Image: Cuéntame un cuento

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Exposiciones

Cuéntame un cuento

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Alain Pino: Retrato nº 4, 1999

El poder de narrar. Cartografiando historias. Espacio de Arte Contemporáneo de Castellón. Prim, s/n. Castellón. Hasta el 17 de septiembre

El Espacio de Arte Contemporáneo de Castellón es uno de los pocos centros de exposiciones en España que cumple un programa. Su director, José Miguel Cortés, dejó claro desde su puesta en marcha que pretendía cubrir dos carencias fundamentales: "la casi inexistencia de exposiciones temáticas" y "una visión del arte alejada de las distintas preocupaciones en que la sociedad se debate". El primero de los puntos es irrebatible; el segundo plantea serios riesgos. En el arte no caben las recetas universalmente válidas y el entusiasmo o incluso la militancia en una idea de lo que éste debe ser puede llevar a posiciones reductoras. Y creo que no seré la única en tener la impresión de que se está promocionando (no en el EACC, sino en general) a algunos artistas loablemente comprometidos con asuntos sociales o políticos de actualidad que no tienen gran cosa que aportar en el plano artístico. En cualquier caso, es cierto que en España es necesario el debate (que sus responsables saben polémico) planteado por centros como el EACC y hemos de darles la bienvenida.

En esta ocasión, Kevin Power ha puesto sobre la mesa una atractiva propuesta: El poder de narrar. Cartografiando historias, que pretende mostrar formas diversas de presentación de historias individuales o colectivas (divergentes de la historia oficial), centrándose en los "modos" de la narración y en la implicación de un contexto cultural y político siempre variado, opuesto a la pretendida globalización a la que estamos sujetos. Es un argumento tremendamente sugerente, que Power, por sus frecuentes contactos con otras áreas geográficas y como profesor de literatura inglesa en la Universidad de Alicante, está altamente cualificado para llevar a buen puerto. Ha escogido obras de nueve artistas muy diferentes entre sí, casi todos desconocidos en España (lo que añade mérito a la iniciativa) y todos interesantes y adecuados para ilustrar o amplificar la idea que se defiende, a pesar de que no todos, en mi opinión, alcancen altas cotas artísticas. Los registros en los que se mueven son también variados, desde la ironía al drama personal, pero casi siempre acercándose a lo narrado desde una mirada crítica.

Como creadores de obras visuales destacan el filipino José Legaspi y el cubano Alain Pino. De Legaspi se exponen tres grandes paneles formados por infinitud de pequeños dibujos en los que despliega un mundo obsesivo de imágenes violentas que enlazan con la tradición artística occidental (hay referencias a Goya, a Chagall, pasado por un filtro maléfico, a la más tremebunda iconografía religiosa). Son dibujos oscuros, que expresan una oscuridad interior, una pesadilla de culpa, de automutilación, de profanación. Sin pretensiones, con los más humildes medios, logra una notable intensidad emocional. Pino transforma sutilmente, sin acudir al travestismo, a mujeres en hombres, fotografiándolas y retocando pictóricamente las imágenes transferidas al soporte. El resultado son iconos del orgullo y el desafío que remiten a la marginalidad cubana.

Como creadores de estrategias narrativas sobresalen el peruano Fernando Bryce y el español Rogelio López Cuenca. Bryce utiliza las publicaciones de propaganda turística y política de su país en los años 30 y 40 seleccionando y recreando con su propio estilo gráfico textos e imágenes que ponen de manifiesto las manipulaciones del discurso oficial. López Cuenca presenta la problemática de la inmigración ilegal en el Estrecho de Gibraltar a través de una instalación con proyección de imágenes y una combinación de textos literarios que se pueden leer en las paredes: otra forma alternativa de narración, que huye de las obviedades y obliga al espectador a reconstruirla y a tomar postura.

La exposición se completa con obras de Isaac Azey (Ghana), Joseph Bertiers (Kenya), Jim Shaw y Kara Walker (Estados Unidos) y Phaptawan Suwannakudt (Thailandia), todos merecedores de un imposible comentario en estas líneas.