Mapplethorpe pervierte la pureza de las calas, de las azucenas. La beatífica belleza de sus flores tenía para él tintes incluso maliciosos
En el capítulo octavo de "À Rebours", Joris-Karl Huysmans relata la pasión de Des Esseintes, espíritu atormentado y sutil, por las más extrañas flores de invernadero, su preferencia por aquellas capaces de reproducir la imagen de las flores artificiales, por las que presentan un aspecto tumefacto, como carcomido por la sífilis, y por las plantas carnívoras. Las flores de Robert Mapplethorpe (Floral Park, Nueva York, 1946-1989), aunque alejadas de la monstruosidad de las de Des Esseintes, comparten la correspondencia de índole sexual con la carne.Las flores son los órganos sexuales de las plantas, y a menudo se han identificado con el sexo femenino; más raramente con el masculino, como hace Mapplethorpe, quien afirmó en una entrevista que, para él, fotografiarlas era lo mismo que fotografiar penes. Sus inclinaciones se dirigieron funda- mentalmente a las flores de bulbos o de rizomas, las más carnosas, cuidadosamente iluminadas de manera que quedaran resaltadas las venas de sus pétalos. Mapplethorpe pervierte la pureza de las calas, de las azucenas, símbolo de virginidad en la iconografía de la tradición católica en la que fue educado. La beatífica belleza de sus flores tenía para él tintes misteriosos, siniestros, incluso maliciosos. Sean cuales sean las interpretaciones de este capítulo floral, tan importante en la obra de Mapplethorpe, que le dedicó exposiciones y publicaciones monográficas o en combinación con sus desnudos (como la de Fernando Vijande, "Black Flowers", de 1985, donde se vieron algunas de las imágenes aquí expuestas), siempre queda su extraordinaria calidad técnica y su hechizo.
Flores nunca marchitas, cortadas en su momento de mayor perfección, la misma que encontramos en los apolíneos cuerpos masculinos que pueden contemplarse en las fotografías de la sala interior de la galería. Las sencillas composiciones geométricas y la iluminación destacan los valores escultóricos de las formas, con una alucinatoria precisión comparable a la de las flores y plantas de Karl Blossfeldt, Man Ray, Imogen Cunningham o Edward Weston.
Las rosas, los lirios, los tulipanes y las calas parecen modelados en porcelana o tallados en madera; las orquídeas y las azucenas, con sus sanguinolentas máculas, evocan más directamente lo corporal. Envueltas en irreales luces y halos, esta veintena aproximadamente de obras, adquiere un aire simbolista, onírico, que se manifies- ta con la mayor diafanidad en el maravilloso retrato de Ken Moo- dy con los ojos cerrados y la tigridia.