Una vista de la exposición. Foto: Andrés Valentín-Gamazo

Una vista de la exposición. Foto: Andrés Valentín-Gamazo

Arte

Din Matamoro, el pintor que trae las atmósferas de los atardeceres de las playas gallegas a su salón

En la galería madrileña Rafael Pérez Hernando se pueden ver sus últimas obras de gran formato, fieles a su tradición pictórica.

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En esta, su primera exposición en la galería Rafael Pérez Hernando de Madrid, Din Matamoro (Vigo, 1958) apuesta por los grandes formatos. Unos lienzos en los que el espectador casi puede introducirse en el interior de un haz nacarado e iridiscente de luz.

Din Matamoro. El viento y la pintura.

Galería Rafael Pérez Hernando Madrid. Hasta el 30 de mayo. De 5.500 a 22.000 €

Su interpretación de las puestas de sol en las playas gallegas –y de ese “rayo verde” efímero que culmina el ocaso y que Éric Rohmer atrapó en su filme homónimo– reaparece una y otra vez, un motivo aparentemente simple, pero intrínsecamente complejo; una cuestión de matices que ha acompañado a la historia de la pintura abstracta.

Del mismo modo que Giorgio Morandi pintó reiteradamente el mismo bodegón, otros artistas como Alex Katz, Jasper Johns y Antonio Saura han investigado durante décadas un mismo motivo. Una metodología de trabajo que se inscribe dentro de lo “tautológico” en el arte, esa repetición insistente de un gesto –que, en cada tentativa, en cada pincelada, introduce cambios mínimos– nos remite a una filosofía heracliteana de la realidad.

Ese “nunca nos bañamos dos veces en el mismo río” se extiende aquí al lienzo: nunca se pinta dos veces el mismo cuadro. Su insistencia implica una búsqueda, una obsesión y un deseo que nunca se resuelve satisfecho. Un anhelo metapictórico, muy alineado a la naturaleza de los colores y de los instrumentos de la pintura, como los lienzos, cuyos cantos trabaja a veces dejando la superficie principal en tonos neutros.

Hay, además, una búsqueda espiritual en su trabajo; una llama –por qué no decirlo– religiosa. La búsqueda de lo sagrado a través de la pintura es un tema antiguo, rupestre, cavernario, pero también responde a un impulso contemporáneo: pensemos en Rosalía, en Alauda Ruiz de Azúa y en la ola de retorno de lo religioso. Matamoro conduce su pintura hacia una indagación trascendental –mística, quizá– hecha de contemplación y de atención a los ínfimos detalles de lo cotidiano.

Din Matamoro: 'Sín título', 2025. Foto: Andrés Valentín-Gamazo

Din Matamoro: 'Sín título', 2025. Foto: Andrés Valentín-Gamazo

Como afirmó Vasili Kandinski: “El blanco es un silencio profundo, absoluto, lleno de posibilidades”, y esas posibilidades son las que explora este artista. Pintar el aire y la luz, realidades físicas en apariencia incoloras pero que contienen todo el espectro cromático que nuestra retina es capaz de distinguir, es lo que hace este pintor de atmósferas y reflejos, componiendo resplandores fluorescentes, a medio camino entre los bloques de color de Rothko y las atmósferas borrosas de las tormentas marinas de William Turner.

La pintura de Matamoro se inscribe en la tradición de los color field painters, los pintores del campo de color, y trae consigo una larga trayectoria artística desde su licenciatura en Bellas Artes –en la rama de pintura y grabado calcográfico– por la Universidad Complutense de Madrid.

A finales de los ochenta residió en Nueva York con una beca Fulbright, y a comienzos de los noventa pasó por la Academia de España en Roma. Desde entonces ha permanecido fiel a una pintura lenta, mínima, en la que la exploración del color ha ido empapando infinitos cuadernos y lienzos, hasta decantar una obra contenida, exquisita, sutil, rebosante de sensibilidad y belleza. Una obra que ilumina sin deslumbrar.