Una imagen de la performance de Florentina Holzinger en la laguna. Foto: Nicole Marianna Wytyczak

Una imagen de la performance de Florentina Holzinger en la laguna. Foto: Nicole Marianna Wytyczak

Arte

Más allá de la campana viral: ¿por qué Florentina Holzinger es lo mejor que le ha pasado a la Bienal de Venecia?

La artista, que presentará Ophelia’s Got Talent en el Festival Grec de Barcelona, ha agotado las entradas para su nuevo espectáculo que incluye un helicóptero en escena.

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La imagen más compartida de la actual Biennale di Venezia -la que probablemente permanecerá en nuestra memoria como síntesis visual de esta edición- es la campana humana de Florentina Holzinger (Viena, 1986) en el pabellón austríaco.

Pero su trabajo es mucho más complejo que ese instante viral. No por casualidad acaba de incorporarse a la prestigiosa galería Thaddaeus Ropac, con sedes en Londres, París, Salzburgo y Seúl.

Es cierto que las colas para acceder al pabellón austríaco alcanzan fácilmente las dos horas de espera. Y sí, confieso que la hice bajo el sol intempestivo de Venecia, turnándome con mi pareja para no perder el sitio. Y sí: el hype merecía la pena. Sin duda es lo mejor de la bienal.

A cada hora en punto, hasta el 22 de noviembre, la campana de Holzinger marca el tiempo de los Giardini y congrega a una multitud de visitantes que asisten boquiabiertos a la escena. Una bailarina desnuda trepa por una cuerda hasta convertirse en un badajo humano que hace sonar el metal con sus caderas.

La imagen remite a una escena de El Bosco, concretamente a El Juicio Final, fechado hacia 1486 y conservado en el Museo Groeninge de Brujas. Holzinger bebe claramente de ese imaginario de cuerpos castigados, suspendidos y transformados en máquinas de dolor.

Florentina Holzinger: SEAWORLD VENICE, 2026. Vídeo: M.Marco

Y es cierto también que su trabajo le debe mucho al legado del accionismo vienés, donde la sangre, la violencia física y lo escatológico se convirtieron en materia artística.

Pero en ella conviven igualmente el surrealismo grotesco del Bosco, el circo contemporáneo y cierta estética postapocalíptica heredera del cine de ciencia ficción.

Otra de las performances del pabellón austriaco. Foto: M. Marco

Otra de las performances del pabellón austriaco. Foto: M. Marco

De hecho, durante la Bienal realizó sobre la laguna veneciana una acción de suspensión corporal: se colgó mediante ganchos insertados en la piel de la espalda, una práctica vinculada al BDSM (Bondage, Disciplina, Dominación, Sumisión, Sadismo y Masoquismo).

El acto apenas pudo ser visto por unos pocos asistentes, ya que no fue anunciado oficialmente, aunque las imágenes circularon rápidamente por redes sociales.

El reverso de la campana del pabellón austriaco con una escena de BSDM. Foto: M. Marco

El reverso de la campana del pabellón austriaco con una escena de BSDM. Foto: M. Marco

Las llamadas “suspensiones corporales” consisten precisamente en colgar el cuerpo mediante ganchos atravesando la piel. Algo entre el ritual extremo, la purificación y la tortura medieval.

Ya en los años setenta experimentó con ello Stelarc, célebre por sus investigaciones sobre la ampliación tecnológica del cuerpo humano y por implantarse una oreja artificial en el brazo.

Imagen frontal del pabellón austriaco. Foto: Nicole Marianna Wytyczak

Imagen frontal del pabellón austriaco. Foto: Nicole Marianna Wytyczak

Tomándose su tiempo, la atlética bailarina baja despacio entre aplausos y se va. Mientras, en la cola, unas señoras rusas con bolsos de Vuitton intentan colarse aprovechando el gentío y los sufridores, ya casi amigos, nos unimos contra las abusonas. La experiencia de la espera es otra performance en sí misma, también de dolor y cierto placer.

Imponentes, musculosas, inmunes al asco y, aparentemente, al dolor, las performers de Holzinger -mujeres tatuadas y atléticas suspendidas por arneses- miran desafiantes al espectador desde un mástil giratorio de doce metros.

Otra de las 'performances de Florentina Holzer. Foto: M. Marco

Otra de las 'performances de Florentina Holzer. Foto: M. Marco

Sobre él, dobles escultóricos en bronce de cada una de ellas producen una visión inquietante: figuras bellas y siniestras que parecen sobrevivir al colapso del mundo.

Hay en SEAWORLD VENICE, como se titula la propuesta del pabellón austríaco, una respuesta frontal a la misoginia histórica del arte: una ginecocracia feroz y monumental donde solo las mujeres parecen resistir la catástrofe.

Muchos espectadores evocan inevitablemente el filme Waterworld o ciertas distopías climáticas contemporáneas. Y no resulta exagerado: Venecia, ciudad amenazada permanentemente por el agua, se convierte aquí en el escenario perfecto para imaginar futuros extremos.

En otra de las instalaciones cualquier visitante puede orinar en baños portátiles; esa orina es purificada y trasladada a un depósito donde una mujer bucea. Entre el asco y el humor, el dolor y el placer, la solemnidad y el absurdo, Holzinger conecta cultura popular y alta cultura, lo grotesco y lo cómico.

Imagen de detalle de Hieronymus Bosch, Tríptico del Juicio de Brujas (c. 1486; óleo sobre tabla, 99 x 117,5 cm; Brujas, Groeningemuseum). Foto: Wikipedia

Imagen de detalle de Hieronymus Bosch, Tríptico del Juicio de Brujas (c. 1486; óleo sobre tabla, 99 x 117,5 cm; Brujas, Groeningemuseum). Foto: Wikipedia

A medio camino entre Angélica Liddell y la primera Marina Abramović -actualmente también presente en Venecia con una exposición en la Gallerie dell'Accademia, pero ella con cuarzos sanadores-, Holzinger dinamita las fronteras entre disciplinas.

En sus piezas conviven el gag, el slapstick o la comedia física, casi violenta -dos limpiadoras intentando contener inútilmente un vertido de heces-, y las fantasías tecnofuturistas -una mujer se mueve despacio compartiendo escaparate con un perro robot de Boston Dynamics-.

Detalle de la 'performance' principal. Foto: M. Marco

Detalle de la 'performance' principal. Foto: M. Marco

Su imaginario iconográfico es hiperbólico: todo parece excesivo, llevado al límite. La propia artista se cuelga de la piel o introduce lentamente un clavo de siete centímetros en su nariz en la obra Apollon. Holzinger no busca simplemente escandalizar: reta al espectador, lo pone a prueba física y emocionalmente.

Quizá muchos no habíamos oído hablar de ella porque procede de las artes escénicas. Sin embargo, sus espectáculos son enormemente populares en Europa. Todas sus obras han sido seleccionadas para el prestigioso Theatertreffen, la muestra anual que reúne las diez producciones más destacadas del teatro en lengua alemana.

Heredera de creadoras como Mette Ingvartsen, Anne Imhof -León de Oro en Venecia en 2017- o Miet Warlop, Holzinger prolonga una línea del arte europeo contemporáneo que entendió que, tras la saturación de imágenes y objetos del siglo XX, el cuerpo volvía a convertirse en el gran campo de batalla simbólico.

Actualmente mantiene en gira Ophelia's Got Talent (2022), SANCTA (2024) y A Year Without Summer (2025). Con la primera estará en España, los días 2 y 3 de julio, en el Festival Grec de Barcelona, y para la que ya ha agotado las entradas.