Image: Eduardo Arroyo: ¿Mi papel en España? Ni idea, ¿el de un cojo?

Image: Eduardo Arroyo: "¿Mi papel en España? Ni idea, ¿el de un cojo?"

Arte

Eduardo Arroyo: "¿Mi papel en España? Ni idea, ¿el de un cojo?"

El artista madrileño presenta Minuta de un testamento, la memoria crítica (muy crítica) de "un pintor que escribe"

3 abril, 2009 02:00

Eduardo Arroyo. Foto: Begoña Rivas

MARTA CABALLERO
Le importa un bledo el destino de sus cuadros, se pasa por el pincel las críticas; sufre en cambio cuando alguien querido se le aparece en forma de esquela y se le queda la mente en blanco cuando se plantea quién es Eduardo Arroyo, el pintor español. A sus bastantes años, sigue reivindicándose como un hijo "un poco anormal" de Velázquez, y acaba de presentar Minuta de un testamento, título que toma prestado de la autobiografía del político, pensador y jurista Gumersindo de Azcárate, a quien, olvidado, le ha regalado a cambio un viaje al presente. En 328 páginas va su dote real y moral, un relato sin tapujos donde caen panes y ostias para todos, incluso para sí mismo.

PREGUNTA.- ¿Desde cuándo baraja la idea de hacer testamento?

RESPUESTA.- He sido siempre bastante amigo de ese fenómeno extravagante que es el testamento, porque es una forma de prolongar la vida después de la muerte. En este caso, tuvo mucho que ver el hallazgo del libro de Gumersindo de Azcárate, que es un gran desconocido, y que me dio el título y una fórmula que me ayudó a establecer dos historias memorialísticas en una. Así que realmente la idea del testamento llegó por casualidad, porque todo lo que hacemos, cada encuentro y desencuentro, surge finalmente de las casualidades. Como cuando una situación improbable cristaliza en textos y en cuadros.

P.- Sin embargo, no hay nada entregado a la casualidad en estas memorias suyas, tan sesudas.

R.- No lo hay, porque el testamento en realidad es el producto de una reflexión en torno a memorias, deseos, arrepentimientos, situaciones. Minuta de un testamento es un texto estructurado y pensado, y lo está en la medida en la que me propongo hacer el mío. Pero lo hago a través del de Azcárate, cuyo testamento es más ético que material, en el que incluso intenta legar cosas que no posee. Pero su mensaje su mensaje de ética, de barómetros de comportamiento, me interesa, esos principios que maneja y que hoy cada vez se ven menos, que son más complicados.

P.- Si así lo cree, significaría que su coyuntura le ha puesto a usted las cosas más difíciles para testar de lo que la centuria anterior se las puso a Azcárate.

R.- Las épocas son distintas, pero en el fondo son iguales. Hay temas que ambos manejamos y que siempre serán actuales. Parece mentira que su texto tenga cien años, y me alegro de haberlo traído al presente. Todos conocemos ese mundo laico y progresista -en el buen sentido de la palabra- que él defendió con las uñas. Sabemos de la fundación de la Institución Libre de Enseñanza y de la búsqueda de una España más justa y menos caciquil. ¿Lo ve? Son las mismas ideas que yo barajo.

P.- A sus años sigue siendo un hombre atrevido, animado y vitalista. Y sobre todo mordaz, ¿cómo ha conseguido que la rutina no se zampase estas cualidades?

R.- No he sido un santo… estos rasgos afloran porque en cierto sentido las cosas han cambiado, pero yo he cambiado menos que las cosas. Y no le hablo de un fenómeno juvenil ni entusiasta, es lo que soy. A estas alturas de la película es difícil modificar mi comportamiento. Por fortuna, dejé de un español como el que era hace 30 años, pero mi lectura de la sociedad no difiere mucho de la de entonces. De todas formas, y esto se ve en el libro, no todo es una sarta de despropósitos y críticas, también soy un hombre alabanzas.

P.- Pero cualquier lector apreciará que en sus páginas hay más cabreo que satisfacción. No puede negarlo quien reivindica la ira para la vida.

R.- Es que, aunque por el momento no he pasado ninguna depresión, el mundo en el que vivo está lleno de melancolía y escepticismo.

P.- Habrá quien piense que usted es un poco quejica, porque la vida no le ha tratado precisamente mal.

R.- Quizá pueda parecer incomprensible. Seguramente no es positivo eso que digo de que lucho contra la ira que yo genero. Una persona como yo ha vivido mucho y en circunstancias excepcionales. Muchos de mi entorno me lo preguntan, no entienden por qué ese enfado continuo mío. No creo que merezca ni que me deban nada y tampoco merezco estar frustrado, pero algunas veces, la procesión va por dentro. No tengo razones para ser una persona iracunda, porque me manifiesto, trabajo y tengo esa vitalidad de poder encerrarme en el estudio y ponerme a pintar, pero sí es cierto que no puedo evitar esa desazón que quizá aparece de una manera exagerada en el libro.

P.- ¿Sigue siendo hijo de Velázquez, como se pintó en aquel famoso cuadro suyo, o tiene ahora otros padres? A la vez, ¿se considera padre de algún pintor actual?

R.- Fue divertida la historia de ese cuadro, supuso la constatación de la impotencia que siente alguien se quiere dedicar a la pintura cuando va al Prado y se encuentra con Velázquez. Me pinté como un niño anormal en sus brazos y quise nombrarle mi padre. Quisiera seguir reivindicando esa filiación, pero no estoy seguro de que la merezca. Y no creo que haya producido el mismo efecto en otros pintores. No soy ejemplar absolutamente en nada.

P.- A alguno habrá influido de una forma u otra.

R.- No lo creo. Y quisiera mantener esa actitud que viene de mi educación -y me eduqué muy bien- de no creerse nada de uno mismo. No por falsa modestia, que la detesto, sino en el sentido de tomarme las cosas relacionadas conmigo a beneficio de inventario. Si no he plasmado esto en el libro, quisiera que apareciera y que a lo serio y dramático lo sustituyese una carcajada.

P.- Fuera enfados. ¿Le angustia o le desvela algo?

R.- Sí, la inseguridad de este oficio, la desazón que produce. Yo, que soy un pintor que escribe, seguiré viviendo esa impotencia hacia la obra hasta el final. Pero no me rendiré ni dejaré de bajar al estudio temprano por las mañanas.

P.- En cuanto a las personas, muchas sí parecen haberle defraudado, más de uno sale muy mal parado de su libro (políticos, artistas, directoras de bibliotecas nacionales…) ¿Espera respuestas?

R.- Es que me da igual. Si hubieran sido mejores no habrían salido en mi libro. Los he castigado, pero tampoco yo les importo. Así que…

P.- Sin embargo, usted no es impermeable, algunas críticas le han molestado, como cuando decían que era muy amigo de Aznar.

R.- Me molestaron ciertas acusaciones, pero con la diferencia de que yo nunca respondo por la vía de la prensa ni pido rectificaciones. Lo he hecho en el libro. Una persona como yo tiene que soportar, al desnudarse con su trabajo, ese tipo de ataques. Pero no me preocupa mucho, me agobia más el silencio, que es más hipócrita y menos valiente. Ese silencio activo y malvado que se produce, por ejemplo, cuando uno hace un gran esfuerzo por algo y le responden con el ninguneo y la falta de consideración. Claro que al haber vivido tanto, y haberme manifestado tanto desde que tenía 16 años, estas cosas ya me molestan menos. Eso no significa que todo me dé igual. Al contrario, todo lo que ocurre, me enfada… En fin, sí, me han criticado mucho, pero menos de lo que merecía o esperaba.

P.- ¿Qué papel tiene Eduardo Arroyo, que tanto ha estado en el extranjero, dentro de España?
R.- Un papel de cojo. Y, fíjese, justo ahora me he roto el fémur. De patocojo. No espero nada, no quiero nada. Pero esta es una pregunta muy difícil, la más complicada que me han hecho estos días. Sería fantástico saber cuántas veces aparezco en Internet, pero no sé si esto me aclararía las cosas. Me encantaría que alguien viniera y me explicara qué es lo que yo represento, porque ni la más mínima idea tengo. Sé que no hay respuesta matemática, porque no soy un saltador olímpico que logra un récord pero, ciertamente, ¡no sé lo que represento ni lo que soy! Y es un drama que me acompañará toda mi vida.


P.- ¿Cree que sus voluntades se cumplirán?

R.- El ejercicio del testamento es un poco dedicado a racionalistas como yo, con pretensiones de influir después de la muerte. Me gustaría dejar todo atado y bien atado, como dijo Franco aunque luego no le salió, y también que quedara algo de mis pasiones, mis deseos, mis sueños. No estoy seguro de que eso vaya a ocurrir, pero por lo menos algo está escrito negro sobre blanco, y a ver qué pasa. Yo no lo veré.

P.- ¿Alguna voluntad que no haya detallado, tal vez algún capricho respecto al destino de sus obras?

R.- Yo no trabajo ni para el estado ni los museos, sino para el comercio privado al 99 por ciento. No me interesa en absoluto su destino. Lo único que me ha preocupado siempre es la desaparición de la gente que yo quiero y que he querido mucho, y este dolor es lo que me va a acompañar toda mi vida. Eso que se siente cuando abro las esquelas y me digo "pero cómo es posible". Eso es lo que me preocupa y lo que me induce a la rebelión, por la injusticia que supone. No sé dónde acabarán mis cuadros, en casa están apoyados contra la pared o empaquetados con papel. No los frecuento: viven conmigo cuando los pinto y luego por ellos mismos, como seres animados que hablarán bien o mal de mí y que ya nunca más me pertenecen.