Esther Gatón y Núria Fuster en Patio Herreriano. Foto: Museo Patio Herreriano

Esther Gatón y Núria Fuster en Patio Herreriano. Foto: Museo Patio Herreriano

Arte

Esther Gatón y Núria Fuster respiran escultura en el Museo Patio Herreriano de Valladolid

Unidas por una singular sensibilidad escultórica, por sendas exposiciones y por los versos de Jorge Guillén, las dos artistas inauguran este sábado.

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Conversamos con Esther Gatón (Valladolid, 1988) y Núria Fuster (Alcoy, 1978), dos grandes de la escultura joven española que inauguran este sábado sendas exposiciones en el Museo Patio Herreriano inspiradas, ambas, en sus títulos por los versos de Jorge Guillén.

Fuster presenta Aire que yo respiro, donde el aire y la respiración conquistan el lugar; Gatón, en cambio, trabaja el espacio respirado en Tú, tú, tú, mi incesante. Respiración y forma articulan unos trabajos abrumadores que merece la pena ser disfrutados in situ.

Sus obras comienzan partiendo de una sensibilidad afín: la escritura como inspiración. Para Fuster, que escribe poesía desde los 25 años, funciona como “un espacio de reflexión, donde vuelvo cada vez que necesito reposar, entender, resetear”; la poesía se le revela como “escultura textual: su condensación, su verticalidad y su aire los siento muy próximos a mi práctica escultórica, es la misma búsqueda, la misma emoción”.

Hay en esa definición un factor que ayuda a desentrañar las claves de su trabajo: la condensación, la verticalidad y el aire. Un ser y estar ingrávido. Gatón lo formula de otro modo, más oblicuo, pero igualmente medular: “La escritura y la lectura son algo que hago constantemente, desde pequeña y casi con compulsión”. La palabra, para ambas, no explica la escultura, pero la acompaña y abraza. Como el aire que, de forma literal y simbólica, atraviesa ambos proyectos.

Fuster nos invita en esta ocasión a conocer tres cuerpos de obra unidos por una condición común: son instalaciones cinéticas que “adoptan comportamientos corporales como el hecho de moverse o respirar”. En la Capilla, una gran escultura se insufla y desinfla con “el mismo aire que respiramos y compartimos mientras la vemos”; en la Sala 9, una decena de piezas hinchan bolsas de plástico a través de mecanismos electrónicos; y, en el Claustro, una silla de oficina, un compresor, un tanque de aire, válvulas y tubos activan un circuito que retiene, suelta y vuelve a respirar.

“Si me tuvieran que traducir en algo, sería en una escultura. El contacto físico con el material sigue siendo algo indescriptible” Núria Fuster

En Gatón, en cambio, la exposición comparece como una convivencia inédita de medios y formatos: bajorrelieves hechos con arcilla para muñecas, esculturas de seda con palos y pintura al óleo. Más que presentar obras aisladas, quiere aproximar la sala a lo que sucede en el estudio. “He querido revelar un espacio más próximo a lo que ocurre en mi estudio, donde todo se combina y se interrumpe. Trabajaremos sobre el espacio, reaccionando a su forma, muy alta y rectangular. El comisario Rafa Barber Cortell y yo pensamos que la sala necesita quebrarse, perder su centro”, explica la artista con pasión.

Quizá por eso resulta tan revelador escuchar cómo ambas, cada una a su modo, llegan a abrazar el lenguaje del espacio. Fuster recuerda sus inicios. Su encuentro en Roma con el profesor Alfio Mongelli, quien le reveló que la escultura “iba en serio”. Desde entonces la vive como un medio profundamente identitario: “Si me tuvieran que traducir en algo, sería en una escultura. El contacto físico y dialéctico con el material, sobre todo con el metal, sigue siendo algo indescriptible, muy emocionante”.

Núria Fuster en un momento del montaje. Foto: Museo Patio Herreriano

Núria Fuster en un momento del montaje. Foto: Museo Patio Herreriano

Gatón responde a su vocación desde la incertidumbre. “No se sabe por qué uno hace lo que hace. Casi diría que me encontré haciendo esto”, afirma. Pero enseguida desplaza la cuestión del yo hacia una conciencia generacional: trabajar rodeada de artistas que también usan la instalación, que hablan un mismo lenguaje, ha producido contagios, afinidades compartidas, formas de mirar que operan “casi telepáticamente”.

Nombra a Julia Spínola, June Crespo, Rubén Grilo, Lucía C. Pino, David Bestué, Sofía Montenegro, Jorge Sartorre, Rosa Tharrats, Gabriel Pericás, entre otros. De ahí su hermosa descripción, en plural mayestático, de cómo se acercan todos generacionalmente a la escultura: “Parece que nos la encontramos, no únicamente de forma frontal y con un contenido recto, sino también orbitando, en relación con el espacio. Trabajamos atendiendo a su escala, peso, textura, materialidad, así como al movimiento que se genera alrededor, las sombras y reflejos, ¡a cómo cruje! Entonces, en estas arritmias y adyacencias, hemos ido llegando a lo propio de la escultura”.

“Los premios nos permiten llegar a procesos a los que nosotras solas no llegaríamos”
Esther Gatón

Ambas artistas, además, mantienen una relación especial con los materiales. Fuster los recupera y recicla, trabaja con objetos encontrados, con los que establece “un vínculo, algo a lo que sería imposible llegar sin encontrarlo por casualidad”. Describe ese hallazgo como “un proceso muy chamánico, íntimo, intuitivo, estomacal”.

La filósofa norteamericana Jane Bennett, recuerda Fuster, lo describe muy bien en su libro Vibrant Matter: la materia posee lo que llama thing-power o “el poder de las cosas”. El encuentro con objetos cotidianos implica descentrar al ser humano, percibir la agencia distribuida entre humanos y cosas y experimentar una suerte de asombro materialista ante lo que sucede a diario ante nuestros ojos.

Esther Gatón en un momento del montaje. Foto: Museo Patio Herreriano

Esther Gatón en un momento del montaje. Foto: Museo Patio Herreriano

Me atraen más los materiales dúctiles y maleables, que puedo trabajar a mano, casi sin herramientas”, dice Gatón, que prefiere hablar de “materiales encontrados: arcilla de muñecas, ramas, espuma, copos metálicos, pintura fosforescente, seda quemada”. Le interesan por sus connotaciones y por “la pequeña sorpresa que producen cuando leemos la ficha técnica”. Esos materiales añaden “otra voz” a la forma y conectan con la realidad diaria.

No es casual que una viva entre Berlín y Madrid (Fuster), y que la otra haya pasado ocho años en Londres antes de regresar a la capital. ¿Qué influencia ha tenido residir fuera de España en la producción de sus obras? Para Fuster, Berlín aparece como una revelación: una ciudad donde el arte se vivía “con una radicalidad” que la atravesó y que todavía conserva “un pálpito punk-industrial”.

Gatón desplaza la respuesta al idioma y a su forma de denominar el mundo. Más que el lugar, dice, fue el lenguaje lo que alteró su forma de trabajar: su precisión léxica, su estructura, su exigencia de claridad. Frente a ello, las lenguas latinas parecerían favorecer, según su hipótesis, una mayor subordinación, un gusto por “la desorientación y el despiste”. Cambiar de idioma, afirma, le cambió también la manera de trabajar.

En un momento de creciente visibilidad para ambas, a Esther le han concedido en ARCOmadrid el X Premio Cervezas Alhambra de Arte Emergente y a Nuria le han otorgado, por ejemplo, la beca Botín o la de la Casa de Velázquez. Los premios, afirman ambas, son gasolina para continuar. “Recuerdo la Beca Kunstfonds en Alemania –nos cuenta Fuster– hace tres años: atravesaba un momento complicado y la noticia me conmovió hasta las lágrimas.

>>Por un lado, sentí que me rescataban; por otro, renovaron mi fe en seguir creando aquello que no puedo dejar de hacer, aunque no sea fácil. Son experiencias que sostienen”. Gatón lo resume con claridad: “Son ayudas que empujan al trabajo. Nos permiten llegar a procesos que, nosotras solas, no llegaríamos”.

Hay, además, entre ellas, admiración mutua. Fuster ve en la obra de Gatón algo “muy escultórico a la vez que pictórico” y confiesa que la lleva “a un espacio reptiliano” fascinante. Gatón, por su parte, celebra en Fuster la rotundidad, “Me encanta la rotundidad en las obras de Nuria. Creo que sus esculturas son, a la vez, duras y divertidas. Tienen un humor extraño. Me impresiona su habilidad para presentar objetos desnudos con gestos que, a menudo, hacen algo frágil, como aturdido. Diría que su trabajo es fantasmal y consigue hablar por medio de silencios y huecos, presentifica algo que no vemos”.

En las manos de ambas emergen esculturas vivientes, orgánicas, rotundas, que inhalan y exhalan con fuerza. Núria Fuster incide en el aire que nos atraviesa; Esther Gatón, en el espacio que ese mismo aire deja. Relatos que respiran el objeto “mientras el aire sea nuestro”, como escribió el mismo Guillén.