Image: Fernando de Amarica, paisajista

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Exposiciones

Fernando de Amarica, paisajista

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Castillo de Maya. Castillo de Maya, 39. Pamplona. Hasta el 2 de julio

Fernando de Amárica (Vitoria, 1866-1956) pertenece a la generación de artistas que, entre finales del siglo XIX y principios del XX, introduce en el País Vasco la modernidad pictórica con modelo francés. Contemporáneos suyos fueron Regoyos, Guiard, Iturrino, Losada y Zuloaga, el más internacional de ellos. Toda esta generación dedicó una gran atención al paisaje, género privilegiado del impresionismo, del que fueron todos herederos en mayor o menor medida, pero quizá ninguno con tanta insistencia como Amárica, que no lo utilizó -al contrario de otros- como campo idóneo para el lucimiento de las innovaciones en el tratamiento cromático y lumínico de las imágenes, ni como manifiesto regionalista o ideológico, sino que -así lo parece- sintió de una manera directa la hermosura y la calma espiritual de los paisajes que conoció y quiso reflejarlos casi podríamos pensar que para sí mismo. Lo digo porque fue un hombre acomodado, que apenas mostró su obra (aunque hizo una exposición muy importante en el Museo de Arte Moderno de Madrid, en 1923). Estudió Derecho, viajó a Roma y a París, fue poco tiempo alumno de Sorolla en Madrid y regresó a Vitoria, donde permaneció toda su larga vida y a la que legó toda su obra, conservada en la Fundación que lleva su nombre.

Esta exposición, que reúne 35 obras fechadas entre 1898 y 1949, la gran mayoría procedentes de la Fundación, pone de manifiesto la serenidad y la sinceridad de la visión de un pintor sumamente respetable. Como los artistas antes mencionados, y también Rusiñol y Mir, Amárica busca la luminosidad, la sintetización de las formas, que representa en sus mejores cuadros con esa línea ondulante tomada de Gauguin y de Van Gogh (pasando por Zuloaga y Anglada Camarasa), esas atractivas y sabias armonías de verdes, morados, amarillos y rojos de los mejores paisajistas de la época. Amárica tuvo momentos brillantes, como cuando en los 20 y los 30 pintó una serie de cuadros de reflejos en el agua ("espejos"), en los que las líneas del paisaje se invierten y se fragmentan, convirtiéndose en composiciones cromáticas que se alejan de los propósitos meramente representativos.