Image: Per Barclay

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Per Barclay

Circuito de transparencias

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Vista general de la instalación de Per Barclay en el Palacio de Cristal

Palacio de Cristal. Parque del Retiro. Madrid. Hasta el 18 de diciembre

En su tan esperada intervención en el Palacio de Cristal, el noruego Per Barclay (Oslo, 1955) ha hecho confluir algunos de los rasgos más característicos de su trabajo anterior con los elementos básicos de la construcción y su entorno: el vidrio, el metal y el agua (en el estanque a sus puertas). Barclay, que terminó su formación e inició su carrera artística en Italia mientras triunfaba allí el Arte Povera y que hoy vive en París, ha conquistado en los noventa la escena internacional con un trabajo que sigue dos direcciones interrelacionadas: la instalación, incluyendo casi siempre líquidos y arquitecturas o contenedores escultóricos, y la fotografía, su faceta más conocida, que suele "documentar" esas intervenciones en espacios. En diversas ocasiones, el artista ha actuado sobre edificios de fuerte carácter -un palacio, un monasterio, un matadero- cubriendo sus suelos con agua (a veces coloreada), oscuro aceite de motor e incluso sangre. Y en un primer momento, la idea fue cubrir el suelo del Palacio de Cristal con un líquido rojo, lo que habría propiciado seguramente bellos juegos de reflejos de la arquitectura y de la vegetación exterior, pero pronto abandonó esa opción para montar un gran sistema circulatorio en el que ese líquido rojo sanguíneo recorriera a través de un circuito una serie de piezas escultóricas. Se construyeron para ello dos grandes "mesas" de acero y cristal y tres "jaulas" transparentes con los mismos materiales. Pero a la hora de llenarlas, problemas técnicos de última hora le obligaron a minimizar los riesgos de fugas sustituyendo el líquido rojo por agua.

Me parece necesario informarles de estas vicisitudes porque creo que explican el relativo fracaso de la instalación, que tiene sus atractivos y sus aspectos de interés pero que resulta poca cosa en comparación con las expectativas creadas por el justificado prestigio de Barclay. Finalmente en la obra se ha diluido en gran medida el significado corporal (se hablaba en un principio de un homenaje a Caravaggio que ya no tiene sentido) y ha ganado protagonismo el componente mecánico, que evoca en primer término la idea más prosaica de "fuente". Es un paralelismo ciertamente oportuno en el escenario ajardinado del Retiro, y la utilización del agua tiene su valor metafórico, como "sangre" de la naturaleza, pero el conjunto no deja por estos incentivos semánticos de ser un tanto pobre plásticamente y en relación, de un lado, con las dimensiones del edificio y, de otro, con la importante "presencia" en su interior de la naturaleza. No obstante, puede ser apreciado y disfrutado por el paseante paciente. En esta instalación, el espectador es invitado a participar en mayor medida que en obras previas de Barclay, en particular las habitaciones "inundadas" que hay que ver desde el exterior. Al igual que en los paseos por los jardines monumentales, en que las fuentes se van poniendo en funcionamiento siguiendo una secuencia y obligando a un recorrido, el circuito del Palacio de Cristal va llenando unas piezas y vaciando otras, alternando momentos de ruido (amplificado a unos bafles colgados) y silencio, de movimiento y de calma. Las superficies transparentes trasladan al suelo las sombras del agua atravesada por la luz del sol e incluso puede darse un momento de sorpresa o de incertidumbre por la quietud del agua en las mesas, que haga pensar que están vacías. Por otra parte, el vidrio verdoso de las "jaulas" es reflectante (propiedad fundamental en las instalaciones y sobre todo en las fotografías de Barclay), y el espectador puede imaginarse dentro de la caja de vidrio, recorrido él mismo por el circuito hídrico.