Cuando a Dora García (Valladolid, 1965) le invitaron a representar a España en la Bienal de Venecia de 2011 no se sintió del todo cómoda. ¿Tenía sentido que un artista representara a un país, y más en su caso que había pasado veinte años fuera? Planteó una gran performance sin principio ni fin, Lo inadecuado, que duró los casi seis meses de la cita. Al entrar, lo primero que nos encontrábamos era a un personaje escribiendo en el ordenador. No había nada colgado en las paredes ni ningún tipo de iluminación que no fuera la natural. Lo mecanografiado aparecía a tiempo real en una gran pantalla donde el visitante descubría, con sorpresa, que estaban hablando de él o bien de la persona que tenía al lado.

Acompañada por la comisaria Katya García-Antón y por artistas, escritores y filósofos italianos, Dora García trazó un mapa de los movimientos contraculturales italianos. Hoy la artista reconoce a El Cultural que esta experiencia supuso un punto de inflexión en su obra -y en su vida, bromea- , “si salí viva del pabellón de Venecia, sobreviviré a cualquier cosa. Aprendimos a tirarnos sin red, tanto ante el público como ante la prensa”. Lo inadecuado marcó lo que vino después, “las exposiciones que he montado desde 2011 dan una gran importancia a la presentación en directo, a la acción, la interacción, la evolución, cambian según van siendo vistas por el público”. Todo esto requiere de una presencia casi constante del autor “que a veces soy yo y a veces es un colectivo”.

Su participación en las principales citas del arte contemporáneo internacional no ha cesado. En 2012 participaba en la Documenta de Kassel y en 2015 repetía en Venecia pero esta vez dentro de la sección oficial comisariada por Okwui Enwezor. Su obra recala ahora en el Museo Reina Sofía, que le dedica a partir del 18 de abril la exposición Segunda vez. La selección, comisariada por Manuel Borja-Villel y Teresa Velázquez, comienza con trabajos de finales de los noventa de la artista (como Soy un juez, 1997-2010, o Ulises, 1999) e incluye también obra nueva. El título de la muestra y de una de sus piezas centrales, Segunda vez, es el mismo que el de un relato de Julio Cortázar. Ávida devoradora tanto de literatura como de textos relacionados con el psicoanálisis, la obra de Dora García responde con complejidad a todas sus lecturas. Nada más arrancar esta conversación ya nos ha hablado de Joyce, Lacan, Kafka, Allan Kaprow y Oscar Masotta.

"Cada artista trabaja con aquello que ama, en mi caso entiendo la obra como un estudio de los autores que me gustan"

Pregunta.- ¿Añadiría algún otro nombre?

Respuesta.- Relacionados con esta exposición a Robert Walser, Wolfgang Hilbig, Italo Svevo, Ricardo Piglia, Peter Handke, Guy Debord… como me decía un amigo con sarcasmo, toda una antología de “bibliografía cool”. Yo me doy cuenta de que esta sobreabundancia de nombres y referencias puede sonar pedante y pretenciosa, pero lo cierto es que cada artista trabaja con aquello que ama, y simplemente esto es lo que yo amo, me gusta leer, he leído toda mi vida, es lo que me hace la vida agradable, y entiendo mi trabajo como un estudio de los autores que me gustan.

P.- En obras como L'amour (2016), Jacques Lacan Wallpaper (2013) o en la serie Mad Marginal Charts N°. 6, todas ellas en la exposición, hay referencias constantes al psicoanálisis. ¿De dónde viene este interés?

R.- Soy una amateur del psicoanálisis. He leído siempre (digamos, desde la juventud) sobre él, pero siempre como aficionada. En algunos encuentros con psicoanalistas de verdad me decían que mi visión es interesante, pero que no lo he entendido del todo. No me importa, porque cuando leo sobre psicoanálisis no lo hago con ningún otro propósito que no sea mi propio disfrute y entretenimiento: lo leo porque me gusta. Y lo leo como quien lee una novela, en la que se habla de lo que está oculto como aquello que define lo visible, lo manifiesto, y eso me interesa. Mi libro favorito desde siempre es El humor y su relación con el subconsciente de Sigmund Freud.

Dora García trabaja con video, dibujo, performance y texto aunque, señala ella, su obra a lo que obedece es a las ideas. Cada una de ellas le encamina de manera natural hacia un soporte u otro. “Incluso si no se me da demasiado bien uno en particular -como en el caso de las películas- pido ayuda para poder manejarlo dignamente”.

'Exilio', 2013

P.- Entre todos estos soportes la performance es la que tiene más protagonismo en su obra. ¿Cómo la definiría?

R.- Se llama performance a una disciplina o a un formato que ahora mismo engloba muchísimas cosas que antes se llamaban happening, danza, espectáculo en vivo, teatro de calle, acción, protocolo, biodrama, teatro invisible, cosas muy diferentes que ahora utilizan el término englobador de “performance” y cuyo rasgo común es el desarrollo en el tiempo, no necesariamente frente a un público, que puede tener acceso a esa acción de muy diferentes maneras, no únicamente la presencial. De modo que a mí el tipo de performance que me interesa y que hago introduce un espacio de duda respecto a quién hace qué y qué está pasando. Me gusta crear un estado de alerta que permita la comprensión de una situación inesperada.

P.- ¿Cuál es el hilo conductor de las que veremos en esta exposición?

R.- Tienen en común la lectura, la escritura y el movimiento, auto suficiencia y auto regulación (muchas, aunque no todas, no necesitan de un público), temporalidades diferentes… La que tengo más curiosidad por saber cómo funciona, porque nunca se ha presentado en un museo, es Dos planetas... (2017).

"Me interesa la performance que introduce un espacio de duda respecto a quién hace qué y qué está pasando"

P.- ¿Le preocupa no estar presente en todo su desarrollo y dejarlas en manos de otros?

R.- Tengo la fortuna que desde hace años somos varios colaborando en la organización de estas performances y nunca se dejan, siempre estamos, unos y otros, super presentes. Además, considero a los performers, es decir, a aquellos que ejecutan los diferentes protocolos, no solo ejecutores sino autores, y en ese sentido la performance nunca, nunca, se queda sin un autor que la dirija.

P.- ¿Se consigue con ella que las exposiciones estén más vivas?

R.- Creo que todas las exposiciones tienen una parte dinámica. Aunque no se mueva nada de lo que se expone siempre existe la dinámica entre los diferentes trabajos y el diálogo con quien quiera que haya montado la exposición.

Joyce, Lacan y Masotta

En Segunda vez Dora García reune obras que van de finales de los noventa hasta hoy. No es una retrospectiva, apunta, sino una selección de obras que construyen el contexto y los antecedentes de su última película. “Ulises (1999) -cuenta la artista- habla de mutilación, de censura, de silenciamiento de una parte de la historia, y Joyce conduce a Lacan y Lacan a Masotta. Soy un juez (1997-2010) tiene que ver con el análisis de los sueños (con sus ecos psicoanalíticos), de la justicia como absurdo, de la lógica de la culpabilidad y la inocencia como algo aleatorio, decidido por aquél que interpreta. Y esto nos lleva a la a-lógica del totalitarismo que está tan presente en Segunda Vez”.

'El artista sin obra', 2009

P.- Háblenos pues de ese proyecto final que da sentido a toda la muestra.

R.- Es el resultado de un trabajo de tres años, que ha producido tres publicaciones, cuatro mediometrajes y un largometraje, en torno a la figura de Oscar Masotta (Buenos Aires, 1930 - Barcelona, 1979), intelectual argentino que fue crucial en unos años importantes de la vanguardia en Argentina, un pensador que se desenvolvía en la literatura, las artes visuales, el cómic y el psicoanálisis, que acuñó el concepto de desmaterialización, de anti-happening y arte de los medios, y que prefigura prácticas tan contemporáneas como lo relacional y lo post conceptual. Para mí es sobre todo el eslabón no tanto perdido como buscado entre arte, política y psicoanálisis.

P.- ¿Cómo lo descubrió?

R.- En 2014 oí su nombre por primera vez. Me encontré, casi me tropecé con esa figura. Empecé a leer sus textos y a imaginar la repetición de sus tres happenings y anti-happenings, para entenderlos, aprender sobre ellos y filmarlos. En este interés repentino tuvo mucho peso la repetición que con los alumnos de la [escuela superior] HEAD de Ginebra, había hecho sobre Allan Kaprow en la Fundación Tàpies. Tuvo peso la idea kaprowiana de reinvención, de la imposibilidad de repetir idénticamente un happening. Esta noción de “repetición” era algo central en el nuevo trabajo sobre Masotta, junto con “política, performance, psicoanálisis”, y finalmente, “metaficción”. Con todo esto, parece lógico que recordase ese relato de Cortázar leído en mi adolescencia, Segunda vez, y con eso, ya tuve el título del proyecto (lo cambié a dos mayúsculas, Segunda Vez).

"Una obra debe conmover, inquietar, incomodar, apenar, alegrar, evocar recuerdos, incluso no vividos"

Este año son varias las iniciativas en curso en torno a la figura y el pensamiento de Masotta en España. Entre otras, la exposición del MACBA Oscar Masotta, la teoría como acción, comisariada por Ana Longoni, y Pepe Espaliú, Tres tiempos, de Jesús Alcaide en el espacio Tecla Sala, ambas en Barcelona. Su rescate es bastante reciente, “en 2014 nos encontramos varios entusiasmados y dispuestos a presentar el trabajo de Masotta al público. En cualquier caso maravillada estoy yo, de la pertinencia y contemporaneidad de este trabajo”.

No será ésta la única pieza nueva. Le acompaña Odradek, una obra realizada in situ en colaboración con el músico Jan Mech que se presentará en la subterránea sala de bóvedas del Reina Sofía.

Obras inquietantes

P.- ¿Tiene que entender el público las obras de arte?

R.- No creo que lo que un espectador tenga que hacer con una obra de arte (visual, musical, teatral o literaria o…) sea entenderla. Si entender es similar a resolver un acertijo del tipo “lo que el artista quiere decir es…” no me parece que sea la actitud adecuada. No es que la censure -todo espectador es libre de hacer lo que le venga en gana- pero sí creo que limita el placer que puede sentirse ante una obra. Esta debe conmover, inquietar, incomodar, apenar, alegrar, debe ser reconocida como familiar, como extraña, evocar recuerdos, incluso recuerdos de algo que no se ha vivido nunca, introducirnos en un mundo extraño, desconocido, e inquietante.

»Todo eso, creo, es lo opuesto a “entender”, que para mí significa, sobre todo, traer la obra hacia nuestra zona de confort, esa zona en la que nos sentimos seguros, en la que las cosas siguen una lógica tranquilizadora y normalizadora. Por eso no me gusta la palabra “entender” porque es lo contrario a lo que hay que hacer con una obra. Una obra puede producir indiferencia, aburrimiento, enojo, o arrebato (casi como si nos enamoráramos), pero no creo que pueda producir “entendimiento”. Mi comunicación con el público consiste en mostrar lo que me emociona y esperar, esperanzada, a que a ellos les emocione también, pero si no les emociona, no pasa nada tampoco.

P.- ¿A qué artistas mira?

R.- Eso va cambiando mucho y evolucionando, ahora mismo podría decir Lee Lozano, Ulises Carrión, Allan Kaprow, Chantal Ackerman, Esther Ferrer, Emilio Prini, y muchos otros. Los más persistentes (los que me han gustado muchísimo desde que era estudiante) pueden ser Allen Ruppersberg y Dan Graham. También hay muchos artistas de mi generación y de otras más jóvenes que me interesan muchísimo, pero mejor no los nombro, son demasiado cercanos.

P.- ¿Cuáles serán sus siguientes pasos?

R.- Tengo algunas exposiciones sobre el tema del amor, con títulos como RED LOVE en Tensta konsthall, en Suecia, que exploran la noción del amor como bien común, que nos pertenece a todos y que debe dejar de pertenecer a lo privado. Estoy trabajando también en la dirección artística de una ópera, un proyecto que me entusiasma.

@LuisaEspino4