Image: Tàpies tierra con alma

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Exposiciones

Tàpies tierra con alma

Publicada

Galería Soledad Lorenzo. Orfila, 5. Madrid. Hasta finales de marzo. De 7.000.000 a 80.000.000 pesetas

Muchos artistas españoles de la generación de Antoni Tàpies son hoy respetados y sus obras altamente cotizadas. Pero son muchos también los que viven de las rentas de lo que su trabajo significó históricamente hace décadas, apenas han renovado sus lenguajes o dormitan en sus marchitos laureles. Lo que diferencia, en esencia, a Tàpies es que sigue siendo creativamente joven. Está de sobra valorar su producción actual haciendo repetidas referencias a lo que fue: podemos enfrentarnos a ella siempre en presente. Y es así, no porque practique el cambio continuo (no veremos en esta nueva muestra nada sustancialmente distinto a otras anteriores) sino por la intensidad y la potencia de sus obras, que resultan no tanto de un saber hacer indiscutible como de una íntima conexión entre unas intuiciones interiorizadas de la realidad y su plasmación plástica.

Los cuadros que presenta ahora en la galería Soledad Lorenzo, en su primera exposición individual en Madrid tras su antológica en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, integran un extraordinario conjunto de una gran unidad formal y en el que podría rastrearse un argumento común. Unidad formal, porque el artista vuelve en ellos a sus ya tradicionales tonalidades de tierras, negros y blancos, renunciando a los estallidos de color que se había permitido en años anteriores, y trabaja de nuevo con un pronunciado relieve matérico. Una rotundidad sin fisuras, que no es incompatible con una impresión de fragilidad (por los materiales empleados, que a veces parecen a punto de desmoronarse), se impone al espectador, el cual comprueba que Tàpies se mueve en el terreno de las seguridades y de las necesidades. Unidad argumental, por su insistencia en una concepción visionaria y ancestral del ser humano: hombres y mujeres hechos de barro, de tierra, de piedra; personajes "enterrados". Como el que vemos en Tierra y escritos blancos, una criatura casi aún informe que se contorsiona y se debate inmersa en la materia que la construye en adobe, barro y paja, mientras su situación se define por las palabras "INTER ESSER".
Ser tierra, es decir, ser de la misma sustancia del mundo que nos sustenta, supone una idea de una naturaleza animada, con alma. Montañas que inspiran y lagos que expiran, como en uno de los cuadros más logrados de la exposición, en el que se introduce la única nota de color, el ambarino barniz (al que tanto juego sacó Tàpies en los ochenta) con el que se representan las aquietadas aguas. También se sugiere el estar bajo tierra, volver al seno materno, germinar y crecer. Vienen a la mente los dioses alfareros, las oquedades producidas por los cuerpos recubiertos de lava y ceniza en Pompeya y Herculano, las creencias animistas... "Polvo eres y en polvo te convertirás", esa pavorosa y profunda sentencia pronunciada los Miércoles de ceniza.

Algo de evocación de la iconografía cristiana podría haber en una pintura negra en la que Tápies ha levantado un gran surco que deja limpia la madera del soporte en forma de arco. Bajo él, una cruz de madera y una gruesa cuerda enrollada sugieren un Descendimiento románico, y digo románico porque entre los grafismos arañados se nos proporciona una fecha: "S. XII". Es, en cualquier caso, un cuadro algo fúnebre, acorde con ese "enterramiento" real y simbólico que aparece recurrentemente en estas obras.

La obra con vocación más monumental de la exposición es en mi opinión Heus aqui el cos, en la que Tàpies ha modelado un desnudo femenino, arrodillado y de espaldas. Decapitado. Es una mujer absolutamente estatuaria, una venus heterodoxamente clásica, sus pies marcados con huellas negras. Una escultura viva y fértil, una madre tierra. Frente a la melancolía que los románticos sintieron ante los restos de la grandeza antigua, Tàpies actualiza la historia, la revive mágicamente. Esa monumentalidad disminuye paradójicamente en las obras de mayor tamaño, dos dípticos de seis y tres metros y medio respectivamente, que parecen innecesariamente grandes, como alguno de los que se vieron en la mencionada antológica en Madrid. Dos sobres y dos mantas son prácticamente los únicos motivos que aparecen en ellos, pecando quizá de excesiva simplicidad.