En principio, podría parecer extraño que Heinrich Ehrhardt sea el promotor y comisario de esta muestra múltiple que se desarrolla en dos galerías comerciales (la suya y la de Elba Benítez) y dos centros institucionales (el Centro Cultural Conde Duque y el Goethe Institut) y en la que están incluidos algunos artistas representados por él mismo. Sin embargo, estos recelos se dejan aparte cuando se comprueba que sólo cuatro de los treinta artistas seleccionados trabajan con él y cuando se valora la profesionalidad con la que ha sido encarado un proyecto que jamás se habría puesto en marcha sin su iniciativa particular, aunque, lógicamente, "barre para casa", dado el escaso interés de los centros públicos por la creación actual de otros países.
La intención más inmediata de Musterkarte (que se traduce como "Muestrario") es ofrecer una panorámica de la pintura producida en Alemania desde mediados de los años noventa, representada por artistas nacidos en su mayoría en los sesenta, aunque los hay más veteranos. Es una generación que ya es bien conocida en su país y que ha comenzado a conquistar centros oficiales y publicaciones especializadas pero de la que apenas se tiene noticia en España, donde, sin embargo, sí hemos podido tener un contacto directo con sus "progenitores" artísticos, Polke, Richter, Baselitz, Dokoupil, Kiefer, West, Partenheimer, Dorner, Fürg... Pero, al mismo tiempo, la exposición quiere reflejar la pujanza del medio pictórico como algo no reñido con otras formas de expresión en teoría más "modernas", instalaciones, nuevas tecnologías, que un buen número de los artistas escogidos practican simultáneamente o han tratado previamente. Esta situación obedece al menos en parte a que, como señala en el catálogo Veit Loers, director del Städtisches Museum Abteiberg Münchengladbach y asesor en esta muestra, una gran parte de los profesores de arte en las academias alemanas son pintores en activo y con gran renombre. Y, por otra parte, se ha de tener en cuenta el rechazo a las clasificaciones por parte de los jóvenes, que no suelen militar en ninguna forma de expresión, y algunos de los cuales, como se pone de manifiesto aquí, ni siquiera pretenden guardar una coherencia estilística. Es el caso, entre bastantes otros, de los dos artistas que han hecho intervenciones en el Goethe Institut: Wawa Tokarski (con citas de Goethe sobre monitores que retransmiten programas de las televisiones españolas y alemanas y de las cámaras de seguridad del centro, y pinturas con figuras de los mangas japoneses en la galería Elba Benítez) y Anselm Reyle (con una instalación lumínica en el instituto alemán que, una vez más, nada tiene que ver con los cuadros que presenta en la galería).
Todo cabe, lo que conduce a una cierta confusión. Hay, sin embargo, en este complejo conjunto pictórico algún punto en común. Este nuevo regreso a la pintura salta por encima de la ya histórica generación de los "Nuevos salvajes" de la primera mitad de los ochenta y toma como referencia rasgos del pop y de la abstracción geométrica, desde su versión más austera a la más psicodélica. Frecuentemente aparecen imágenes robadas de la iconografía popular, la televisión, las revistas o los cómics; otras veces nos encontramos con entramados geométricos, de raigambre arquitectónica o puramente decorativa. Igualmente, abunda una forma de hacer de aspecto descuidado y un ánimo agresivo, poco atentos a los efectos estéticos o, muchísimo menos, líricos.
Personalmente, tengo que decir que no siento un entusiasmo irrefrenable por ninguno de los artistas presentados, e incluso que algunas de sus propuestas me parecen realmente pobres. Pero, desde luego, hallamos en él pintores sumamente respetables, como Markus y Albert Oehlen, con las que son seguramente las mejores obras de la exposición, Dirk Skreber, con una muy bien resuelta pintura sobre cinta aislante, Thilo Heinzann, con sus sencillas lacas sobre poliespán blanco, o Neo Rauch, que realiza una especie de revisión del realismo socialista con sus enigmáticos cuadros de temas industriales. Y, por otra parte, destacan los pintores más figurativos, como el ya muy promocionado Kai Althoff (que, no obstante, se decanta por la geometría más austera en otras composiciones), Merlin Carpenter o Eberhard Havekost.
En todo caso, sea cual sea el balance que cada uno haga, debemos apreciar en lo que vale la oportunidad de juzgar por nosotros mismos este momento pictórico que se nos presenta excepcionalmente en conjunto y con la suficiente amplitud. Aquí lo que cuenta es la información.
La intención más inmediata de Musterkarte (que se traduce como "Muestrario") es ofrecer una panorámica de la pintura producida en Alemania desde mediados de los años noventa, representada por artistas nacidos en su mayoría en los sesenta, aunque los hay más veteranos. Es una generación que ya es bien conocida en su país y que ha comenzado a conquistar centros oficiales y publicaciones especializadas pero de la que apenas se tiene noticia en España, donde, sin embargo, sí hemos podido tener un contacto directo con sus "progenitores" artísticos, Polke, Richter, Baselitz, Dokoupil, Kiefer, West, Partenheimer, Dorner, Fürg... Pero, al mismo tiempo, la exposición quiere reflejar la pujanza del medio pictórico como algo no reñido con otras formas de expresión en teoría más "modernas", instalaciones, nuevas tecnologías, que un buen número de los artistas escogidos practican simultáneamente o han tratado previamente. Esta situación obedece al menos en parte a que, como señala en el catálogo Veit Loers, director del Städtisches Museum Abteiberg Münchengladbach y asesor en esta muestra, una gran parte de los profesores de arte en las academias alemanas son pintores en activo y con gran renombre. Y, por otra parte, se ha de tener en cuenta el rechazo a las clasificaciones por parte de los jóvenes, que no suelen militar en ninguna forma de expresión, y algunos de los cuales, como se pone de manifiesto aquí, ni siquiera pretenden guardar una coherencia estilística. Es el caso, entre bastantes otros, de los dos artistas que han hecho intervenciones en el Goethe Institut: Wawa Tokarski (con citas de Goethe sobre monitores que retransmiten programas de las televisiones españolas y alemanas y de las cámaras de seguridad del centro, y pinturas con figuras de los mangas japoneses en la galería Elba Benítez) y Anselm Reyle (con una instalación lumínica en el instituto alemán que, una vez más, nada tiene que ver con los cuadros que presenta en la galería).
Todo cabe, lo que conduce a una cierta confusión. Hay, sin embargo, en este complejo conjunto pictórico algún punto en común. Este nuevo regreso a la pintura salta por encima de la ya histórica generación de los "Nuevos salvajes" de la primera mitad de los ochenta y toma como referencia rasgos del pop y de la abstracción geométrica, desde su versión más austera a la más psicodélica. Frecuentemente aparecen imágenes robadas de la iconografía popular, la televisión, las revistas o los cómics; otras veces nos encontramos con entramados geométricos, de raigambre arquitectónica o puramente decorativa. Igualmente, abunda una forma de hacer de aspecto descuidado y un ánimo agresivo, poco atentos a los efectos estéticos o, muchísimo menos, líricos.
Personalmente, tengo que decir que no siento un entusiasmo irrefrenable por ninguno de los artistas presentados, e incluso que algunas de sus propuestas me parecen realmente pobres. Pero, desde luego, hallamos en él pintores sumamente respetables, como Markus y Albert Oehlen, con las que son seguramente las mejores obras de la exposición, Dirk Skreber, con una muy bien resuelta pintura sobre cinta aislante, Thilo Heinzann, con sus sencillas lacas sobre poliespán blanco, o Neo Rauch, que realiza una especie de revisión del realismo socialista con sus enigmáticos cuadros de temas industriales. Y, por otra parte, destacan los pintores más figurativos, como el ya muy promocionado Kai Althoff (que, no obstante, se decanta por la geometría más austera en otras composiciones), Merlin Carpenter o Eberhard Havekost.
En todo caso, sea cual sea el balance que cada uno haga, debemos apreciar en lo que vale la oportunidad de juzgar por nosotros mismos este momento pictórico que se nos presenta excepcionalmente en conjunto y con la suficiente amplitud. Aquí lo que cuenta es la información.