Image: Íñigo Manglano-Ovalle

Image: Íñigo Manglano-Ovalle

Exposiciones

Íñigo Manglano-Ovalle

Publicada

Selena I, (de FM), 2000. Fotografía a color, 76 x 124

Galería Soledad Lorenzo. Orfila, 5. Madrid. Hasta el 11 de enero

¿Ha diseñado el artista un acabado producto al gusto de cierta corriente crítica demasiado pendiente de los discursos políticos y sociológicos?

Es muy poco habitual que las galerías comerciales españolas se atrevan con el videoarte. Es difícil que el coleccionismo privado se interese por esta forma de creación, por lo que los clientes potenciales son los museos y las instituciones. Por esta razón, hay que alabar la valentía de Soledad Lorenzo al traer, por primera vez a España -excepción hecha de un Project Room en Arco´99, con la galería Christopher Grimes, que recordarán porque dos gemelos se dedicaban a dar masajes a los visitantes-, la obra de íñigo Manglano-Ovalle, artista nacido en Madrid (1961) que muy pronto hizo las américas (vive en Chicago) y que llega avalado por prestigiosas galerías estadounidenses y por su selección para la última bienal del Whitney.

La exposición consta de dos vídeo-instalaciones muy recientes, Climate y FM, y de un pequeño grupo de fotografías (más fáciles de vender) relacionadas con ellas y con otro trabajo de este mismo año, Kiss. Las vídeo-instalaciones tienen una fuerte presencia escultórica: las imágenes se proyectan no sobre la pared sino sobre pantallas suspendidas desde el techo por cables y por estructuras de aluminio, diseñadas de esta manera, según el propio artista, para que el espectador se relacione físicamente con ellas y sea consciente de la multiplicidad de los posibles puntos de vista. La realización es impecable, tan perfecta y fría como los ambientes que aparecen en las proyecciones. Todo muy de diseño moderno, con el que Manglano-Ovalle dice mantener una relación de amor-odio. Todo muy tecnológicamente avanzado.

La luz que brilla en la oscuridad atrapa siempre la atención, sea una pobre vela, o la luna, o una pantalla de última generación. El artista se vale de este infalible instrumento de captación para llevarnos a su terreno. Pero en su terreno encontramos poca cosa. Unas crípticas situaciones en un futuro ¿posible?, dominado por la información global y en el que la incomunicación entre los seres humanos se ha instalado definitivamente. En Climate unos ejecutivos observan impasiblemente la evolución del tiempo atmosférico, que afectará, según un parte meteorológico en coreano (del que se nos facilita una traducción) a negocios de implantación mundial. Alguien monta un arma de fuego. En FM, vemos a una mujer alternativamente dentro y fuera de la casa Fransworth de Mies van der Rohe, equipada, como los personajes de la otra obra, con unos pequeños auriculares con micrófono, a través de los que escucha mensajes en clave que Manglano consiguió en archivos de la Guerra Fría. Nadie habla, sin embargo. Y no pasa nada. En esta segunda vídeo-instalación unos suaves desplazamientos de cámara imponen un ritmo cadencioso y desestabilizador a un lugar representativo de un movimiento arquitectónico que quiso adelantar la globalización que protagoniza estas imágenes.

Cada artista es hoy libre, por fortuna, de escoger sus temas, sus argumentos. En este caso, nos encontramos ante un trabajo bien planteado y bien resuelto. Pero ¿qué experiencia provoca? Cada cual tendrá su respuesta. La mía es: prácticamente ninguna; frialdad. Mala cosa es tener que leer no sé cuantos textos para saber qué es lo que quiere decir una obra, y las imágenes, por sí solas, son voluntariamente "mudas" y no alcanzan a suscitar ninguna inquietud, ninguna emoción. ¿Le preocupan realmente al artista estas cuestiones o ha diseñado un acabado producto al gusto de cierta corriente crítica demasiado pendiente de los discursos políticos y sociológicos?