Image: García Cordero
La infancia de dionisos, 2003
Con la vida escindida desde 1977 entre París y su país natal, la República Dominicana, José García Cordero (Santiago de los Caballeros, 1951) elabora una forma de pintura rara e intransferible que podría calificar como "figuración feroz". Exiliado en tiempos de dictadura, el artista ha luchado con los fantasmas del Caribe y ha expresado su desolación, su rabia y su amargura en obras de una simbología oscura y recurrente. De sus bosques y sus aguas emergen rostros que acechan o se camuflan, cabezas de perros de presa, peces siniestros, todo pintado con excelencia técnica y gran vigor cromático. En esta nueva exposición en la galería ángel Romero, García Cordero nos propone un vía crucis en doce cuadros que son doce crueles autorretratos fechados entre 2000 y 2004, en los que retoma algunos temas y composiciones ya antes mostrados y presenta nuevas fantasías. La idea que este obsesivo artista tiene de sí mismo parece corresponderse con la de un Dionisos-Cristo hostigado -tal vez gozosamente- por la carnalidad. Admirador de El Bosco, de Brueghel el Viejo y de Goya, ha declarado creer que sólo en la idea de locura subyace la subversión, y en estos cuadros se observa con ojo despiadado y alienado: metamorfosea su cabeza en un jardín de cactus (en alusión irónica a la corona de espinas cristiana), se envuelve en jirones de carne, se representa como leviatán en un espejo deformante, se multiplica en una nueva versión de sus torres de Babel en un espacio de bodegón barroco español, se abandona a sí mismo desnudo, como sátiro, en una nada verde. Es desde luego excesivo y puede hasta empachar tanto barroquismo autorreferencial. Pero es felizmente atípico.