Image: Clare Langan, cuatro elementos
Tres Stills de a Film Trilogy
Un mar helado. Un desierto de arena barrido por la ventisca. Un paisaje montañoso abrasado por el fuego y la lava. Es la trilogía fílmica en la que Clare Langan (Irlanda, 1967) hace una revisión contemporánea de las inmemoriables representaciones de los cuatro elementos. Agua, aire, tierra, fuego. El tono es el épico y la categoría estética lo sublime. Es tan extremada esta apuesta por la grandiosidad que en algún momento bordea la grandilocuencia, pero la belleza de las imágenes y las incidencias del montaje van manteniendo la tensión a lo largo de los veintitrés minutos que dura la proyección de las tres películas, con instantes que cortan el aliento. Forty below (1999), Too dark for night (2001) y Glass hour (2002) muestran un mundo apocalíptico en el que la naturaleza está en vías de anular la presencia de lo humano y de sus construcciones. Sumergidos, invadidos por la arena o presos de las llamas, los últimos refugios desaparecen. Un hombre o una mujer caminan, sonámbulos, entre la devastación. Al margen del ambiguo contenido ecologista, el clima es obviamente onírico, con algunas de los convencionalismos que en el lenguaje cinematográfico nos indican que estamos en un sueño: enfocado defectuoso, luces coloreadas, fogonazos, entrecortamientos narrativos...Langan, que ha ganado notoriedad tras representar a su país en la Bienal de Sao Paulo de 2002 y con su paso por el MoMA, ha invertido cinco años en este proyecto. Hasta no hace mucho ha simultaneado su trabajo creativo personal con la actividad profesional como asistente de dirección artísitica en producciones comerciales, participando en películas conocidas, como El boxeador, de Sheridan, o Braveheart, de Mel Gibson. Es evidente que debe conocer bien los instrumentos fílmicos más avanzados, pero para esta trilogía ha escogido utilizar una cámara analógica y rodar en 16 mm para luego transferir a DVD. Las distorsiones y los valores cromáticos de las imágenes podrían hacer pensar en una manipulación digital pero son conseguidas por procedimientos artesanales: la artista sitúa ante el objetivo filtros pintados por ella para crear ambientes o exacerbar tonalidades. La magnificencia de los paisajes tampoco es construida, sino real: las películas se han rodado en parajes extraordinarios de Irlanda, los volcanes islandeses o las poblaciones abandonadas junto a las minas de diamantes en el desierto de Namibia. Pero no son lugares que quieran ser reconocidos: podrían ser paisajes imaginarios, legendarios. Se ha hablado, refiriéndose a la obra de Langan, de "romanticismo post-industrial". Es cierto que hay en ella un recuerdo de la presencia solitaria del hombre frente a la grandeza de la naturaleza de Friedrich o una evocación de las catástrofes naturales de John Martín, pero se pueden también adivinar referencias cinematográficas, como a la vieja película de Griffith El viento (en la que Lillian Gish se enfrentaba en una solitaria cabaña a una tormenta de arena), o incluso a los horizontes incendiados en cinemascope de Lo que el viento se llevó y a las cortinas agitadas por las brisas sobrenaturales de Sacrificio de Tarkovski. En todo caso, la complejidad visual va paralela a la complejidad de significados.
Además, la exposición (que incluye las inevitables fotografías elaboradas a partir de fotogramas de las películas, que ayudan a rentabilizar el trabajo y la muestra) se completa con una vídeo-instalación, Floodlight (2000), también de gran belleza. Consiste básicamente en un proyector que lanza unas imágenes a un espejo cubierto por agua situado en el suelo, el cual las devuelve a una pantalla colgada del techo. Un juego de luces, transparencias y reflejos.