Detalle de 'La rendición de Breda, de Velázquez', Vicente Moreno (1894-1954). Firmada. h. 1930 Donada por Enriqueta Harris y sus sobrinos José Antonio Buces y Paloma Renard, 2003. Foto: Museo del Prado

Detalle de 'La rendición de Breda, de Velázquez', Vicente Moreno (1894-1954). Firmada. h. 1930 Donada por Enriqueta Harris y sus sobrinos José Antonio Buces y Paloma Renard, 2003. Foto: Museo del Prado

Arte

La fotografía en el Museo del Prado: cuando la copia se volvió tan poderosa como el original

Por primera vez en la historia el Prado hace una exposición de su colección fotográfica con fondos enteramente propios.

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En 1898, el director del Museo del Prado, Francisco Pradilla –autor del deslumbrante lienzo de Juana “la Loca” de mirada enajenada–, ya era consciente de la necesidad de fotografiar sus fondos para elaborar un profuso archivo documental. Varios fotógrafos, como Laurent y Cía. y Mariano Moreno presentaron sus propuestas, aunque sin éxito. Hubo que esperar hasta 1901, cuando José Lacoste gana la partida y obtiene el privilegio de que el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes emita una Real Orden que le permita vender fotografías de obras del museo en un local ubicado en la Galería Central.

El Prado multiplicado: la fotografía como memoria compartida

Museo del Prado. Madrid. Comisaria: Beatriz Sánchez Torija. Hasta el 5 de abril

Es entonces cuando se cuelgan las copias en una puerta para que el visitante las adquiera. El Prado se expandía y se multiplicaba: se volvía doméstico, democrático, miniatura transportable y regalable. Se producían positivos en varios formatos estandarizados, desde grandes copias de gabinete hasta pequeñas tarjetas postales, que se vendían y distribuían en España y fuera de ella.

Gracias a esa red comercial, las imágenes de cuadros emblemáticos circularon rápidamente por Europa. Los visitantes de la época –un número infinitamente inferior al de hoy (el año pasado alcanzó los 3.513.402 visitantes)– podían llevarse un museo portátil, un duplicado legítimo y de bolsillo, y utilizarlo de adorno o como soporte para una carta de amor.

Estos son los inicios de lo que hoy llamamos el merchandising institucional de los museos y que nos conduce a esta pequeña pero interesante exposición que podemos ver en la Sala 60, dentro del programa Almacén abierto. Ésta es la primera vez que la pinacoteca dedica una monográfica a la fotografía de fondos propios: un gesto institucional que la eleva al mismo nivel que la pintura o la escultura, y antecede, de modo simbólico, el próximo 200 aniversario de su invención, que conmemoraremos por todo lo alto el año que viene.

La exposición muestra 44 ejemplares de las más de 10.000 piezas con las que cuenta su colección fotográfica, -una de las más desconocidas-, pretendiendo ponerla en valor en un momento en el que la fotografía tuvo una enorme importancia en cuestiones de diplomacia cultural y en el modo de enfocar y señalar detalles de interés para la investigación de la Historia del Arte.

Vista de la sala de la reina Isabel HF-1094 y vista actual. Foto: Museo Nacional del Prado.

Vista de la sala de la reina Isabel HF-1094 y vista actual. Foto: Museo Nacional del Prado.

Su iluminación tenue y las estrictas condiciones de conservación cuestionan su naturaleza –su reproducibilidad técnica, como teorizó Benjamin–, y que se difumina ahora en ejemplares únicos, capaces de transportarnos a hace cien años. Estos testimonios gráficos también nos permiten jugar a los detectives.

Podemos comparar las salas antes y ahora; cómo se entendía la museología; cómo estaban escritas las cartelas, o el abigarrado montaje de las paredes, a diferencia del actual, en el que los cuadros necesitan “respirar” y alejarse unos de otros para ser apreciados con detalle. Prueba de ello son las dos imágenes que introducen este texto: dos vistas de la sala de la reina Isabel a principios de siglo y en la actualidad.

El Prado comenzó, a partir de entonces, a fotografiar de manera sistemática sus obras. La razón era práctica: difundir, catalogar y estudiar nuestro patrimonio. El resultado terminó por convertirse en memoria: una máquina del tiempo bien engrasada. La comisaria, Beatriz Sánchez Torija, construye este recorrido entre albúminas, gelatinas, fototipias, cartones y formatos estandarizados como la carte de visite y las postales.

Como curiosidad, conviene recordar que en ese momento era necesario sacar los cuadros al exterior para poder fotografiarlos con luz natural. Imagínense un Velázquez o un Murillo “a la intemperie”, con riesgo de atentado de las aves.

La infanta Margarita de Austria, de Velázquez Braun, Clement & Cie. (act. 1889-1910) Carbón sobre un segundo soporte de cartón. Firmada y fechada. 1899. Foto: Archivo del Museo del Prado

La infanta Margarita de Austria, de Velázquez Braun, Clement & Cie. (act. 1889-1910) Carbón sobre un segundo soporte de cartón. Firmada y fechada. 1899. Foto: Archivo del Museo del Prado

La exposición se inicia con la reproducción de un cuadro que no pertenece al museo, sino al Kunsthistorisches Museum de Viena: Retrato de la infanta Margarita de Austria, de Velázquez. En 1899, con motivo del tercer centenario del nacimiento del pintor, se quiso reunir no solo sus obras del Prado, sino también las pertenecientes a otros museos; así se conserva esta reproducción de Braun, Clement & Cie., de 1899.

Un modo de entender la historia desde sus ausencias: con reproducciones de obras que nunca han pertenecido a la colección, pero que forman parte de su relato. Otro ejemplo podría ser la fotografía del fragmento de las miradas de La rendición de Breda de Velázquez. El mostrado perteneció a la hispanista Enriqueta Harris y fue una de las piezas en las que basó muchas de sus investigaciones, donándola finalmente a la pinacoteca.

Contemplar un cuadro a través de su fotografía puede revelar detalles ocultos, pinceladas imprevistas, quizá demasiado sutiles para el ojo humano. La imagen fotográfica complementa al lienzo como dos caras de un mismo relato: el museográfico y su documento forense, el original y su eco, la pieza irrepetible y el vínculo afectivo que forjamos cuando nos acompaña en nuestras vidas