosas fotografías que transformó en estampas (expuestas en la colectiva Impresiones, en la Calcografía) Adam Lowe; el mismo que ahora ha procesado las imágenes de una nueva instalación floral, creada sólo para ser fotografiada. Esta serie última es más "pictórica", por la manipulación digital que ha saturado al máximo los colores, trasladados a un papel aterciopelado en forma de pigmento muy estable, pero es menos subyugante, precisamente por esa estridencia cromática y por la aparente sustitución de la gélida silicona por hielo triturado. Aún así, la serie, contemplada en el contexto de la producción del artista (aislada de ella podría parecer trivial), complementa la reelaboración que Quinn, licenciado en historia del arte y especializado en Rembrandt y la pintura holandesa del XVII, hace de la tradicional vanitas: intento de detención de la fugacidad del tiempo, de la caducidad de la carne, que no hace sino evidenciar que la muerte es lo único ineludible. Habiendo equiparado (en consonancia con nuestro casi totalmente compartido ADN) plantas y humanos, estas flores se transforman en un espectáculo terriblemente cruel de criogenización de materia viva.