Image: Machimbarrena, salto al vacío

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Exposiciones

Machimbarrena, salto al vacío

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Vista de la instalación de Machimbarrena en Espacio Uno

Espacio Uno. Museo Nacional Reina Sofía. Santa Isabel, 52. Madrid. Hasta el 23 de enero

Probablemente, para álvaro Machimbarrena (San Sebastián, 1958) su instalación en el Espacio Uno sea un salto importante en su trayectoria. No sólo porque es su primera exposición en un espacio público de relevancia (antes sólo lo había hecho en el Colegio de Arquitectos de Málaga), sino, y fundamentalmente, porque ha podido traducir a dimensiones arquitectónicas, transitables, los "espacios" contenidos en cajas de cristal que presentó hace algo más de un año en la galería Fúcares de Madrid.

Ya en aquella exposición la dominancia del blanco era casi total, en una apuesta por la monocromía llevada ahora, en El salto, al extremo. La blancura parece conllevar en la pintura y en la escultura de Machimbarrena la tradicional asociación simbólica a la pureza, además de hacer factible que escultura y espacio real se integren con facilidad en un único ambiente artístico, y de favorecer efectos perceptivos y plásticos como la dilatación de la visión o la consecuente inestabilidad de los confines. A estos efectos se refiere tal vez el trampolín de la primera sala, suspendido sobre un espacio vacío que con cierto esfuerzo podríamos concebir como infinito. Así como la enorme cama-construcción del segundo (observable sólo después de ascender por unas escaleras), la cual incide en la distorsión de las dimensiones naturales que, a la inversa, haciéndolo todo más pequeño, practicó antes el artista. Los planteamientos de Machimbarrena, aunque de gran sencillez, son sugerentes, pero esta traslación de escala es excesivamente fría, no llega a capturar la imaginación y pierde el aliento poético que había en algunos de sus trabajos en pequeño formato. La blancura, la presencia del trampolín (o pasarela) y la transformación del contenedor arquitectónico en escultura me han hecho pensar inmediatamente en la intervención que Jorge Barbi realizó en el CGAC en 1997 (Casa de juegos), con resultados mucho más exitosos. Una instalación de este tipo debería afectar físicamente al espectador, desorientarle, perturbarle, introducirle en un espacio que, según hace intuir la presencia de la cama, se quiere de intimidad. Nada de esto ocurre, y la sensación con la que se sale es de indiferencia.