Image: Pasado y presente del ojo

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Exposiciones

Pasado y presente del ojo

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Tony Oursler: The criminal eye, 1995

La vista y la visión. IVAM. Guillem de Castro, 118. Valencia. Hasta el 31 de agosto

El IVAM cierra una temporada conservadora y "periférica" con una ambiciosa exposición que, aun con sus incongruencias y debilidades, reúne virtudes poco habituales. Su título, La vista y la visión, llama a engaño. En realidad, se centra en la representación del ojo en ciertos períodos históricos y en una forma de visión trascendente (religiosa, de ultratumba, mágica...). El ojo como forma arquetípica y como expresión de poder (benéfico y maléfico), como símbolo de vida, como espejo del alma. El seductor discurso va añadiendo sentidos que no se excluyen sino que se superponen, y va en- trelazando pasado y presente. El comisario, Pedro Azara (arquitecto y profesor de Estética en la ETS de Arquitectura de Barcelona), que realizó las exposiciones arqueológicas Diosas, Toros y La fundación de la ciudad, todas con piezas procedentes del área mediterránea, regresa a ese mismo ámbito, complementado con un discutible desarrollo artístico contemporáneo del asunto.

El capítulo "El ojo y la divinidad" inicia el recorrido con tres conjuntos principales de piezas: ojos de Horus egipcios, ídolos oculados mesopotámicos y de la Península Ibérica, y cerámicas griegas con representaciones de Gorgona, Polifemo y Atenea. Son objetos que dan testimonio de la universalidad e importancia del símbolo en la Antigöedad, no sólo en la experiencia religiosa de las comunidades sino también en la vida cotidiana pero, con excepción de alguna de las cerámicas, de gran calidad pictórica, y los dos papiros egipcios, se trata de obras menores con poco interés artístico. La ausencia de piezas definitivas se cubre con una sobreabundancia de pequeños amuletos y ofrendas de factura popular (41 ídolos del tipo de Tell Brak, cerca de 20 higas contra el mal de ojo...). Sin embargo, casi al final de esta sección se acelera la historia y se concentran los significados, ahora insuficientemente desarrollados: un ojo alado en una medalla de Alberti, medallas de la Revolución Francesa con el ojo vigilante, santas lucías, algo de hieroglífica y una mínima concesión a la fotografía.

El segundo capítulo, "El ojo y el ser humano", contiene las mejores obras arqueológicas de la muestra: una máscara de madera egipcia y dos fascinantes retratos de El Fayum. Azara las propone junto a diversas esculturas funerarias y de orantes, como ejemplo de miradas desorbitadas desde el más allá, ignorando como causa de la sobredimensión ocular las convenciones estilísticas o hasta la torpeza de los artífices. Tampoco convence el subcapítulo dedicado al velo de la Verónica, que no sabemos qué tendrá que ver con los ojos o la visión, ni la serie sobre la caracterización de las pasiones. Son sólo desviaciones a través de las que damos un salto vertiginoso a la actualidad, el tramo más reprochable. La visión no puede circunscribirse en el arte moderno a la representación del ojo y a una aproximación espiritualista, cuando hay tantos avances que han determinado el concepto mismo de imagen y nuestra manera de mirar. Nada sobre las investigaciones del Impresionismo o el Puntillismo, prácticamente nada sobre la fotografía, el cine, la fragmentación cubista y futurista, el método paranoico-crítico daliniano, los campos de color, el Op Art o los experimentos de creadores tan importantes como James Turrell, los juegos visuales recientes de Markus Raetz o Yishai Jusidman por poner un par de ejemplos... La selección de artistas actuales, abanderada por Saura (¡18! autorretratos) y Tàpies, parece en parte determinada por un criterio geográfico (mucha obra de colecciones particulares barcelonesas) y no deja suponer una búsqueda seria. Las magníficas instalaciones de Mark Wallinger, Tony Oursler y Daniel Canogar salvan este último trecho.