La imagen del naufragio es ante todo profundamente romántica. Como uno de los paradigmas de la categoría estética de lo sublime, ha tenido cultivadores de la categoría de Vernet, Delacroix, Gericault o Turner. Precisamente Delacroix (y en especial su "Cristo en el lago de Genezaret") y Turner, podrían estar en el origen de la última serie de cuadros de Luis Claramunt (Barcelona, 1951) sobre naufragios, tormentas de arena y de hielo. Desiertos de distinta índole en los que la orientación es imposible y en los que el viajero es azotado por los elementos.
La barca perdida entre las olas es no sólo una imagen visual de gran magnetismo sino que como el "barco ebrio" de Rimbaud, simboliza la arriesgada travesía a la deriva del artista, lejos del puerto de las seguridades. Parece claro que Claramunt es amante del riesgo pictórico, y testimonio de ello son las pinturas "ciegas" y "zurdas" que presentó este mismo año en Valencia.
La agitación de las formas y las distorsiones de perspectiva que Claramunt ha puesto en juego en otras ocasiones se aplican con especial idoneidad a estas nuevas obras, pintadas arrebatadamente, en unos pocos meses, bajo el influjo de un potente estímulo. Si anteriormente Claramunt fue un pintor fundamentalmente urbano, creador de vigorosas visiones de Barcelona, Madrid y Marrakech, hace ya unos años que su principal fuente de imágenes se halla en la naturaleza. Las series sobre árboles constituyeron un brillante ejercicio de dibujo sobre el lienzo; ahora, con una técnica polivalente, deshecha y fluida en ocasiones -rayana en la abstracción-, dibujística como antes en otras y combinando ambas opciones las más de las veces, ha creado un conjunto coral de pinturas que son recorridas por un mismo viento, ardiente, helado o húmedo.
Lejos de la uniformidad que podría esperarse de este obsesivo revisitar parajes desérticos, cada cuadro de Claramunt posee una individualidad muy notable, por la mencionada diversidad técnica, por la alternancia de formatos y, sobre todo, por la intensidad que ha vertido en cada uno de los episodios. Hay en la exposición cuadros magníficos, como el titulado "Aparejo de izar", en el que las nerviosas líneas negras del pintor serpentean sobre un claro fondo de bruma.
La barca perdida entre las olas es no sólo una imagen visual de gran magnetismo sino que como el "barco ebrio" de Rimbaud, simboliza la arriesgada travesía a la deriva del artista, lejos del puerto de las seguridades. Parece claro que Claramunt es amante del riesgo pictórico, y testimonio de ello son las pinturas "ciegas" y "zurdas" que presentó este mismo año en Valencia.
La agitación de las formas y las distorsiones de perspectiva que Claramunt ha puesto en juego en otras ocasiones se aplican con especial idoneidad a estas nuevas obras, pintadas arrebatadamente, en unos pocos meses, bajo el influjo de un potente estímulo. Si anteriormente Claramunt fue un pintor fundamentalmente urbano, creador de vigorosas visiones de Barcelona, Madrid y Marrakech, hace ya unos años que su principal fuente de imágenes se halla en la naturaleza. Las series sobre árboles constituyeron un brillante ejercicio de dibujo sobre el lienzo; ahora, con una técnica polivalente, deshecha y fluida en ocasiones -rayana en la abstracción-, dibujística como antes en otras y combinando ambas opciones las más de las veces, ha creado un conjunto coral de pinturas que son recorridas por un mismo viento, ardiente, helado o húmedo.
Lejos de la uniformidad que podría esperarse de este obsesivo revisitar parajes desérticos, cada cuadro de Claramunt posee una individualidad muy notable, por la mencionada diversidad técnica, por la alternancia de formatos y, sobre todo, por la intensidad que ha vertido en cada uno de los episodios. Hay en la exposición cuadros magníficos, como el titulado "Aparejo de izar", en el que las nerviosas líneas negras del pintor serpentean sobre un claro fondo de bruma.