Image: Masats, la realidad que llega
Can Anglada. Terrassa, 1955
La Comunidad de Madrid otorga anualmente los premios de Cultura, que desde su V edición, en el año 2000, incluyen la categoría de Fotografía, que se suma absurdamente a la de Artes Plásticas. Es como tener un premio de literatura y crear otro de novela. Pero, en fin, bien está si sirve para reconocer las trayectorias de Luis Baylón, premiado el año pasado, y Ramón Masats (Caldes de Montbui, Barcelona, 1931), a quien, a decir verdad, le casa la categoría en la que es galardonado, pues los fotógrafos de su generación se guardaron de calificarse a sí mismos en voz alta como artistas. Masats, con Català-Roca, Cualladó, Miserachs, Pérez Siquier, Terré o Pomés, desarrolla el género del reportaje, de la fotografía documental, en los años cincuenta y sesenta, integrado en grupos de gran influencia como Alfal, La Palangana o la más difusa "escuela de Madrid", y trabajando para revistas gráficas como "Gaceta Ilustrada" y periódicos como "Arriba" o "Ya". Todos ellos cultivaron un tipo de fotografía testimonial, en la que la intervención artística se limitaba a la composición y las luces. Se trataba, simplemente, de mirar una época y de estructurar plásticamente esa mirada.Y la mirada de Masats es certera. Esta exposición (consecuencia del premio y acompañada de un catálogo con textos de Francisco Umbral), que ha comisariado con orden y tino Chema Conesa, nos permite ampliar el conocimiento de su obra, que ha recibido la atención que merece a partir de la primera retrospectiva que Publio López Mondéjar organizó en 1999 en el Círculo de Bellas Artes. Acertadamente, se ha reducido la representación de su regreso a la fotografía, a partir de 1981, tras su dedicación durante unos quince años al cine y los documentales para televisión. Estas nuevas obras, en color, inciden en el elemento abstracto, geométrico, que se halla en toda su producción, pero pierden su mayor atractivo: la vivencia de lo cotidiano. En Masats, como en cualquier documentalista, el asunto es crucial. Los suyos fueron deliberadamente tópicos, con el fin de orillarlos, de buscarles las aristas (y también en lo gráfico). El Rocío, la Semana Santa, los Sanfermines, los toros, el boxeo, la vida rural y el desarrollo de las ciudades son los temas de sus mejores reportajes. A la originalidad de la mirada se une un factor que no entraba en juego cuando esos trabajos fueron presentados: el paso del tiempo. Tienen hoy el encanto agridulce de lo viejo, de un mundo que ¿ha desaparecido? Las fiestas y ceremonias de las que fue testigo se repiten aún hoy, y es chocante cómo, a pesar del abismo histórico y cultural, se mantienen algunas estampas, como las de la plaza de toros de Las Ventas. En estas imágenes se revela una intrahistoria que llega a la actualidad marchita y anacrónica, pero llega. Masats la contempla divertido, la desnuda sin reverencias, la pone en el suelo. Y la dibuja, como hace esa mujer de Tomelloso que ha enjalbegado su casa, marcando ángulos, paralelas y diagonales, y perforándola con sombras.
No hablamos de construcción de la realidad, que no es alterada, pero sí de una depuración selectiva, que comienza con la elección de un punto de vista y un encuadre y se completa al escoger una fotografía, aquella que más limpiamente pinta lo que se quería mostrar, entre las variaciones obtenidas de un mismo motivo, a menudo con una considerable intervención del azar. Un proceso que se muestra en la gran caja de luz instalada bajo la cúpula del depósito del Canal y que ayuda a comprender su método de trabajo.