Vita de la nueva sala 17: 'Una Pintura mas pintada'. Foto: Museo Reina Sofía

Vita de la nueva sala 17: 'Una Pintura mas pintada'. Foto: Museo Reina Sofía

Arte

Crítica de la nueva exposición permanente de la colección del Reina Sofía: jocosa, melancólica y rebelde

El nuevo relato construido por Manuel Segade y su equipo sobre los últimos 50 años del arte contemporáneo en España es toda una declaración de intenciones.

Más información: El Reina Sofía presenta una nueva lectura de su colección, con más mujeres y un 64 % de obras inéditas

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La nueva presentación de la colección permanente en el principal museo de arte contemporáneo de nuestro país siempre levanta una gran expectación, incluso si solo comprende los últimos cincuenta años. Desde artistas y galeristas, hasta coleccionistas y público, sin olvidar historiadores y teóricos, son conscientes de su importancia como carta de presentación para los miles de extranjeros, desde agentes especializados a turistas, que lo visitan cada año.

Sin embargo, la noción de “presentación de colección permanente”, heredada de los museos históricos que le dedican la mayoría de su espacio, no funciona en los museos de arte contemporáneo. Volcados en el programa de exposiciones temporales, a falta de la sedimentación del tiempo, por un lado, y coherentes con su disensión frente a una concepción autoritaria del canon, por otra, se limitan a mostrar propuestas que, a menudo, permanecen apenas un quinquenio, en función de la duración del cargo de dirección, sobre quien recae su comisariado.

En este caso, el malentendido es aún mayor. Estamos ante el encargo del Ministerio de Cultura al actual director del Museo Reina Sofía –entre otras muchas muestras y actividades promovidas durante este año– para conmemorar la muerte del dictador Francisco Franco en 1975 y la transición y consolidación de la democracia hasta hoy.

La especulación acerca de que Segade, tras casi tres años en el cargo, haya comenzado la renovación precisamente con este tercer y último periodo histórico de la colección, y que esta elección pudiera tener que ver con que la precedente fue el caballo de Troya manipulado desde la derecha mediática para impedir –de malas maneras– la continuidad en el cargo del director que ocupó el puesto durante quince años, Manuel Borja-Villel, añadiría morbo a la catarsis del trauma que se pretendería soslayar. Y redobla la inevitable comparativa.

Odioso parangón

Partamos de datos y cifras. Para empezar, con rigor arquitectónico, Segade y su equipo han trasladado este tercer y último periodo de la colección a la cuarta planta del edificio Sabatini, en cuya segunda planta se halla el periodo vanguardista hasta la Segunda Guerra Mundial, mientras el capítulo intermedio continúa en el edificio Nouvel. La pretensión es terminar reuniendo en las tres plantas superiores del edificio Sabatini la presentación completa de la Colección en 2028.

derecha, vista de la exposición con piezas de Joan Rom (primer plano) y Teresa Solar

derecha, vista de la exposición con piezas de Joan Rom (primer plano) y Teresa Solar

La cuarta planta, con estructura de “u”, tiene algo más de tres mil metros cuadrados, lo que equivale a dos o tres de las extensas exposiciones temporales de la anterior etapa. Esto redimensiona el reto para establecer un relato sobre los últimos cincuenta años de democracia que permita, según Segade, “reconocer en el presente aquellos futuros deseables que ya estaban aquí”.

Misión muy alejada de escoger las supuestas mejores o más prestigiosas piezas de la Colección. No es de extrañar, por tanto, que esta “presentación” con poco más de 400 obras sea básicamente española, lo que ya hacía falta tras años de displicencia, salvo muy contadas excepciones.

Mostrado con buen ritmo visual, late con fuerza una visión de la España progresista e insumisa

De los 224 artistas expuestos (26 son colectivos), el 77 % son españoles, entre los que se encuentran prácticamente todos los Premios Nacionales de Artes Visuales y de Fotografía y Premios Velázquez recientes. Y del resto, el 31 % son de origen latinoamericano. Lo que, en total, refleja nuestra demografía actual.

Frente a la eventual descalificación de “provincianismo”, se adoptan sin complejos los estándares internacionales, como comprobamos cuando viajamos a países de nuestro entorno. Además, a primera vista, también se ha tenido en cuenta el reparto territorial en la elección de artistas, aunque aquí podría haberse hecho algo más allá de las consabidas autonomías históricas.

En cuanto a medios de expresión, no hay novedades sustantivas: la compartida comprensión del arte en el seno de la cultura visual se traduce en la convivencia de las otrora bellas artes: pintura, escultura, arquitectura y cine, con fotografía, vídeo, cómic, arte sonoro, etc., acaso con algún déficit de producciones en 3D.

En cambio, sí hay diferencias sustanciales que tienen más que ver con la vertebración interna del relato. Digámoslo ya: si el posicionamiento de Borja-Villel era histórico-sociopolítico a partir de la teoría crítica con deriva debordiana, veinte años más joven, Manuel Segade, arranca de las micropolíticas, es decir, de las políticas de representación de las diferencias del postestructuralismo.

vista de la nueva reordenación de la Colección con obras de dora garcía, perejaume, Joan Fontcuberta e Ignasi Aballí

vista de la nueva reordenación de la Colección con obras de dora garcía, perejaume, Joan Fontcuberta e Ignasi Aballí

Lo que se traduce, por ejemplo, en que aquí se haya prescindido de toda la cartelería de propaganda política de la Transición, ahora en la exposición Inquietud. Libertad y democracia, sobre las salidas de las dictaduras en España y Portugal, en La Casa Encendida (hasta el 8 de marzo). Y la comparativa acaba aquí: ya que 258 obras (64 %) nunca se habían expuesto. De hecho, 70 se han adquirido bajo la dirección de Segade.

Tres relatos

Una exposición que son tres. El relato comienza una y dos veces más desde 1975, pero se inicia desde uno u otro ascensor que nos lleva a la cuarta planta. Lo que encontramos en el primer itinerario (o en el tercero si empezamos desde su final), son obras de artistas feministas: en total el 35 % son de artistas mujeres, al que hay que sumar el generoso porcentaje de los/les artistas que trabajan en perspectivas de género. Abanderando, por tanto, una cuestión candente en el clima de polarización actual.

Juan Muñoz. Foto: Museo Reina Sofía

Juan Muñoz. Foto: Museo Reina Sofía

En conjunto, mostrado con buen ritmo visual, late con fuerza una visión de la España progresista e insumisa, con ecos internacionales. Melancólica y rebelde en el primer itinerario, Una historia de los afectos en el arte contemporáneo, de la liberación sexual a la crisis del sida y la heroína: Esther Ferrer, Juan Hidalgo, García-Alix, Pepe Espaliú, Cabello/Carceller, entre otros.

Y jocosa y vitalista en el tercer itinerario, La institución, el mercado y el arte que los excede a ambos, tras un aburrido prólogo con documentación que recoge la genealogía de este museo y de ARCO, con las vibrantes corrientes pictóricas desde los ochenta: Gordillo, Alcolea, Menchu Lamas, Patiño, Costus, Chema Cobo, Ceesepe, Ugalde, Gadea, Pérez Villalta...

Eternamente jóvenes

Puesto que cuanto más se concreta una propuesta, más interesante resulta, es mi preferido el segundo itinerario, Los poderes de la ficción: escultura, nuevos materialismos y estéticas relacionales: una gran galería escultórica. La feliz convivencia de artistas de varias generaciones y tendencias se ha logrado con éxito gracias a la elección, salvo excepción, de piezas de las primeras etapas de trayectorias tan contundentes como las de Susana Solano, Cristina Iglesias, Ángeles Marco, Juan Luis Moraza, María Luisa Fernández, Txomin Badiola, Ángel Bados, junto a las aclamadas ya en la Bienal de Venecia Lara Almarcegui, June Crespo y Teresa Solar, entre muchos otros.