Image: Silencioso Javier Riera
Sin título, 2003
En ese arduo cuestionamiento permanente de su trabajo, Riera mantiene voluntariamente la indefinición entre abstracción y representación. El paisaje ha sido siempre la referencia básica, que aparece al principio (en el acervo visual e imaginativo del artista) y al final (en las asociaciones que el espectador establece a partir de las formas propuestas) pero no en el propio proceso de creación de la obra, que no tiene una intención figurativa. En estos cuadros últimos, en los que rompe con su acostumbrada dialéctica entre "fondo" y "figura" (o planos diferenciados con cualidades plásticas distintas), es una forma de "escritura" pictórica la que desencadena el proceso de asociaciones paisajísticas. Sobre fondos densamente negros, Riera traza líneas horizontales y curvas que se abren y ramifican o se dibujan más cerradamente. Esa urdimbre horizontal de líneas, siempre de derecha a izquierda como en la escritura arábiga, a contramano, es atravesada verticalmente por una iluminación irregular que crea vagas áreas de luz y de sombra. El resultado son composiciones de una gran belleza sobre las que se proyecta la idea del movimiento lento y sinuoso de las plantas subacuáticas sometidas a las corrientes, o tal vez de las huellas fósiles del desplazamiento de pequeños organismos antiguos. Son obras silenciosas que hacen pensar en una naturaleza originaria, y curiosamente el artista ha hablado, refiriéndose a ellas, de un regreso a un "lugar anterior a la pintura", al "lugar desde el que se concebía mi pintura". A este estado metafórico embrionario puede atribuirse también su cromatismo, ya que, para las obras mayores, el pintor ha elegido los tres colores primarios, amarillo, azul y rojo, si bien matizados y dotados de transparencia abisal.
El sosiego de esta serie se rompe en las obras más pequeñas que se exponen en la sala inferior de la galería, un pequeño muestrario de posibilidades de desarrollo de la rica grafía de líneas ramificadas.