En las reducidas dimensiones de los dibujos de Michaux se despliega toda una concepción del arte como exorcismo, como invocación y/o confluencia de vivencias y de visiones
Varios factores contribuyen a hacer de Henri Michaux (Namur, Bélgica, 1899 - París, 1984) una figura extremadamente interesante en el ámbito de las artes del siglo XX. En primer lugar, la altísima calidad plástica de su producción, ajena a escuelas de arte y -aunque con algunos puntos en común con el surrealismo y a la abstracción europea de los años cuarenta y cincuenta- a grupos y movimientos artísticos. En segundo término, la intensidad del conjunto de su actividad creadora, como poeta y como pintor, sustentada sobre una experiencia tremendamente subjetiva, febrilmente atenta a los movimientos del alma y de la imaginación. Finalmente, el aprecio que multitud de artistas, tanto contemporáneos suyos como posteriores, le han profesado, valorando su "exitosa" inmersión en lo desconocido, su capacidad para trasladar al papel estados de conciencia y percepciones difícilmente expresables.Aunque quizá su obra poética haya tenido hasta fechas recientes más difusión que la dibujística, ésta no fue una faceta en absoluto desconocida en vida de Michaux. Las exposiciones de 1978 en el Centre Georges Pompidou de París y en el Guggenheim Museum de Nueva York marcaron, sin embargo, el inicio de su reconocimiento a nivel internacional. En los noventa se ha confirmado su fama como artista, que llega a su culminación en este año 1999 en que se celebra el centenario de su nacimiento. También en España la obra de Michaux ha sido objeto de una reciente recuperación. En una pequeña cronología que él mismo escribió, mencionaba su lejana ascendencia española, y parece que nuestro país reconoce, algo tardíamente, su importancia. En 1993, el IVAM y la galería Jorge Mara de Madrid le dedicaron sendas retrospectivas y, el año pasado, se expusieron sus dibujos mescalínicos en Tecla Sala de Hospitalet -seleccionados por Victoria Combalía, que es también comisaria de esta nueva exposición en Madrid- y algunos otros papeles en la galería Senda de Barcelona.
La excelente muestra de la Fundación Carlos de Amberes, con el subtítulo Signos febriles y frágiles, reúne, además de 14 libros de Michaux con encuadernaciones artísticas procedentes de la Biblioteca Wittockiana de Bruselas, 63 obras sobre papel. Quien no conozca ya la obra de Michaux podría caer en la tentación de pensar que se trata de una exposición menor, pero no es así en absoluto. En las reducidas dimensiones de sus dibujos, que conforman la gran mayoría de su producción (pintó al óleo sólo esporádicamente antes de 1977), se despliega toda una concepción del arte como exorcismo, como invocación y/o confluencia de vivencias, de visiones, de fantasmas, de pulsiones, con una concentración y una densidad apabullantes.
Con el atractivo añadido de la variedad formal y técnica de las obras, desde los dibujos más sígnicos, las acuarelas de aire paisajístico, las "cabezas", los dibujos mescalínicos, los de "reagregación"...
Octavio Paz escribió (en 1978) que Michaux es "el pintor de las apariciones y de las desapariciones", y sus obras "instantáneas del horror, la ansiedad y el desamparo". La imagen de un hombre corriendo se presentaba a los ojos del artista cuando se enfrentaba a un papel en blanco. La persecución, el intento de detener a ese hombre, parece estar en la base de sus dibujos, en los que se vuelcan sus impulsos nerviosos de una manera directa. La anemia juvenil que padeció -"su sangre es pobre de oxígeno", escribió sobre sí mismo-, su constante insatisfacción, su afán viajero, la crisis sufrida tras la muerte de su esposa en 1948 a causa de horribles quemaduras, las experiencias con la mescalina y el LSD (siempre bajo control médico) son hitos vitales y emocionales que jalonan su obra. Torturado, egocéntrico y retraído, Michaux se enfrentó al reto de ampliar los campos de la percepción en esa otra "escritura" sobre el papel que es el dibujo, logrando la convivencia de la belleza con lo terrible. En un poema de Plume (1938) expresó esa comunión: "En la noche / Me he unido a la noche / A la noche sin límites. / A la noche. / Mía, bella, mía".