Exposiciones

Ruscha. Ambigöedades del lenguaje

Publicada

Galería Metta. Marqués de la Ensenada, 2. Madrid. Hasta el 16 de diciembre. De 3.300.000 a 30.500.000 pesetas

La pintura de Edward Ruscha, a pesar de la evolución experimentada a lo largo de su carrera, presenta al menos dos rasgos especialmente marcados que quedan bien patentes, y bien representados, en esta pequeña pero importante exposición. El primero es la inclusión de palabras o frases en sus cuadros; el segundo, la recurrencia de las sombras y el consecuente protagonismo del negro.

Las grafías, palabras o frases cobran un enorme protagonismo en la composición, hasta el punto de determinarla. La incorporación de letras y palabras en la pintura se remonta por lo menos al arte romano, donde lo encontramos en los mosaicos, y tiene un gran desarrollo en el arte medieval, cuyo propósito didáctico exigía en ocasiones aclaraciones sobre quiénes eran los personajes representados y sobre sus acciones. Filacterias e inscripciones con el nombre y la edad de los retratados fueron formas habituales de introducir mensajes escritos en los cuadros. Pero sólo en el siglo XX estos mensajes pasaron a desempeñar una función no sólo significante sino, sobre todo, plástica. Picasso, Magritte o Miró son casos destacados en la primera mitad de siglo, y en la segunda, el movimiento conceptual ha multiplicado este uso. Ruscha, que ha sido considerado como precedente de la ola neoconceptual, se diferencia, no obstante de ella al no atribuir sentidos abiertamente intelectuales o aleccionadores a sus grafías.

En un primer momento tomó como punto de arranque los carteles y los luminosos comerciales -trabajó en este campo del diseño, lo que le familiarizó con las posibilidades de la tipografía- y en los cómics, personalizando inmediatamente esta forma de lenguaje. Pero desde muy pronto, las aparentemente banales palabras que aparecían en sus cuadros, referidas a menudo a un lugar geográfico, empezaron a cobrar sentidos ocultos, irónicos o amenazantes, modificando con su impactante presencia el significado de los paisajes o de los objetos sobre los que se imponían. éstos forman parte a menudo de un universo visual y vital "genuinamente" americano, pero también tocan asuntos como el de la propia actividad artística, sobre la que Ruscha ha mostrado una actitud desacralizadora.

Por otra parte, aunque en algunas de sus obras más recientes parece preferir una forma de representación más luminosa y definida (como en los grandes paisajes montañosos, que no están presentes en la muestra), una de las aportaciones más brillantes de Ruscha a la pintura actual es su manera de crear espacios y de dibujar valiéndose únicamente de las sombras. En este aspecto, esta exposición, casi totalmente integrada por obras en grises y negros, sí es totalmente representativa del artista, con obras extraordinarias como "Ionic" (Jónico, 1996) o "Table" (Mesa, 1996). Un bellísimo y sumamente sugerente negro de humo crea a su alrededor sutiles degradados y genera una muy especial atmósfera, fantasmal, que en unos casos se aplica a objetos absolutamente intrascendentes y en otros, como en "Blue Collar Tires" (1992), se acerca a un nocturno clima romántico. A esta obsesión por las sombras no es ajena su fascinación por el antiguo cine en blanco y negro, tan arraigada en la cultura americana y en especial en la Costa Oeste, reflejada con especial literalidad en la serie "The End" (Fin, 1993). Serie que, como es habitual en Ruscha, plantea una pregunta: el fin ¿de qué?