Exposiciones

Esculturas efímeras

Chema Madoz

Publicada

Museo Nacional Reina Sofía. Santas Isabel, 52. Hasta el 10 de enero

Objetos construidos, encontrados, fuera de contexto, son los protagonistas del centenar de fotografías en blanco y negro que Chema Madoz presenta en el Museo Nacional Reina Sofía. Un año importante para el artista, que también ha visto sus obras expuestas en el CGAC gallego y en el Palacio Revillagigedo de Gijón.

Desde mediados de los setenta, una de las tendencias fotográficas con más posibilidades artísticas y mayor predicamento entre la crítica es la de la representación de realidades "construidas" o fingidas. La integran artistas que trabajan a partir de "escenificaciones" efímeras, creadas por ellos únicamente para ser fotografiadas. Las modalidades son variadas: autorretratos en los que asumen otras personalidades, escenas narrativas al estilo de los "tableaux vivants", miniaturas con arquitecturas o muñecos que simulan una escala real, fotoesculturas, etcétera.

La obra de Chema Madoz (Madrid, 1958), sin duda uno de los fotógrafos más relevantes de la escena artística española, se sitúa en un lugar cercano a esa tendencia y, en concreto, a la variante de la fotografía de esculturas perecederas. Pero con al menos dos particularidades que la distinguen muy claramente. En primer lugar, frente a la complejidad teatral o técnica de muchos de los artistas que la cultivan, Madoz opta por una sencillez total. Sencillez en la presentación y en la factura clásica, siempre en blanco y negro y a menudo frontal y centralizada (aunque con una cuidadosa iluminación), y primorosa simplicidad en la fabricación de las "esculturas" que luego fotografiará, compuestas generalmente de no más de dos elementos. Por otra parte, hace ya casi una década que se dedica con exclusividad a alterar objetos cotidianos, dándoles nuevas funciones, modificando su misma esencia y siempre poniendo en juego una ironía y un sentido del humor fuera de serie.

En la exposición del Reina Sofía, cuya comisaria es Catherine Coleman, se muestran más de un centenar de fotografías de Chema Madoz, realizadas todas en los años noventa. En la visión en conjunto se hace evidente la extremada coherencia estilística y argumental del artista. Pero además se despliega todo un universo objetual que, por esa misma coherencia, empieza a imponerse, a mitad del recorrido, como algo con una existencia real. La cercanía a la escala verdadera de los objetos, la pulcritud en los ensamblajes y las asociaciones de los mismos y la renuncia a manipulaciones de laboratorio contribuyen a esa presencia realista que llega a poner en jaque a nuestra inteligencia. La infinita imaginación visual de Madoz se aplica en ocasiones a la creación de sorpresas de índole humorística, como cuando le pone al busto de un maniquí unos rulos de carretes de hilo negro; otras al "dibujo" con los objetos o los materiales que utiliza, como cuando sitúa una escalera de mano apoyada en otra de obra sobre la que la sombra de la primera se quiebra; otras, finalmente, a la pura poesía, disponiendo, por ejemplo, una luna creciente hecha de un recorte de la esfera de un reloj sobre una base de mármol negro.

Quienes hayan visto anteriores exposiciones de Madoz reconocerán al instante las fotografías ya contempladas, por su enorme capacidad de fijación en la memoria. Son abundantes, sin embargo, las obras nunca antes expuestas, recuperadas de su archivo o realizadas en este mismo año, por lo que al espectador le quedan reservados muchos momentos de placentero desconcierto.