Image: Las naturalezas de Rio Branco

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Exposiciones

Las naturalezas de Rio Branco

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T.V., 1998. Fotografía en color

Galería Oliva Arauna. Claudio Coello, 19. Madrid. Hasta el 16 junio. De 740.000 a 5.550.000 pesetas

A medida que se va conociendo, a través de sucesivas exposiciones, la obra de Miguel Rio Branco (Las Palmas de Gran Canaria, 1946) se hace más evidente la profunda coherencia de su trabajo, que vuelve una y otra vez sobre sí mismo. Su obra consiste en un gigantesco archivo de imágenes que difícilmente pueden valorarse aisladamente, ya que el propio artista emplea un método combinatorio por el cual yuxtapone fotografías tomadas en distintos lugares y en años diferentes, pertenecientes a series que nada tienen que ver entre sí, con resultados de una expresividad sorprendente.

En esta exposición encontramos varios de esos agrupamientos de imágenes, Naturalezas casi muertas de las que está ausente la figura humana, la cual posee en la visión de este fotógrafo de los márgenes de la sociedad una condición "agónica", de lucha (en el boxeo, en el sexo, en el crimen). Pero incluso en estos bodegones sui generis la pasión y la muerte imponen sus ineluctables leyes ante los ojos furtivos de Rio Branco, que espía los "resquebrajamientos" materiales y anímicos de un mundo que se percibe como organismo vivo, caliente, cuyos latidos casi pueden escucharse. Digo resquebrajamientos porque las fotografías que muestra aquí están llenas de grietas, en las paredes, en los objetos mal recompuestos, en los cráneos alineados de una de las mejores recreaciones de las más elementales vanitas barrocas (las calaveras a la luz de una vela) que puedan imaginarse. Están también llenas de sonidos: un caballo que relincha, moscas que zumban, unos viejos altavoces, cristales que se rompen, monjas que oran tras las rejas de la clausura o una rudimentaria lámpara que crepita... Y están plagadas de sombras, a veces tan negras que dificultan deliberadamente la visión. Así que nos movemos a tientas por escenarios cambiantes, fragmentarios, abandonados, en los que la vida se esconde... pero sabemos que está ahí, justo detrás. De repente, se abalanza contra nosotros en ese fantástico acercamiento a la cabeza de un caballo, en cuyo ojo único y vacío de luz se manifiesta el terror, la furia, y, a sus lados, dos paisajes celestes salpicados de barro que seguramente fueron fotografiados en un contexto absolutamente ajeno a esa cabeza (que a su vez podría pertenecer a la serie de los mataderos y ser por tanto la de un animal muerto), pero que aquí se convierten, en un giro de sentido provocado por la asociación de imágenes, en tierra levantada al aire en una carrera desbocada.