Exposiciones

Mccaslin

Publicada

Galería Javier López. Manuel González Longoria, 7. Madrid. Hasta finales de mayo. De 1.200.000 a 3.600.000 pesetas

Matthew McCaslin (Bayshore, Nueva York, 1957) trabajó durante algún tiempo realizando reformas, con especial dedicación a las instalaciones eléctricas. En esa etapa se familiarizó con los materiales de construcción y electrónicos que utiliza en sus esculturas e instalaciones, en las que pronto adquirió una gran presencia el vídeo. En poco más de diez años de actividad artística ha atraído una gran atención por parte de la crítica y ha conseguido exponer en importantes museos, como el Whitney de Nueva York, el de Arte de Dallas o el Sprengel de Hannover. Aparentemente, sus montajes no pasan de ser una caótica pero simple interconexión por medio de una maraña de cables y enchufes de reproductores de vídeo, televisores, radios, ventiladores y relojes. La tecnología que utiliza, comparada con las sofisticadas propuestas de otros creadores, no se podría calificar ni mucho menos de "punta" ni de espectacular.
A nivel plástico, sólo destacan sus esculturas de pared, en las que dibuja líneas con cables recubiertos de metal, limitándose el resto de su producción casi siempre a las ya clásicas alineaciones en vertical u horizontal de televisores con algún otro elemento (relojes, bombillas) adosado.
El interés de su obra radica más en la idea que está en su base que en su realización física, a la que está, no obstante, estrechamente ligada. McCaslin crea circuitos eléctricos que quieren ser metáfora de la vida; la circulación de la energía se equipara en las obras de esta exposición al ciclo vital de las flores, en hermosas imágenes de su apertura y su marchitarse, al vertiginoso giro de las atracciones de Coney Island, o a la rítmica explosión de una bomba, acompañada ésta por los sonidos de los latidos de un corazón y de una agónica respiración. La naturaleza y la tecnología parecen sometidas a las mismas leyes, incluida la muerte, que amenaza en forma de interruptor que colapsa todo el sistema, aunque, irónicamente, se trate de una naturaleza artificial: las flores han sido grabadas en un laboratorio y las explosiones proceden de un banco de imágenes en formato digital. En el concepto de lo cíclico está contenida una dimensión temporal, y el tiempo, representado por los omnipresentes relojes, se cierne sobre la vida individual. Finalmente, Mathew McCaslin habla sobre la pujante potencia de la vida, pero también sobre su precariedad, su dependencia de múltiples factores conectados a ella. A través de una moderna "vanitas" electrónica.