Image: Noguchi y la escenografía de la vida
Lámparas Akari y Sofá de 1948
En 1994 la Fundación Juan March de Madrid organizó una exposición de esculturas de Isamu Noguchi (Los ángeles, 1904 - Nueva York, 1988) que, aunque extensa, no daba idea de la amplitud de ámbitos de actuación del artista. Sólo unos meses después de la clausura en el IVAM de la exposición dedicada a sus proyectos en espacios públicos, el Reina Sofía viene a completar nuestro conocimiento del gran escultor japonés-estadounidense con una cabal muestra de su trabajo como diseñador en diversas esferas. La escultura de Noguchi se sitúa en la estela de Brancusi, de quien fue ayudante en París, y comparte rasgos con Arp, Miró, Calder o Giacometti, sumando a esa base estética europea y vanguardista la influencia de la cultura japonesa, en especial en lo que se refiere a su concepto del "espacio esculpido". En la faceta que ahora nos ocupa obtuvo un enorme éxito internacional que aún se perpetúa con sus diseños de muebles, lámparas y objetos prácticos, pero también gozan de gran reconocimiento sus diseños escenográficos, y sus bancos, mesas y áreas de juego para espacios abiertos juegan un importante papel en la evolución de la escultura contemporánea en el "campo expandido".Esta muestra organizada por el Vitra Design Museum de Alemania en colaboración con la Isamu Noguchi Foundation de Nueva York (de donde procede la mayor parte de las obras) y el Design Museum de Londres (por donde ya ha pasado) cuenta con el atractivo añadido de un espectacular montaje diseñado por Robert Wilson. Son cerca de 90 obras que se disponen en cuatro espacios diferenciados por materiales, colores e iluminación. La primera sala es la más efectista y la más interesante desde el punto de vista artístico. En ella se han instalado elementos de algunas de las casi veinte coreografías que Noguchi hizo, a partir de 1935 pero sobre todo en los años cuarenta, para la célebre coreógrafa Martha Graham (colaboró también con George Balanchine, Ruth Page, Erick Hawkins y Merce Cunningham), e incluye un par de monitores en los que podemos ver imágenes de las representaciones. El espacio central lo domina la imponente Tienda de Holofernes, del ballet Judith (1950), del que se muestra también una lira y un taburete, así como las redes con formas recortadas que parecen ideogramas. En sendas cajas escénicas, las figuras esencializadas del Minotauro, la luna y la estrella para Errand in the Maze (1947) y el Lecho de Yocasta para Night Journey (1950) que, como buena parte de los ballets de Graham de esta época, se enfrentan a temas mitológicos que Noguchi interpreta con parajes desnudos que evocan la antigua Grecia, ósea y pétrea. En esta misma línea se encuentra el traje de Medea para Cave of the Heart (1946), con música de Samuel Barber, que sugiere el fuego con amenazantes hilos de bronce. Finalmente, se muestran los elementos de la escenografía de Herodiade (1944), con partitura de Paul Hindemith: una silla, un gabán y un espejo ante el que Salomé danza y ve (en palabras del artista) "sus huesos, el esqueleto potencial de su cuerpo" como toma de conciencia del tiempo.
Toda esta sección de la exposición es extraordinaria y es una lástima que se hayan desvinculado algunas de las piezas llevándolas a otras salas (como si no sobrara espacio por todas partes). Mucho menos poéticos pero igual de representativos del quehacer de Noguchi son los "ambientes" restantes, en los que destaca la gran cantidad de lámparas de papel y bambú, que él llamó "akari" y que surgen del encargo por parte de la ciudad japonesa de Gifu, en la que se fabricaban tradicionalmente sombrillas y linternas. Llegó a diseñar, durante treinta años, cerca de cien modelos distintos que aún se producen allí. Además, podemos ver numerosos ejemplos de mesas, sofás, bancos, taburetes, y hasta radios para vigilar niños, fabricados fundamentalmente por Herman Miller y Knoll Associates. Todas las piezas, a pesar de su funcionalidad, mantienen un carácter escultórico que las integra en la producción artística total de Noguchi, que pudo hacer realidad -al menos parcialmente- su utopía de un mundo en el que arte y vida no estuvieran escindidos.