Image: En las frías naturalezas de Bustamante

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Exposiciones

En las frías naturalezas de Bustamante

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T.7.01, 2001. Fotografía en color, 240 x 160

Helga de Alvear. Doctor Fourquet, 12. Madrid. Hasta el 18 de mayo. De 21.350 a 36.600 euros

Jean-Marc Bustamante (Toulouse, Francia, 1952), uno de los artistas franceses más internacionales, entró en contacto con la fotografía como ayudante, entre 1978 y 1981, de William Klein en París. En esos años realizó su primera serie importante, Tableaux, en la Barcelona suburbana. De 1983 a 1987 colaboró con Bernard Bazile, y en esa década empezó a producir esculturas, de metal y vidrio, en una estética minimalista.

¿Qué es lo que Jean-Marc Bustamante pretende que veamos y sintamos ante sus obras? En el caso de las fotografías, parece ser que las imágenes que nos presenta deben actuar sólo como detonante de unos procesos intelectuales y que importa relativamente poco su contenido significativo. Son fotografías de gran tamaño, muy nítidas, de orillas de lagos de montaña en Suiza (una sola obra de la serie L.P., 2000) y en Japón (serie T, 2001), perfectamente intercambiables. En ellas, el presumiblemente sublime paisaje lacustre, montañoso y boscoso sufre interferencias de áreas residenciales, construcciones industriales, procesos de destrucción de la naturaleza, etc. Esto produce, en efecto, una sensación de frustración en el espectador (o de "tensión" según el artista), que ve cómo se desvirtúa un modelo previo y asumido de paisaje. Y esta sensación le hace tomar conciencia de sí mismo frente a la obra, de su actividad como contemplador que experimenta una reacción. Con este mismo propósito, sus "pinturas" (serigrafías de fotografías de dibujos) sobre plexiglás dejan transparentar la pared, lo que lleva al que las mira a no perder nunca de vista el espacio real en el que se sitúan, imposibilitando cualquier evasión imaginativa. En las esculturas ocurre algo parecido: los materiales de acabado industrial con los que construye sus "mesas" contrastan con los valores sensuales y simbólicos de la cera (grandes cirios colocados sobre ellas, alguno de los cuales atraviesa la superficie del tablero); pero los cirios nunca van a encenderse, negando así su asociación a lo ritual y devolviendo al espectador desde ese decurso emocional que había iniciado a la frialdad minimalista de las piezas.

A esta complejidad intelectual (que no formal ni procesual) hay que añadir que Bustamante se interesa por la ambigöedad entre una referencia a la realidad que "no dice nada" y una abstracción que no se pretende del todo formalista; que persigue captar el "movimiento lento" en esas zonas de inestabilidad en los márgenes de lo urbano, donde se adentra en lo natural; que busca la reconciliación de lo geométrico y lo orgánico...

Conociendo las intenciones del artista, se ha de concluir que sus obras son exitosas en cuanto cumplen las funciones para las que fueron diseñadas. Pero el interés conceptual que puedan revestir no acaba de compensar la indiferencia y hasta la perplejidad que produce un distanciamiento tan acrítico, tan cerebral y, en definitiva, tan gélido. Resulta chocante que en las series que, en los años noventa, marcaron el éxito internacional de Jean-Marc Bustamante tomara como punto de partida antiguas fotografías no realizadas por él mismo de lugares asociados a la niñez (aulas, gimnasios, pasillos), que transfería, en grandes formatos, a plexiglás. Esas magníficas series incluían, a pesar suyo, resonancias afectivas y valores formales de mayor calidez que las alejaban felizmente de esa pretensión de obras "sin cualidades" (según la expresión de Robert Musil) tan del gusto del artista.