Image: Cristina García Rodero, la diosa del agua
Sagar Mela, India 2002
A Cristina García Rodero (Puertollano, 1949) le tocó empezar a trabajar, hace ya unos treinta años, cuando la fotografía no estaba integrada en el mercado artístico y a duras penas en el circuito de exposiciones. Al corregirse esta situación, su producción fue considerada por muchos más cercana al reportaje o al documentalismo que a la fotografía "artística", lo que, junto a su actitud poco ambiciosa y alejada de la promoción personal, hizo que, aunque siempre haya estado ahí y siempre se haya hablado de ella con respeto, se mantuviera durante años algo al margen del mundo del arte. La concesión del Premio Nacional de Fotografía en 1996 le cambió el panorama. Ha obtenido desde entonces el Premio Bartolomé Ros de PHotoEspaña a la mejor trayectoria profesional en fotografía (2000) y el Premio Godó de Fotoperiodismo (2001), tuvo el año pasado un gran éxito con su exposición Rituales en Haití, en las salas del Ministerio, y, gran sorpresa, fue seleccionada por Harald Szeemann para la última Bienal de Venecia. Y ahora expone su obra en la galería Juana de Aizpuru, que se dispone estratégicamente a aprovechar el tirón de público y ventas.Para esta muestra, García Rodero, que elabora sus vastos proyectos con lentitud, ha recurrido acertadamente a una selección de los últimos años en torno a un tema unificador: el agua. Es sabido que casi toda su obra responde a su inacabable interés por las fiestas y los ritos populares, que ha fotografiado en España y en diversos países de Europa, América, Asia y áfrica, y aquí encontramos, en efecto, una multitud de celebraciones que tienen como peculiaridad su relación con el líquido elemento. Esta singularidad pone de relieve un aspecto que quizá no haya sido sufici entemente valorado hasta el momento: la gran sensibilidad de la artista para el paisaje. Durante décadas ha trabajado preferentemente a cielo abierto (curiosamente, el proyecto de ámbito internacional en el que lleva embarcada ¡doce años! tiene como título Entre el cielo y la tierra), y echando la vista atrás -tanto en el tiempo como en los fondos de sus fotografías-, descubrimos cuántos hermosísimos paisajes nos ha brindado. Paisajes con figuras, naturalmente, pero con unas cualidades atmosféricas y lumínicas extraordinarias. En estas fotografías, en concreto, es fascinante la variedad de texturas acuáticas que ha sabido traducir a valores plásticos con pericia, secundada por el gran trabajo de positivado de Juan Manuel Castro Prieto. Tanto es así, que en algunas de las imágenes hay incluso un exceso de esteticismo que hace añorar el salvajismo de sus fotografías haitianas.
No son las soluciones técnicas, sin embargo, lo que más importa a Cristina García Rodero, como ella misma ha manifestado alguna vez. El oficio sale lógicamente, después de tantos años, a relucir, pero ella no sería más que otro fotógrafo "clásico", perfectamente solvente en su oficio y sin mayor interés, si no fuera por su capacidad de acercase a las complejidades psicológicas y culturales de los temas que trata, más allá del fácil documento antropológico. Tras las fiestas está el trance, el éxtasis, la catarsis colectiva. En el agua se diluyen antiguos rituales de purificación, de animismo, de comunión con la naturaleza. Jóvenes bulliciosos que se bañan, con los dioses de la Antigöedad, en las fuentes de La Granja; danzantes frenéticos bajo la lluvia en Berlín; bautismos gitanos en Saintes Maries de la Mer; cuerpos que se deshacen mágicamente en el agua asperjada en la cascada de Saut d´eau en Haití; inmersiones en la corriente sagrada del Ganges... Lo religioso y lo profano entremezclados.