Image: Martin Parr y el mal gusto inglés
Serie The Last Resort, Brighton, 1985
Seguramente es una exposición excesiva, con varios cientos de fotografías fechadas entre 1971 y 2000, pero la obra de Martin Parr (Surrey, Reino Unido, 1952) aguanta gracias a su gran sentido del humor la sobredimensión a la que la agencia Magnum, organizadora de la muestra, la ha sometido, y apenas se pierde el interés en el recorrido mas que en algún momento de los últimos años. Parr, que suele ser clasificado entre los renovadores británicos de la fotografía documental, ha retratado con acidez la evolución de la sociedad británica desde la década de los setenta, atento no solo a los cambios en las costumbres sino también a las dificultades creadas por las crisis económicas y la dureza del thatcherismo.La primera mitad de la exposición está dominada por una mirada burlona a los tópicos sobre las clases medias y trabajadoras británicas, centrada especialmente en su concepto de hogar y en sus formas de diversión. El fotógrafo hace una auténtica antología del mal gusto inglés, llevado al paroxismo en la alucinante recreación de su proyecto de fin de carrera, "Home Sweet Home" (1973), una especie de "environment" o ambiente apenas descriptible a cuyas paredes empapeladas traslada sus propias fotografías en marcos de plástico, junto a todo el atrezzo del kitsch más brutal.
Parr ha compaginado trabajos más tradicionales, a menudo difundidos en forma de libro, con otros -como el antes referido- teñidos del nuevo espíritu de modernidad y mestizaje que se iba adentrando en la fotografía en esos años. En este sentido, en la exposición se incluye, además del juego de mesa "Love Cubes", otro ambiente en el que despliega su serie más divertida y "conceptual": fascinado por los manierismos de los fotógrafos de estudio, se hace retratar por un buen número de ellos en las poses más ridículas y con los convencionalismos estilísticos más trasnochados.
Por lo demás, en sus fotografías documentales, que simplemente sirven con eficacia a una perspectiva sobre la realidad, no hay gran cosa que destacar, por mucho que se haga énfasis en su apuesta por el color a partir de 1983, siguiendo a los americanos y sin alcanzar ni de lejos la brillantez de un William Eggleston.